A veinte años de un pico de fiebre que condujo al desastre

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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18 de enero de 2020  • 07:00

Fue hace veinte años. Buena parte de lo que hacemos hoy en Internet no existía, y en esta industria dos décadas son una eternidad. Pero estuve ahí y fui testigo del peor desastre económico de la historia de la Red: el colapso de la burbuja puntocom.

Recuerdo que hasta me llamaron del canal Bloomberg para que explicara qué estaba pasando. Fue raro, porque para quienes estábamos en el tema, lo que estaba ocurriendo era obvio. Es decir, los capitalistas de riesgo tenían mucho dinero, pero cero conocimiento técnico. Una serie de factores (pensamiento mágico, en la mayoría de los casos) les hizo pensar en que fundar un sitio web era garantía de retornos copiosos.

No tomaron en cuenta, entre muchas otras cosas, que un sitio se volvía interesante si los usuarios encontraban en él algo de valor. Vi cosas increíbles. Por ejemplo, un sitio que te pedía tus datos personales antes siquiera de dejarte entrar. También intentaron convencerme de que cierto sitio era importante solo porque lo había creado el pariente de una celebridad. Me contaron historias insólitas, aunque de primera mano, como que en las oficinas de una puntocom estadounidense, aquí en Buenos Aires, habían gastado fortunas en mobiliario, pero que en realidad no hacían nada en todo el día.

Esta especulación ciega y desenfrenada tocó su techo cuando el 14 de enero de 2000 el Promedio Industrial Dow Jones llegó a un pico de 11.722 puntos. En marzo, todo se vendría abajo, arrastrando en la debacle a cientos de sitios que eran solo una cáscara, pero también a muchas compañías valiosas. Una de las víctimas más célebres fue Sun Microsystems, que había crecido al ritmo de la burbuja, y de pronto, de la noche a la mañana, ya nadie necesitaba sus servidores. Ni siquiera usados. Sun fue luego adquirida por Oracle, y algunos de sus productos más conocidos sobrevivieron, como es el caso del lenguaje de programación Java y el software de virtualización VirtualBox (VirtualBox fue creado, hay que aclararlo, por Innotek, una compañía alemana que luego adquirió Sun).

Amazon, eBay y Google, entre otros, prevalecieron y empezaron a darle forma a la siguiente web, en la que el contenido y los servicios serían los reyes, y seguirían siéndolo más tarde, aunque con una vuelta de tuerca. Un dato elocuente: un año y un día después del pico máximo de esa inflación espuria de la burbuja, el 15 de enero de 2001, nacía Wikipedia. La vuelta de tuerca llegaría con los routers wifi, el iPhone (en 2007) y la banda ancha en los celulares. Los reyes (contenido, servicios) se volvieron móviles, ubicuos y de bolsillo.

Poder e ignorancia

Se han hecho numerosos y agudos análisis de la burbuja puntocom. Pero me gustaría echar luz sobre un mecanismo muy profundo que le dio cuerda al desastre y que podría seguir emboscado en muchos otros procesos de la sociedad todavía hoy. Mi impresión es que las pérdidas siderales que causó el colapso de la burbuja -repentino y, para la mayoría de los inversores, inesperado- se originaron en la ignorancia.

Fue una imagen especular del cambio que empezaba a experimentar la economía y que hoy denominamos "industria del conocimiento". Miles de millones de dólares se arrojaron en un negocio del que los inversionistas no sabían nada. Nada del todo. No solo no podían leer código. Ni siquiera podían leer HTML. En comparación, la fiebre del oro fue menos ingenua, porque al menos era de conocimiento público que en ciertas zonas era posible encontrar pepitas de ese metal precioso.

