
Una noche en la vida de una treintañera recién separada
Por Niki Rojo Para LA NACION
1 minuto de lectura'
"En este club no me inscribo", fue lo que dije después de mi primera salida. Cuatro mujeres en distintos estados de separación hablando de la sordidez de la soledad o las relaciones imposibles no era lo que yo estaba buscando cuando me separé. Era mi primer viernes de soltera. La salida, un invento pergeñado para no quedarme en casa. El placard con un costado todavía vacío, se resistía a escupir ropa divertida. Ya tenía algo para hacer el sábado: comprar ropa.
Siguió un mes y medio de recurrir al ejército de amigas. Todas cerraban filas detras de mí. Definitivamente no quería estar sola. Descubrí que la agenda hay que programarla, porque todos arman algo, aunque sea hacer pan casero o comprar cortinas en el fin de semana. ¿Y en la semana?
Volver a casa a las 20, cuando todavía faltaban cuatro horas para mi sueño, no me gustaba. Esa era la causa de mi malestar. Entonces me anoté en un gimnasio y empecé a ir a los happy hours ¿Quién está obligado a volver a casa porque terminó de trabajar? Yo no. Y ahí empezó la diversión, o más bien el proceso de centrifugado de 1200 r.p.m. que me mantiene bien alejada de toda posibilidad de prever que voy a comer en casa.
Vicky me había hablado de los happy hours (H.H. entre nosotras) mientras yo todavía tenía que cocinar todos los días. Fue con ella que fui a La Morocha.
Mi ropa ya ocupaba todo el placard. No fue que compré tanta, sino la actitud de apropiarme de todo: del placard, de los pantalones que creía que me quedaban mal, de esa remerita regalo de cumpleaños que nunca tuve oportunidad de usar, de todo el ancho del colchón y de la posibilidad de fumar en la cama.
La Morocha, martes, 21.30. Estoy con Ingrid, hay un mar de gente. Entramos con cara de estar buscando a alguien.
Buscamos a Vicky. Pero además hay que tener cara de estar buscando a alguien. Nos reímos. Hace mucho, mucho tiempo que no hacemos fuerza para entrar a un lugar.
La barra está a muchas cabezas de distancia. No importa. Sostener un trago en estas circunstancias podría ser complicado.
Y Vicky llega, saludando, presentándonos, sonriendo. Me pongo a charlar con uno, ahora con otro, con el amigo del primero, con una compañera de facultad, con Vicky, con Ingrid, con el primero, con el otro... son las 23 y hace rato que charlo con el mismo.
Ya me olvidé de mi preocupación por mi currículum. Está todo bien. Por un instante me siento en Brasil. Puede ser el calor, o la sensación de libertad, de vacaciones imprevistas.
Es martes y mañana hay que trabajar. No importa. Definitivamente hoy llego a casa después de las 12 de la noche.
La autora es psicóloga y docente
1- 2
Logro en Luján: trasladan a un santuario a los dos osos que quedaron a la deriva en el exzoo junto con otros 60 animales
3Detox digital: el tratamiento que recomiendan para adolescentes con excesiva dependencia de las pantallas
4La enigmática visita de “MBZ”: el exclusivo complejo a una hora de Bariloche donde se alojaría el emir de Abu Dhabi


