El edamame y el búmeran de la productividad

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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11 de enero de 2020  • 07:09

Las nuevas tecnologías, se supone, nos hacen más productivos. Es difícil negarlo. Hasta hace un tiempo era casi imposible conseguir en la Argentina el edamame, una acompañamiento clásico de la cocina del lejano oriente. Se prepara con las chauchas de soja todavía verdes, que se hierven con sal.

Obviamente, es posible encontrarlo en los restaurantes japoneses, en algunos comercios específicos, y ahora hay al menos un distribuidor local, aunque todavía no me he hecho el tiempo de probarlo, ni se lo ve, por ejemplo, en los supermercados. Confirmé estos datos con Soledad Uchima, cuya cuenta de Instagram es genial.

Me dicen que el edamame es una exquisitez. Lo mío, sin embargo, es menos comer que aprender cosas nuevas. Por eso, un día, de regreso del super, miré la bolsa con porotos de soja que acababa de comprar y me pregunté:

-¿Cuán difícil puede ser cultivar tu propia soja?

La idea era preparar edamame durante el verano, naturalmente. Imaginé, asimismo, que era una de esas tonterías que solo se le ocurren al lego. Pero mi curiosidad es demasiado fuerte, así que puse media docena de porotos en un frasco con algodón, papel y agua; como en la primaria. A los dos días ya habían echado raíces. En seis, los brotes asomaban vigorosos por la boca del frasco y apuntaban a la luz de la ventana de la cocina. A la semana siguiente fueron muriendo sistemáticamente, como era de prever.

El caso es que esas semillas eran fértiles, así que planté ocho en una maceta con tierra buena. En una semana o algo así, ya se han convertido en ocho potentes plantas que crecen a una velocidad inusitada. Ahora es cuestión de esperar y ver si florecen y dan frutos. Y si resulta ser una de las variedades aptas para el edamame. Es lo de menos. Como prueba de concepto me encantó; me impresionó también el vigor de la planta de soja.

El hecho es que desde la idea original hasta esas preciosas plantitas que apuntan al sol y que de noche bajan las hojas como si fueran brazos, leí no se cuántas páginas de información. Chateé con un amigo que sabe de esto. Y, al final, una noche, caí en la cuenta de que 30 años atrás habría tenido que recorrer bibliotecas, librerías y hacer varios llamados telefónicos para obtener la misma cantidad de información que ahora había reunido en un rato; incluidas 20 recetas de edamame.

Hoy es tan normal que ni siquiera nos damos cuenta. Incluso los que nos formamos en la era predigital nos hemos habituado tanto a este estado de cosas que no recordamos el esfuerzo que demandaba obtener información. Aprender sigue siendo arduo, porque un asunto es conseguir los datos y otro muy diferente integrarlos, desarrollar destrezas, crear esos automatismos que te permiten decir que aprendiste a hacer algo. ¿Por qué pisamos un pedal de freno imaginario cuando vamos de acompañantes y el conductor hace una maniobra que nos parece riesgosa? Porque cuando aprendemos a manejar incorporamos el reflejo de frenar. Si tuviéramos que pensarlo, no serviría.

Luego están, claro, las herramientas de comunicación, cálculo, diseño, servicios en línea y así. La lista es enorme. Como dije una vez, gracias a Spotify he descubierto y escuchado más música que en todos los años previos. Y eso que soy un adicto a la música.

Recordatorio

Pero, por regla general, todo avance técnico tiene un lado oscuro. Aumentar la productividad está muy bien. En la entrada de mi estudio hay un mueble con una enciclopedia Montaner y Simón de 1912; sobre el mueble, una máquina de escribir muy antigua y un micrófono que ya debe tener como 80 años. En el living, una radio a galena, un teléfono de baquelita y un gramófono completan el recordatorio. No me vengan con que todo tiempo pasado fue mejor, porque no es así.

Dicho esto, tengo la impresión de que estamos exagerando con eso de ser cada vez más productivos. Se ha convertido en una obsesión, o, cuando menos, en un argumento de márketing cuestionable. Tanta productividad al final se nos vuelve en contra, como un búmeran, cuando nos damos cuenta de que no paramos de lunes a lunes (me ocurre a menudo, sé de lo que hablo) y que lo primero que hacemos, incluso antes de desayunar, es responder doce mensajes de WhatsApp. Qué digo desayunar. Antes siquiera de salir de la cama, con un ojo cerrado y tratando de hacer foco en la pantalla con el otro.

Con todo, el argumento del párrafo anterior contiene cierta falacia. Es como decir que para ser realmente productivos tenemos que parar un rato cada tanto. (Hay apps para eso, aunque parezca mentira.) O sea, seguimos pensando que lo más importante en esta vida es ser cada vez más productivos.

No estoy seguro de qué es lo más importante en la vida. Deduzco, de hablar con conocidos y amigos, que la respuesta varía según los años y según las personas. Eso sí, nadie me ha dicho que ser productivo es lo más importante en su vida. Me han hablado de ser felices, de la paz interior, de que sus seres queridos se encuentren bien, de la amistad, etcétera. Pero no de la productividad.

Hay algo más, no obstante, que deberíamos considerar antes de machacar tanto con esto de aumentar nuestra productividad. La clave está en la definición misma de este sustantivo tan de moda. ¿Qué es ser productivo? Es hacer un montón de cosas. ¿Pero da lo mismo hacerlas bien que hacerlas mal? ¿Da lo mismo hacerlas bien que hacerlas genialmente? Picasso y Mozart fueron extraordinariamente prolíficos, pero no serían Picasso y Mozart si hubieran producido una montaña de obras mediocres. Es decir que no alcanza con ser productivo. Toda la obra de Juan Rulfo no llega a las 300 páginas (se lo conoce casi exclusivamente por su novela Pedro Páramo y por el libro de cuentos El llano en llamas), y sin embargo es uno de los escritores más brillantes e innovadores de nuestra lengua.

Para peor, la pulsión por hacer más en menos tiempo suele conducir a errores, porque no tenemos tiempo de prestarles atención a los detalles. Como se sabe, es raro que algo realmente bien hecho salga rápido.

Aparte de todo lo dicho, y esto lo he aprendido de la naturaleza, hay asuntos que llevan tiempo. Tiempo, paciencia y, en no pocas ocasiones, fe.

Es materia opinable, supongo. En mi caso, soy resultadista, si me permiten el neologismo. A veces el resultado es la productividad. A veces la productividad es enemiga del resultado. Es decir, estoy en contra tanto del ñoqui de hábitos parasitarios como del que nos ametralla con toneladas de material anodino. Gracias a las nuevas tecnologías estamos fascinados con la productividad. Creo que deberíamos recordar los riesgos de la idolatría.

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