
Trasciende la obra de una monja argentina por las prostitutas
Denunció en Hungría que son explotadas por poderosas mafias internacionales
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BUDAPEST (EFE).- Silvia Casaro, monja argentina de la Orden de las Hermanas del Buen Pastor, que durante cuatro años trabajó para que las prostitutas callejeras húngaras en la Plaza Rákoczi de Budapest puedan reinsertarse en la sociedad, denunció la relación estrecha entre la prostitución y las mafias húngara e internacional.
"Es importante hablar de la prostitución como organización en sí, no solamente de las mujeres y de sus proxenetas, sino que también es necesario denunciar esa red internacional que funciona perfectamente", explicó a EFE la joven madre Silvia, que dejó Budapest para seguir sus estudios de sociología en Estados Unidos.
La monja argentina, que dedicó su vida a la denuncia de la prostitución, recalcó que "es una red contra la cual hay que organizar la lucha, no yo sola, como monja argentina que trabaja en Hungría, y para ello hemos creado una organización, llamada El Nido, para ayudar a reinsertar en la sociedad a las prostitutas".
De esa organización son miembros España, Italia, Francia, Holanda y Hungría, entre otros países.
"Muchos pensaron que cuando llegué aquí hace cuatro años iba a convertir a las prostitutas y no fue esa mi meta. Yo jamás voy para convertir a la personas sino para establecer el contacto de persona a persona", dijo a EFE la monja argentina, que antes de llegar a Budapest trabajó cuatro años en la Cárcel de Mujeres de Buenos Aires.
"Quiero entrar en el corazón para ver cuáles son los sufrimientos que ella tiene y cuando ella se da cuenta que se trata de una aproximación humana es cuando empieza a confiar y a descargar todos sus problemas."
Violación legal
"La relación con la prostituta es una relación vacía; es lo que se puede llamar violación legalizada y permitida por una parte de la sociedad", asegura Silvia, que agrega que "en el trinomio cliente, proxeneta y prostituta esta última es la que más sufre porque, tenga o no ganas, goce o no goce, siempre es utilizada".
En Hungría, las prostitutas callejeras de la Plaza Rákoczi, en el distrito ocho de Budapest, como las que se encuentran en las rutas y cuyo número supera las 5000, son las que viven en las condiciones más míseras, señala la monja argentina.
Estas prostitutas callejeras generalmente ya son hijas de prostitutas o de proxenetas que las preparan para esta actividad y las obligan a ir a la calle por los métodos más brutales, castigándolas y atemorizándolas.
Las mujeres que deben venderse en las rutas húngaras viven en las condiciones más denigrantes porque deben ir con sus clientes a los baños de las estaciones de servicio, en el mejor de los casos.
Muchas realizan el acto sexual en el mismo camión o en los matorrales cercanos a la ruta.
Esta prostitución callejera de la ciudad está en manos de proxenetas gitanos, según señaló. Y destacó que las organizaciones de "call girls" y de "damas de compañía" ya pertenecen a las cadenas internacionales mafiosas que se dedican, a través de Hungría, a vender a mujeres húngaras, ucranianas, rumanas y rusas a Bélgica, Alemania, Italia, Austria o Francia.
Un mafioso húngaro que actúa desde Bélgica es el que coordina este tráfico de mujeres, aseguró Silvia.
La prostituta es una persona que necesita una enorme cantidad de afecto y esto se debe a que tampoco ella misma puede mostrar afecto, explicó.
"El cuerpo lo tiene acá y el corazón en otro lado, lo que provoca una disociación de la persona, es más vulnerable y está a merced de su proxeneta. Por eso no queremos que se legalice la prostitución, porque con ello el Estado se integra en el comercio de los seres humanos.
"Sólo se puede luchar contra la prostitución acercándonos a quienes son prostituidos y mostrarles otras posibilidades, mientras denunciamos las relaciones con la mafia, como ocurre en Hungría", concluyó.
Con vocación para ayudar
Silvia Casaro nació en Azul. Estudió arquitectura hasta cuarto año, cuando sintió el llamado de Dios y se incorporó a la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, según comentó en diálogo telefónico con La Nación la hermana María Mercedes Pozo.
Fundada en Francia, esa institución tiene más de 500 casas, 22 de las cuales se encuentran en la Argentina.
Tras varios años de noviciado, Silvia pidió ir a misionar. En ese momento, la madre general de la congregación -que tiene su sede en Roma- pidió ayuda para Hungría.
Había caído la Cortina de Hierro y se volvían a reunir las hermanas húngaras de Nuestra Señora de la Caridad, que estaban dispersas y eran viejecitas. Sin dudarlo, el Estado húngaro les restituyó la casa que tenían.
"Nuestra misión es la atención de la mujer en problemas, en aspectos riesgosos: desde la menor en un correccional, las jóvenes madres o desprotegidas, la mujer golpeada, la que fue arrojada de su hogar, la que se encuentra sola o la prostituta", explicó la hermana María Mercedes.
Durante 75 años estuvieron a cargo del instituto correccional de mujeres de la calle Humberto I, en la Capital. Atendían cárceles, donde se caracterizaron por su profundo trabajo humanitario.
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