Soy terapeuta: no todo el mundo debería estar en terapia
Harvey Lieberman advierte sobre la tendencia a medicalizar el malestar cotidiano y plantea que, en muchos casos, la amistad, la comunidad y las redes de apoyo pueden resultar más útiles que el consultorio
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NUEVA YORK.- Como psicólogo clínico con más de 50 años de experiencia, sé que la terapia puede ser esencial. Una persona con pensamientos intrusivos persistentes puede aprender formas de reducir su intensidad. Alguien en una crisis aguda puede escuchar una perspectiva que ayude a ordenar su pensamiento.
Pero escucho de antiguos pacientes y colegas que la gente suele recurrir a la terapia no por pensamientos desordenados, sino por circunstancias difíciles: soledad, conflictos en el trabajo, dificultades financieras. La terapia parece haberse convertido en la receta predeterminada para todas las formas de infelicidad.
Cualquiera que simplemente necesite a alguien que lo escuche puede obtener algo de la terapia. Pero cuando cada dificultad termina derivándose a un profesional, corremos el riesgo de confundir los problemas de salud mental que requieren tratamiento con situaciones de aislamiento o con dificultades derivadas de las circunstancias de vida.
La infelicidad a menudo no es un trastorno, sino una condición estructural. En 2023, el director de salud pública de los Estados Unidos identificó la soledad y el aislamiento social como preocupaciones urgentes de salud pública. Señaló la erosión de la conexión social cotidiana como una causa central; sin embargo, gran parte de la respuesta se centró en ampliar el acceso clínico en lugar de reconstruir la vida relacional. En 2019, aproximadamente uno de cada 10 adultos estadounidenses informó haber recibido atención psicológica o terapia. Para 2024, esa cifra había aumentado a aproximadamente uno de cada siete.
Las grietas en el sistema clínico están comenzando a mostrarse. En muchas regiones, las listas de espera para terapia se extienden durante meses y los profesionales reportan agotamiento. Los pacientes con las condiciones más incapacitantes quedan compitiendo por un tiempo limitado, y quienes buscan principalmente amistad y conexión pueden irse sintiéndose decepcionados.
Parte de la confusión radica en lo que la terapia proporciona de manera confiable. Cuando es efectiva, suele ayudar con problemas persistentes que surgen desde el interior: pensamientos obsesivos que regresan sin importar cuántas veces se intente descartarlos, miedos que dañan repetidamente las relaciones, períodos de desesperación que continúan incluso cuando las circunstancias de vida mejoran. La terapia puede ser especialmente útil cuando los hábitos de las personas profundizan su sufrimiento o cuando las experiencias dolorosas siguen siendo difíciles de comprender por cuenta propia. Pero cuando la angustia está moldeada principalmente por dificultades situacionales o por la falta de comunidad, la terapia puede no ser la mejor opción.
Considere algunas dificultades situacionales: problemas vinculados con la crianza de los hijos, ansiedad después de mudarse a un lugar nuevo, una disputa familiar. A veces, estos problemas pueden afectar el pensamiento de maneras que la terapia puede ayudar a resolver. Pero, por sí solos, no requieren necesariamente una intervención clínica. Pueden resultar dolorosos sin reflejar un trastorno.
Algunas personas dirían que la perspectiva constante y neutral de un terapeuta ayudaría a cualquiera. Es cierto que muchas personas se benefician de tener un espacio para pensar y ser escuchadas, y de la atención disciplinada de un terapeuta. Pero las herramientas de la terapia son limitadas.
En mi propia práctica, ayudé a los pacientes a comprender sus problemas desde una nueva perspectiva, pero esas ideas solo podían llegar hasta cierto punto si sus circunstancias permanecían sin cambios. Algunas personas que acudieron después de una crisis de vida me contaron que, tras unas pocas sesiones, comenzaron a reconectarse con amigos y familiares, buscando un apoyo que no habían sabido cómo pedir durante la crisis. Mirando hacia atrás, sospecho que restaurar esos vínculos a menudo importaba tanto como cualquier cosa que conversáramos en mi consultorio.
A nuestro alrededor, cada vez más cuestiones que antes se entendían como parte de la vida comenzaron a verse como algo que requiere tratamiento. Psiquiatras, entre ellos Allen Frances, quien encabezó el grupo de trabajo que desarrolló una versión anterior del manual diagnóstico de psiquiatría, advirtieron sobre la “inflación diagnóstica”. El duelo prolongado ahora tiene su propia categoría diagnóstica. Los diagnósticos más nuevos, que en parte buscaban reducir el sobrediagnóstico del trastorno bipolar infantil, también pueden incorporar más comportamientos infantiles, como las rabietas, al espectro de los trastornos del estado de ánimo.
A medida que se desdibuja el límite entre un trastorno incapacitante y la angustia cotidiana, las personas pueden comenzar a ver su sufrimiento a través de una lente clínica. Pero muchas veces la angustia funciona menos como un síntoma que como una señal. Sentirse ansioso no significa que uno tenga un trastorno de ansiedad. Puede estar señalando circunstancias que vale la pena cambiar.
Antes de recurrir a la terapia, considere acercarse a alguien en quien confíe, realizar trabajo voluntario, sumarse a una actividad comunitaria o reconectarse con un grupo que alguna vez fue importante para usted. Las relaciones significativas rara vez se desarrollan de un día para otro, pero todos esos son pequeños pasos hacia conexiones profundas. A veces la esperanza llega antes que la compañía. Si la angustia continúa interfiriendo con la vida cotidiana y las relaciones, la terapia puede ser el siguiente paso adecuado.
Reconstruir los vínculos no debería recaer exclusivamente en los individuos, sino también en las escuelas, los lugares de trabajo y los gobiernos. Gran Bretaña abordó la soledad mediante una estrategia nacional que incluye un programa de “prescripción social”, un modelo diseñado para ofrecer a los pacientes planes de atención personalizados que los conecten con grupos comunitarios y oportunidades de voluntariado. Japón estableció una Oficina de Política sobre Soledad y Aislamiento que respaldó esfuerzos comunitarios destinados a abordar la desconexión social.
En los Estados Unidos, los estados o condados podrían adoptar un enfoque similar; muchas de las instituciones que moldean la conexión social —bibliotecas, escuelas y programas recreativos— están organizadas y sostenidas localmente. Las agencias gubernamentales podrían ayudar a las comunidades a medir la soledad, identificar grupos con mayor riesgo y respaldar iniciativas que conecten a los residentes con los recursos existentes. El desafío muchas veces no consiste en crear nuevas oportunidades de conexión, sino en ayudar a las personas aisladas a descubrir y aprovechar las que ya existen.
El psicólogo William Schofield describió alguna vez la psicoterapia como “la compra de amistad”. Más de 60 años después, sus palabras siguen teniendo vigencia: las sociedades modernas formalizaron la práctica de recibir la atención sostenida de otra persona. Para algunas personas, la terapia puede ayudar de maneras que nada más puede hacerlo. Pero muchas encontrarán que las mejores formas de comprensión y apoyo emocional fluyen de las redes informales de familiares, vecinos y amigos, no del sistema de atención médica.
*Harvey Lieberman es psicólogo y uno de los fundadores del Institute for Community Living, una organización de servicios sociales.
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