
Tintoreros japoneses con poco que planchar
Las cadenas europeas de limpieza rápida fueron desplazando a esa tradicional comunidad; los que cambiaron para subsistir
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A lo largo de cinco décadas, el oficio de tintorero en nuestro país fue casi una exlusividad de la comunidad japonesa. Los pioneros fueron los españoles, pero aquellos les sacaron rápida ventaja, merced a laboriosidad y esmero, detalles que llevaron al nivel de carácter distintivo.
A tal punto se impusieron que terminó por ser lo mismo decir "voy a la tintorería" y "voy a lo del japonés". Fue así hasta cerca de la década del 60.
Por entonces, había 2000 tintorerías explotadas por ciudadanos nipones en la ciudad de Buenos Aires (la mayor cantidad de América latina) y casi 3000 repartidas entre el conurbano y las principales localidades del interior. Después, comenzó la declinación.
Subsisten actualmente unas 400 tintorerías en el primer caso y el total de las restantes no alcanza al millar.
Desde Okinawa
El primer contingente japonés llegó a poco de iniciarse el siglo XX, procedente de la isla de Okinawa, asolada por la mayor hambruna del archipiélago.
Tenía como objetivo conchabarse en los cafetales brasileños. Pero -curioso origen de una inmigración- frente a Río de Janeiro se negaron a abandonar el barco, que completaba su itinerario en Buenos Aires, al enterarse de que la región estaba siendo azotada por la malaria.
Y aquí fueron floricultores, horticultores y tintoreros, luego de haberse ganado la vida en tareas "para otros", haciendo de changarines o mozos de café.
En el antecedente de las tintorerías figura la iniciativa exitosa de una okinawense que en 1914 empezó a tocar puertas para ofrecer "lavado y planchado de ropa", mediante un precario castellano compensado con gestos. Preámbulo sin estridencias, como el de muchos emprendimientos que llegaron lejos.
Para persistir, los negocios de este tipo debieron modernizarse, según el testimonio común dado a LA NACION por quienes ya son veteranos de la actividad.
Desapareció la casa-tintorería atendida por toda la familia, con sus tradicionales rasgos, comunes a casi todas: ámbito sencillo -tras el mostrador, un fondo medio inescrutable o una modesta y única habitación-, prendas colgadas o sólo amontonadas en un rincón, con un papelito identificatorio, un característico olor de vapor y solventes, el breve diálogo, que podía concluir con una sonrisa y un saludo ceremonioso y cordial.
"Tuvimos que abandonar todo eso", dice, medio nostalgioso, Juan Nakasone, de 63 años, propietario de la tintorería Hikari, instalada desde los años 70 en Silvio Ruggieri 2744.
"Resplandor"
Ese local recibe mucho sol en su frente, y de ahí el nombre, explica Nakasone, que significa "resplandor". "Se trabaja poco, ahora -agrega-. Y no podemos aumentar los precios por la situación general." Su gato Fermín duerme bajo una maceta, parte de la aggiornada ambientación.
Otro Juan, cuyo apellido, Higa, correspondió a muchos representantes del rubro, acentúa la experiencia adquirida en sus 54 años "de edad y dedicación", al explicar que "nació" en la tintorería de sus padres, en Montes de Oca al 200, al lado de la ex fábrica Bagley.
Hace 21 años, Higa estableció su propio negocio, Maemoto, en Paraguay al 3200. Es aún más escéptico que Nakasone: "Creo que estamos en vías de extinción".
Artesanía v. rapidez
La Cámara de Tintoreros de la Capital Federal fue creada en 1935, a instancias de españoles y japoneses.
Su viejo edificio aún está en Bartolomé Mitre 3975, pero no presta ningún servicio desde hace siete años, cuando el sector entró en colapso.
Intenta recuperar la actividad una comisión integrada por Genaro García, Néstor Silva y Hugo Eguchi.
Al diálogo que LA NACION mantuvo allí se sumaron varios tintoreros japoneses.
Hubo una afirmación común sobre la situación de la Cámara, al vincular su debacle con el ingreso en el mercado de las "nuevas" tintorerías, promocionadas como ecológicas.
"Desde allí, aunque sus propietarios no eran específicamente de la actividad, sino más bien inversionistas, se presionó muy fuerte sobre el sector, generando esta crisis. Contábamos con 3000 asociados; hoy hay menos de 300", explica Silva.
En la Ciudad de Buenos Aires, estos negocios de la competencia -la mayoría, sucursales de cadenas europeas- son alrededor de 250, pero lograron imponerse merced a un intenso marketing basado en el argumento más seductor en tiempos de urgencias: la rapidez.
Eishun Roberto Higa, María del Carmen Kaneshiro y Salvador Harasaki admiten que los no tradicionales, como los llaman, trabajan con la rapidez que anuncian, pero que eso no significa calidad.
"Nunca -dice Higa- aquello se va a poder comparar con lo que hacemos nosotros, la labor artesanal agregada al lavado y planchado, es decir, revisar la prenda para determinar el tipo de limpieza, en seco o húmedo, o si es necesario un predesmanche ; incluimos retiro de botones, apliques, hombreras, repaso de costuras. Hasta aconsejamos a la gente sobre lo que más le conviene. Esto lo da la profesionalidad, no el marketing."
Adjudican al despliegue publicitario, "a un costo que nosotros no podemos asumir", dicen, el éxito de esas empresas más "tecnificadas", pero advierten que no es el único motivo por el que se retiraron del mercado tantas tintorerías tradicionales japonesas.
Las nuevas generaciones de japoneses nacidos en la Argentina no quisieron ser tintoreros.
Podían, y optaron por ir a universidades y fueron médicos, ingenieros o arquitectos.
A fines de los 80, a muchos los atrajo el país de donde habían venido sus ancestros, Era una decisión bastante razonable. Tras dos guerras impulsoras de nuevos éxodos, el Japón se había convertido entonces en potencia mundial.
Descolocados
"Nuestras tintorerías fueron siempre de carácter netamente familiar y nos descolocó el cambio de situación ¿Por qué seguimos algunos? Porque somos los que aceptamos probar con la modernización, aunque sea parcial. Y porque el japonés lo último que deja es el negocio del que vivió toda su vida", reflexiona Harasaki.
De modo que ya no volverán aquellas casas-tintorerías antiguas, en las que hasta la década del 30 se usaba a mano la plancha a carbón y uno era envuelto por vapores hechos de querosén blanco, agua, solvente y jabón.
Pero ahora, cuenta Roberto Higa, su local Tokio, de Villa Madero, ya no es sólo el característico negocio de lavado y planchado. Le adosó un cartel que dice "Salón de embellecimiento de prendas".
Cambiaron los tiempos. Las tintorerías tradicionales ya son un recuerdo, parte de aquel paisaje urbano que se desvanece día tras día y que no tendrá retorno. Sayonara .