El cataclismo, que se extendió desde marzo de 2000 hasta octubre de 2002, fue un castigo a la ignorancia, a la arrogancia blasfema que pueden causar el dinero y el poder. Los inversores, embriagados con una promesa cuya relojería les resultaba opaca y también aburrida, creyeron que todavía estaban en el mundo de la Revolución Industrial; ese mundo en el que no hacía falta saber cómo funcionaban el telar o el Ciclo Otto para ganar dinero. En realidad, como los últimos amanuenses, estaban asistiendo al final de una era y al nacimiento de otra. Si la primera se basó en la máquina de vapor, el acero y la línea de producción, la nueva se asentaría en el intelecto. Hubo, hay y posiblemente siga habiendo un desprecio manifiesto por "todas esas cosas técnicas, esas cosas de nerds, de hackers". Pero cuando el agua se retiró, pudimos ponerle un precio a la ignorancia: 1,7 billones de dólares (un número de doce ceros) fue el monto aproximado de las pérdidas que causó el colapso de la burbuja puntocom; eso, considerando solamente las compañías que cotizaban en bolsa. Hoy serían más de 2,4 billones.

Ecuación cambiante

Pero el costo de la ignorancia podría resultar mucho mayor. En el reportaje que publica hoy el suplemento SABADO a Marcela Riccillo, la especialista en robótica deja una serie de conceptos tan fundamentales como poco conocidos. El más importante es el de que la inteligencia artificial no es generalista, como la nuestra. Se enfoca en una tarea o una familia de tareas. Y carece de ganas, de intención y de conciencia.

Si esta sola regla calara de una vez por todas en la dirigencia, sería mucho más probable que se legislara y reglamentara de la forma correcta. Por si no es lo bastante evidente a estas alturas, el legislar de la forma incorrecta en medio de cambios disruptivos podría traer consecuencias cuyo costo sería incalculable, no solo en dinero, sino en sufrimiento de los que confían en que sus dirigentes harán las cosas de forma responsable. Pues bien, hoy ser responsable significa saber, informarse, capacitarse, entender qué ocurre en estos nuevos engranajes microscópicos y programables que hacen 65.000 años de cálculo humano a cada segundo.

El mundo es muy diferente del de 1960. Pero los lemas, las pancartas y las consignas que se proclaman para la tribuna siguen siendo los mismos. Lo preocupante (y lo que causa confusión) es que nuestros derechos civiles y sociales sí son los mismos. Son los mismos porque nuestra naturaleza y nuestras necesidades no han cambiado. Lo que ha cambiado es el contexto.

Una parte de la ecuación se alteró, pero el resultado debe ser igual (o mejor). Es decir, no debemos despeñarnos a etapas primitivas de la civilización (o de la especie), cuando el derecho a la libertad de expresión, a la educación o a vivir sin miedo no estaban garantizados, o eran una ensoñación cercana al delirio. O peor, recrear el ecosistema darwiniano de la ley de la selva.

El progreso no son pantallas más grandes. El progreso es apartarnos de la ley de la selva. No tengo la pretensión, tan vociferada, de la igualdad. Si todos fuéramos iguales, la ley de la selva quedaría descartada por definición; o seríamos un gran hormiguero. Las legislación es necesaria precisamente porque no somos todos iguales (excepto, se supone, ante la ley). Y, a mi juicio, debe contemplar tanto al vulnerable (vulnerable por el motivo que sea; hay miles de causas) como al que vendió todo lo que tenía, lo apostó por una pyme, y le fue bien. La ley de la selva habría aniquilado a ambos. Al primero, por sus desventajas. Al segundo, por sacar los pies del plato.

De modo que es urgente entender el ecosistema para saber cuál sería la expresión de la ley de la selva en la actualidad, y suprimirla a tiempo.

El otro concepto clave que comunica Riccillo va en contra de lo que casi todos los gurúes vienen sosteniendo desde hace 20 años. Aconseja estudiar aquello que te apasiona. No se trata de STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics); no se trata de empatía, intuición o la capacidad de trabajar en equipo; no se trata de liderazgo en el siglo XXI, o de cualquier otra receta por el estilo. Se trata, simplemente, de ser lo que no son los robots: humanos. Tu pasión será complementaria a la fuerza aritmética bruta de la máquina. La especialización del algoritmo complementará tus ganas y tu subjetividad. Una computadora le ganó a Garry Kasparov en 1997, es verdad. ¿Pero qué podrían hacer la máquina y Kasparov, si trabajaran juntos?

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