Todavía faltan 257 años

Gail Scriven
Gail Scriven LA NACION
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7 de marzo de 2020  • 17:03

"Mamá, casi no te vi". Hay pocas frases que han quedado tan grabadas en mi memoria. La pronunció mi hijo mayor, Lucas, a los 4 años. Convencida de que, entre tanta multitud, no se daría cuenta, había faltado a uno de sus actos en el jardín. La presencia del abuelo no había sido consuelo. "'Casi no te vi"': no cabía en la cabeza de mi hijo la posibilidad de que yo no hubiese ido. El acto era a las 15 de un día de semana. Yo estaba trabajando, a 30 kilómetros de distancia. Igual que su padre, pero él no escuchó el mismo reclamo.

Sucedió hace más de 20 años, y sirvió de alerta. Mientras en el trabajo sentía que tenía que esforzarme el doble para demostrar, día tras día, que ser mujer y tener una familia no me convertía en menos productiva, terminé de entender que en casa pasaba lo mismo. Me sentía en deuda en los dos lados: el precio extenuante de querer 'tenerlo todo', para usar una frase de la década de los 80. La penalidad por querer trabajar y ser madre a la vez.

Muchas cosas cambiaron desde entonces, es verdad. Pero falta demasiado: 257 años. Según el último Informe Global sobre la Brecha de Género, del Foro Económico Mundial, solo en ese momento se terminará de alcanzar la equidad salarial de género. Entre otros datos demoledores, esta cifra alcanza para explicar, año tras año, por qué se conmemora, el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Es políticamente correcto decir que todos los días deberían ser "día de la mujer". Pero la realidad, y los números, muestran que no es así. Que es por eso que hay un Día de la Mujer y no un Día del Hombre.

Con Islandia y Noruega a la cabeza, los países nórdicos se enorgullecen de ser los que más han cerrado la brecha, si bien la realidad es que ni un solo país del mundo puede vanagloriarse de haber alcanzado la igualdad de género.

Estereotipos arraigados

Son innumerables las pruebas de cómo los estereotipos de género están tan enraizados en nuestro día a día que muchas veces pasan casi inadvertidos. Cómo explicar, si no, que haya ocupado titulares en los principales diarios de Estados Unidos, el año pasado, el insólito resultado de una encuesta de la Asociación Americana de Psicología que revela que, por primera vez en la historia, las mujeres pasaron a ser consideradas igual o más competentes que los hombres.O el hecho de que casi todos los asistentes de voz, desde Siri hasta Alexa, tienen voz de mujer. ¿La razón? La voz femenina es percibida como servicial y la masculina, como autoritaria. Cualquiera puede hacer la prueba: "No tengo sexo, como los cactus y los peces", responde Siri cuando se le consulta. Pero no puede responder por qué tiene voz de mujer.

¿Cuántas veces nos sentamos en una mesa de trabajo y nos vemos rodeadas de hombres? ¿Cuántas veces vemos fotos en los diarios o imágenes en la televisión de encuentros, congresos, actos políticos que muestran multitudes de hombres con apenas dos o tres mujeres? ¿Cuántas veces aparecen en los diarios títulos o textos que hablan de los ''hombres de negocios"? Es verdad que, al lado de las espeluznantes cifras de femicidios y otras violencias a las que son sometidas las mujeres, puede parecer apenas un detalle, pero es una prueba contundente de todo lo que falta.

A nivel mundial, las mujeres ocupan menos del 25% de los cargos de liderazgo político y 34% de los cargos gerenciales. Esto, sin dudas, tiene su efecto cascada: hasta que no haya suficientes mujeres tomando las decisiones que pueden impactar en las generaciones más jóvenes, el verdadero cambio seguirá esperando: alrededor de 95 años, según el informe del Foro Económico Mundial. Solo entonces las mujeres habrán logrado su plena integración a la vida política.

A pesar de la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, la familia todavía sigue siendo más una responsabilidad de las mujeres. Es justamente en el hogar donde la división de trabajo marcha a un ritmo mucho más lento que en otros ámbitos. Aunque dedican más del doble del tiempo que en 1965, en promedio, los hombres trabajan hoy una hora menos por día que las mujeres en las tareas de la casa y una hora menos en el cuidado de los chicos. Y esa disparidad se mantiene incluso en las generaciones más jóvenes, según una encuesta de Gallup. Son innumerables las cifras que revelan que la igualdad de género en el ámbito laboral no solo es una causa justa, sino que tiene ventajas económicas. Lo mismo sucede en relación al hogar: según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la aplicación de políticas de cuidado infantil se traduciría en un incremento del PBI per cápita de entre 4 y 5 % en América Latina.

Una generación convencida

Hoy y mañana, en la Argentina y en el resto del planeta, millones de mujeres saldrán a las calles para intentar, nuevamente, visibilizar esa problemática y otras tantas relativas a la lucha de las mujeres. Es un desafío tan apremiante como la lucha contra el cambio climático: nos afecta a todos. #EachforEqual -Todos por la Igualdad- es el lema este año. Un mensaje que subraya la necesidad de destrozar los estereotipos enraizados en la sociedad y crear conciencia de que, más que nunca después de todas las revelaciones que salieron a la luz con la revolución del #MeToo, es tarea de cada uno.

Milagros, mi hija menor, tiene 13 años. Cuando se le pregunta si cree que a ella le va a costar más cumplir con sus sueños, en el trabajo y en la vida, que a sus hermanos o sus compañeros de colegio, mira confundida. No entiende la pregunta. Es verdad que pertenece a otra generación. Ella está convencida de que tiene las mismas oportunidades. Ojalá tenga razón. Ojalá que esos 257 años pasen más rápido.

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