
Viajes clandestinos en busca de otra vida
Deportados: trepan a los barcos y se esconden durante varios días; en su mayoría proceden de países africanos.
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Nitui Rashid y Juma Fadhili vinieron desde muy lejos, de la República de Burundi. Viajaron muchas millas escondidos para escapar de una pesadilla y llegar a la Argentina. Son polizones.
Salieron de Lagos, capital de Nigeria, sin un destino fijo. Se definen como perseguidos políticos. Y tienen grandes problemas económicos. Parten de sus países sin saber cuál será el final de su larga aventura.
La gente suele confundir al polizonte con el polizón. El primero es el agente de policía; en cambio, el segundo es el hombre que se embarca clandestinamente y no forma parte de la tripulación.
Generalmente, los polizones eligen los buques de carga general o los buques de navegación marítima internacional (aquellos que navegan entre puertos de diferentes países).
Tienen varias maneras de treparse al barco sin que los adviertan. Algunos se embarcan a través de las cadenas de anclas que pasan por el escobén (ver infografía).
Y requieren, también, de la suficiente información sobre los puertos en los que se detendrá el buque, entre otras cosas.
Ya dentro del barco la supervivencia no es sencilla. Pasan por la boca escotilla (que tiene una tapa que se cierra) y se esconden en la popa del barco en bodegas o cabullerías (lugar donde se guardan los cabos, dispensas y demás elementos de navegación).
Además, los polizones suelen esconderse en las cajas de cadena (ubicadas sobre el doble fondo y los pantoques). Otra opción son los botes salvavidas recubiertos con capas.
Tratando en todo momento de no ser descubiertos, los polizones pasan varias horas en estos depósitos, hasta que salen en busca de alimento para poder subsistir.
"Es gente de condición muy humilde que sólo lleva lo que tiene puesto. Casi siempre son indocumentados", dijeron fuentes de Migraciones.
A la deriva
Las estadísticas que llevan la Prefectura Naval Argentina y la Dirección Nacional de Migraciones indican que por año llegan a nuestro país no más de 20 polizones. Esto tiene su explicación: la Argentina es el último país de la escala en América del Sur.
Desde enero último hasta hoy doce polizones fueron descubiertos. Todos de países africanos, como Sierra Leona, la República de Burundi, Mozambique, Tanzania y Ruanda. Todos ellos arribaron a los puertos de San Antonio Oeste, de Rosario y de San Lorenzo en buques de bandera extranjera.
La mayoría son de raza negra y buscan países en los que su color de piel pueda pasar inadvertido.
Cuando son descubiertos, el capitán es responsable de la vida del polizón dentro del barco y tiene la obligación de brindarle alimentos, además de alojarlo en un camarote. Una vez llegado a destino el capitán informará a las autoridades de Migraciones y, mientras tanto, el polizón debe permanecer a bordo del buque hasta que éste zarpe nuevamente. Pueden pasar desde horas hasta dos días.
Cuando un polizón es descubierto, su suerte terminó:Migraciones decreta su no admisión en el país. Ni siquiera pueden bajar del barco.
A eso se suman los problemas de idioma. No siempre había lenguas muy difundidas y son ellos los que deben informar quiénes son y de dónde vienen. El consulado en cuestión será luego el encargado de documentar esos dichos.
Muchas veces la empresa marítima asume por sí misma el retorno de los inesperados pasajeros a su lugar de origen.
"Generalmente vienen solos, pero de vez en cuando lo hacen en pareja. La de los polizones es una aventura que puede tener sus riesgos, más cuando el capitán o las tripulaciones toman determinaciones erradas", explicaron fuentes de Migraciones.
"Son muy sumisos y no son agresivos. Por lo general, tienen entre 20 y 30 años", se informó en Prefectura.
Los polizones no siempre son tratados como las normas internacionales lo aconsejan. A veces, el mismo capitán del barco les asigna una tarea para que el viaje de vuelta no les salga gratis, algo así como si le cobraran la estadía.
Sin embargo, ha habido casos en los que el capitán los ha incorporado para su tripulación. Una buena salida en medio de tanta penuria.
Un español que llegó a buen puerto
La de José Fandiño fue la historia de un polizón con un final diferente y feliz: cincuenta y tres años de nueva vida en la Argentina, lejos de su España natal, lo atestiguan.
Corría 1947 y en España el hambre arreciaba. Fandiño trató de buscar una salida a sus penurias, las de su mujer y sus tres hijos.
El barco Entre Ríos, de bandera argentina, estaba a punto de zarpar de Vigo. Era su oportunidad. Poco importaron para ese polizón los 24 días escondido en un bote salvavidas. El buque hizo escala en Lisboa, Dakar y Santos. El último paso era la Argentina, su objetivo.
Apoyado por dos primos suyos que tenían pasaje y le daban de comer de incógnito, Fandiño aguardaba con ansias el sosiego de la noche para poder estirar las piernas y fumar. Nunca lo descubrieron.
Llegó al puerto de Buenos Aires en invierno. Bajó del barco como si fuera un pasajero más. Por aquella época, los controles no eran los de hoy.
Con el poco dinero con que contaba, alquiló un cuarto en una pensión de Villa Dominico. Al mes consiguió la cédula y la residencia. Había regularizado su situación.
Trabajó en un bar. Luego en una empresa textil. Y reunió la plata necesaria para traer de España a su mujer y sus hijos.
Murió el 5 de noviembre de 1983, no sin antes cumplir el sueño de volver a su tierra, a Moaña, un pueblo en las rías bajas de Galicia.
En su pueblo, todos los 5 de noviembre lo recuerdan con una misa frente al mismo mar que le abrió paso a una nueva vida.





