
Una mirada a los monjes de clausura
El convento benedictino produce leche, miel y licor; mantiene fuertes lazos con la comunidad
1 minuto de lectura'
VICTORIA, Entre Ríos.- Al padre Ignacio no le importa si su caso entrará en el Libro de los Récords de Guinness. Llegó al convento en 1919, a los 10 años, para estudiar con los padres benedictinos, y nunca pensó en abandonar la vida de monje.
El 10 de abril último cumplió 90 años y lleva nada menos que 80 en la Abadía del Niño Dios, a tres kilómetros de esta ciudad, el primer monasterio de clausura de toda Hispanoamérica y que el 30 del actual cumplirá el primer siglo de vida.
"Es una gracia de Dios", se limita a decir, al conversar con La Nación en el claustro del monasterio, mientras se desplaza con mucha dificultad hacia su cuarto, con la ayuda de un bastón y de un hermano religioso que se ofrece a acompañarlo.
El convento, en el que conviven 46 religiosos, no sólo es el corazón espiritual de esta tierra entrerriana, a 115 kilómetros de Paraná. Es también un centro de irradiación cultural y social, a partir de distintas actividades y emprendimientos que surgen de la mano de los monjes, como la producción de leche, miel y licores que llegan a casi todo el país.
Como el resto de los monjes benedictinos, el padre Ignacio Vicentín se levanta todos los días a las 4.45 para dedicar las primeras horas del día a la oración. A las 5.5 comienza la vigilia, el primer rezo comunitario en el templo, y luego sigue una hora de reflexión personal en el cuarto o en cualquier otro lugar del monasterio.
A las 7, cuando en invierno todavía no asomó el sol, los monjes vuelven a reunirse en la iglesia para el rezo del Laudes, en el que cantan y oran por la salvación del mundo y la conversión de todos los pueblos.
Sólo a las 7.30, casi tres horas de después de despertarse y de dedicar el tiempo a la oración, llega el desayuno. Mate cocido y pan -algunos lo endulzan con miel- para reponer fuerzas antes de los trabajos, que se asignan según las necesidades de la abadía y las condiciones de cada uno.
"Buscamos aprovechar los talentos de cada uno", explicó el padre Carlos Martín Oberti, el abad del monasterio. A los 37 años, es el quinto superior de la Abadía en los 100 años de historia. En abril de 1997 reemplazó al abad Eduardo Ghiotto, que gobernó la comunidad durante 28 años.
Lo primero que se hace en todo monasterio es fijar los horarios y los ritmos de oración. "La oración personal prepara para el rezo comunitario, pero muchas veces es la prolongación de la plegaria común", dijo el abad, al rescatar el punto fuerte de la vida monástica: vivir en comunidad.
Los monjes se reúnen en la iglesia cinco veces por día, para los distintos oficios y la misa, que celebran a las 19.30. A los rezos matinales se suman la oración del mediodía,denominada sexta por la liturgia; la que hacen al caer la tarde (vísperas), junto con la misa; y la de la noche (completas), a las 21, antes de iniciar el silencio nocturno que los lleva a descansar, hasta la madrugada siguiente.
El almuerzo y la cena se cumplen de acuerdo con el rito monástico tradicional. Distribuidos en mesas de seis, los monjes comen en absoluto silencio, mientras uno de ellos lee en voz alta una lectura bíblica. Otros tres, por turno, sirven la comida, que es la misma que ofrecen, en un comedor aparte, a los huéspedes.
Oración y trabajo
"Cada comunidad mantiene su idiosincrasia", explicó el padre Francisco José Robles, a quien todos llaman Padre Paco (51 años de edad y 30 de monje), que se desempeña como prior de la abadía, la segunda autoridad del monasterio.
Para él no se entiende un monje benedictino sin una comunidad orante, fraterna, hospitalaria y laboriosa. Y el trabajo es una de las piedras angulares de esta comunidad religiosa.
Los monjes trabajan una huerta, elaboran leche, variedades de miel, jaleas y licores y su producción mantiene una apreciable fuente de trabajo para unos 30 pobladores.
El licor es una de las perlas de la abadía.Quien lo produce es el hermano Jorge Martínez, oriundo de Gualeguaychú, que a los 79 años no le escapa al trabajo. Paciente y laborioso, la elaboración del licor seco le demandó 12 años de exigentes pruebas. Uno de sus preferidos es el licor estomacal y digestivo. "Muchas personas se curaron úlceras y gastritis", aseguró el religioso, que lleva 66 años de monje. Anualmente, el monasterio elabora unas 10.000 botellas de licor.
La producción de miel, en otro sector de la abadía, alcanza entre 10.000 y 15.000 kilos por año. Todos los productos se comercializan con la marca Monacal, un sello inconfundible de la abadía benedictina.
Más allá de los productos, para el hermano Fermín Graizaro, que en octubre cumplirá 73 años y lleva 58 en el monasterio, el valor más preciado no se mide en cantidades. "Lo más significativo es la continuidad de cien años de oración", afirmó.
El hermano Luis Bressán, que a los 31 años es el religioso más joven, responde sin dudar a la pregunta de si es difícil hoy ser monje. "En la época de San Benito, en el siglo V, también fue difícil. Dios le pidió una respuesta y supo darla. Nuestro desafío es escuchar al Señor y dar la respuesta necesaria en el momento actual", afirmó el religioso, que colabora con el maestro de novicios en la formación de los jóvenes que se preparan para seguir el mismo camino.
Hábitos y costumbres
Luego de seis años de noviciado, al realizar la profesión solemne, los monjes hacen tres votos religiosos: estabilidad, obediencia y conversión de costumbres, que incluye el compromiso de la pobreza y la castidad. El tradicional hábito negro se utiliza en los oficios y en las celebraciones. "Antes no nos lo quitábamos ni para jugar al fútbol", confió uno de los religiosos.
1
2“Abuelas”: el libro que recupera las historias de las mujeres que se animaron a romper los moldes del siglo XX
3Un verano extremo en la costa: sismo, meteotsunami, remolinos de viento, sudestada y temporal, ¿solo casualidad?
4Qué se sabe de la salud de la influencer que se accidentó con un cuatriciclo en Pinamar

