
"Soportamos el dolor de la pérdida y el de la impunidad"
Ante LA NACION, la madre y las hermanas de la catequista reclamaron justicia a las autoridades
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Dos días antes de que le dispararan a sangre fría, a 50 metros de su casa y a plena luz del día para robarle su Ford Ka, Renata Toscano y sus dos hermanas, Gabriela y Carla, habían festejado en Puerto Madero el cumpleaños de una de ellas. Fue como en las típicas comilonas italianas de domingo. Compartieron confidencias, hurgaron en algunos dolores, como el reciente divorcio de una de ellas, se abrazaron y concluyeron que las penas se diluyen con alegría y que a la vida hay que honrarla esforzándose por estar bien.
"Hay que disfrutar, chicas. Todo se soluciona. Siempre hay cosas peores", repetía Renata, con optimismo contagioso, en un intento por aplacar la pérdida de su hermana, sin intuir que, en realidad, lo peor le llegaría justamente a ella, 48 horas después, con una bala asesina.
"Nos habíamos reído y la habíamos pasado tan bien juntas que hoy [por ayer] íbamos a reeditar el almuerzo con mamá, que ese día no había podido venir", revela Carla, abogada, en la casa de Wilde, donde Renata vivía con su madre. A su lado, masticando un dolor que se intuye desnudo de odio y lleno de resignación, están su mamá Guillermina -una siciliana de 75 años que a los 14 escapó de la guerra con sus padres-; su mejor amiga, Claudia, y Gabriela, la otra hermana, profesora de matemáticas y madre de uno de los 17 ahijados que tenía Renata.
Les suele pasar a los que descuellan por su hombría de bien y capacidad de entrega: en 30 años como catequista del colegio parroquial San Ignacio, fueron muchos los alumnos y hasta los padres que eligieron a Renata, de 49 años, como madrina.
"Protectora, compasiva, generosa y llena de bondad, Renata se desvelaba por inculcar valores y sacar a la gente de la exclusión", relata su madre. Cuenta que acababa de presentar en la Municipalidad de Quilmes un proyecto habitacional de su autoría, ad honórem. En él propone que el Estado aporte los materiales y que la gente construya sus casas. "Creía, como repetía siempre mi padre, que la exclusión termina por alienar a las personas y que la dignidad de una vivienda y el hacerla con sus manos podía contribuir a un cambio", dice Gabriela, de 48 años, en relación con los cientos de marginados de las villas Azul e Itatí, y con a la droga, que les arrebata el raciocinio a los menores.
Su hermana menor, Carla, de 39 años, dice: "Soportamos dos dolores: el de la pérdida y el de la impunidad. Tenemos un dolor privado, que es esta muerte innecesaria, aunque anunciada. Es una falta que deberemos soportar toda la vida y para la cual nos ayuda la religión. Sobre el otro dolor, el de la impunidad, poco podemos hacer; le corresponde a la Justicia ", desliza. Y respalda el clamor de sus vecinos, que exigen mayor seguridad. Dice Guillermina: "De mi dolor me encargo yo. Pido a las autoridades que se ocupen de hacer justicia".
"La ley debe adecuarse al funcionamiento de la sociedad actual. No sé si bajando la edad de imputabilidad se frena el delito. Pero si hoy los chicos están armados y matan, la ley los debe sancionar", dice Carla, cuidando al extremo sus palabras.
Sobre esto, pregunta retóricamente: "¿Por qué un chico tiene armas? ¿Quién se las da? ¿Dónde está el Estado para ejercer un control?".
Hace un año, en la puerta del colegio, un menor intentó asaltar a Renata. Al ver el revólver, ella le ofreció su cartera, pero el chico igual disparó. "El revólver se trabó, la bala no salió y el chico escapó caminando", recuerda la madre. Desde entonces, la catequista había extremado las medidas de seguridad: utilizaba remises si salía de noche y le pedía a su madre que la observara al entrar y salir de casa. Nada de eso alcanzó.
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