
Tiene Síndrome de Down y trabaja en un supermercado hace 25 años
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El 27 de mayo de 1994 LA NACION publicó una nota sobre Hernando Serna, un joven con síndrome de Down que hacía menos de un año había comenzado a trabajar en el supermercado SU, vieja cadena de la zona Oeste que a fines de la década del noventa compró Disco. Ese joven pionero, hoy de 46 años, acaba de cumplir veinticinco años de trabajo ininterrumpido en la misma compañía.
"La importancia de ser uno más" rezaba el título de la nota, que contaba que "la conmovedora historia de Hernando Serna abre nuevos horizontes para quienes se ven afectados por el síndrome de Down". Y así resultó. Nando, como lo llaman, fue la primera persona con este síndrome en estar formalmente anotada con un trabajo en blanco en el Ministerio de Trabajo. "Soy el número uno" dice Hernando y levanta carcajadas en la mesa familiar. Nadie lo puede contradecir.
En la Argentina, según datos del último censo, menos de la mitad de las personas discapacitadas que están en edad laboral trabajan (apenas el 44.6% está ocupado). Hay una ley, la 22341, que establece que el estado nacional debe contratar personas con discapacidad en una proporción no inferior al 4% de la totalidad de su personal. Desde las organizaciones sociales reclaman que este porcentaje no se cumple. Y a nivel privado, en nuestro país no existe un cupo obligatorio obligatorio para empresas como tiene, por ejemplo, Brasil. Allí las compañías de más de cien empleados están obligadas a completar entre un 2 y 5 % de vacantes con personas con discapacidades físicas o intelectuales.
Veinticinco años de distancia se notan en las canas y en la silueta. El fanatismo por River, la ocurrencia y el cariño por su trabajo se mantienen. Hernando está empleado en la sucursal de Disco de Almagro, en el área de producción de vegetales. Su trabajo consiste en preseleccionar la materia prima, rociar las hojas verdes en las góndolas y asegurarse de que no haya nada fuera de lugar en el sector de frutas y verduras. Si se le pregunta si le gusta su trabajo, Nando contesta "un montón"; y acerca de qué es lo que más le gusta: "todo". Dentro de lo que más disfruta incluye, cuando gana River, ir a trabajar con la camiseta debajo del uniforme y molestar a todos. Cuando pierde, cuentan sus compañeros, se limita a decir: "no se jode en el trabajo".

El inicio
Cuando Nando tenía 21 años su madre, Cristina Garavano, vio un cartel de "Se necesita cadete" en un supermercado. "Pregunté por el puesto, dije cual era la condición de Hernando y me tomaron los datos. Volvimos para que le tomen la prueba y empezaron las conversaciones para ver de qué se trataba, esto fue el 7 de marzo y él ingreso en blanco el 3 de mayo". Según cuenta, lo que demoró fue que había dudas sobre si se lo podía registrar sin problemas en el ministerio de Trabajo. "Fue un hito porque se estaban dando los primeros pasos en lo que hoy conocemos como inclusión laboral. Hernando fue el primero en estar registrado en un trabajo común", recuerda orgullosa.
Una vez aceptado y antes de que entrara a trabajar formalmente, Cristina y Natalia -la hermana menor de Nando-, generaron reuniones con quienes serían sus jefes y compañeros. "Lo que después se llamó programa de empleo con apoyo, nosotros lo hacíamos con mi mamá naturalmente: íbamos a hablar con los gerentes, con los compañeros, sacábamos las dudas. Nosotras les decíamos hagan todas las preguntas que quieran, aunque parezcan tontas. Había mucha ignorancia en la sociedad. Veinticinco años atrás no era lo mismo que ahora, el que se atrevía nos preguntaba cosas como si Nando comía e iba al baño solo, si sabía cortar o si se ahogaba".
El living de la casa que Hernando comparte con su mamá en el barrio de Almagro está repleto de fotos, trofeos, recortes y publicaciones que cuentan su historia. "Acá está él cuando entró al jardín común", "acá cuando lo distinguieron en el Ministerio de Cultura" cuenta Natalia. También muestra recortes de otras historias de jóvenes con Síndrome de Down que fueron accediendo a trabajos formales después de su hermano. Los considera casi triunfos propios. "Fuimos abriendo camino en la selva", define.

"Me saqué el concepto errado que tenía"
Mientras conversa de su trabajo Nando señala una foto: está con varios años menos y actitud de galán apoyándose en una góndola de verduras. En otra aparece frente a una balanza en el sector de carnicería. Con la tercera presenta a la chica que hace muecas con él: "Alejandra, mi amiga, de línea de cajas", explica. En veinticinco años de trabajo hizo amigos, pasó por tres sucursales distintas y fue cambiando de roles. Según su madre, "hay gente común que no quiere cambiar y él tiene una adaptación tremenda".
Alfredo Farías fue su compañero en su primer trabajo, en la sucursal de Mataderos, que ya cerró. Cuenta que cuando lo conoció le tenía miedo. "Hasta entonces no me cruzaba con chicos con Síndrome de Down, antes se ocultaba más". Pero con el tiempo todo cambió. "Él te da abrazos con palmaditas. Con Nando conocés otro amor. A mí me abrió la mente, me saqué el concepto errado que tenía. Creía que le iba a tener que decir muchas veces las mismas cosas para que entendiera. A Nando le decías algo una vez y lo hacía". ¿Qué siente de saber que aquel joven de veintipocos hoy tiene más de cuarenta y sigue trabajando? "Es un ejemplo. Yo duré diez años en ese trabajo, no lo logré. Toda la admiración por el gordito".

"Mi viejo hizo algo que era inimaginable"
Rodrigo Valerga es gerente de la sucursal de Banfield de Disco. Hace veinticinco años trabajaba en el mismo supermercado de Mataderos en el que entró a trabajar Nando, ambos eran empleados. Con la salvedad de que su papá, Alberto Juan Valerga, era el gerente de esa sucursal. Alberto fue el nexo para que Hernando pudiera entrar a trabajar y hasta aparece citado en la nota de 1994. "Él creyó que él podía insertarse perfectamente", cuenta hoy Rodrigo.
"Al principio fue bastante complicado como cualquier comienzo, la empresa fue algo escéptica y lo tomaron a prueba por dos meses. Hernando fue aprendiendo, se fue insertando perfectamente y nosotros también fuimos entendiendo cómo tratarlo. Gracias a Dios se fue encontrando el lugar donde se fue desarrollando mejor". Cuenta que la adaptación fue algo difícil al principio, natural después y hoy es un orgullo para él. "Mi viejo hizo algo que en ese momento era inimaginable. Si hoy estuviese vivo para ver que cumplió 25 años de trabajo se moriría del orgullo".
Para Cristina toda la familia está viviendo un triunfo muy grande. "Creo que Nando deja un mensaje muy importante de que sí se puede. Los grandes triunfos se llaman calma".
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