En la era del conocimiento, cerraron el cofre y se olvidaron la llave adentro

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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16 de noviembre de 2019  • 07:01

Me encanta. Pregúntenle a cualquier gurú moderno y les dirá que estamos en la Era del Conocimiento. Incluso se habla de la Industria del Conocimiento. Y sin embargo, en mi experiencia, tenemos de todo menos conocimiento. Una vez más estamos confundiendo conceptos. No se asusten. Ocurre todo el tiempo.

No me voy a poner epistemológico (disciplina fascinante, si las hay), porque la situación es tan grave que no estamos para darnos tales lujos. Dicho de otro modo, gran parte de este análisis va a basarse en conceptos dibujados a grandes rasgos, sin demasiado detalle fino. Como se dice, el conocimiento es definir el tomate como una fruta; el saber es el que nos dice de antemano que el tomate no debe incluirse en una ensalada de frutas.

Lamentablemente, y me imagino que por una compleja y antigua constelación de razones, estamos ante una situación de desconocimiento preocupante. No es un fenómeno local. La que sigue es una breve lista de preguntas que he lanzado en aulas y conferencias a jóvenes de diversos países y ámbitos.

  • -¿Qué es un tomate?
  • -¿Qué es el Sol?
  • -¿Qué es la fotosíntesis?
  • -¿Qué es la electricidad?
  • -¿Qué es la inercia?
  • -¿Qué son las mitocondrias?
  • -¿Las microondas?
  • -¿A qué distancia está la Luna?
  • -¿Cuántos habitantes hay en nuestro planeta?
  • -¿Quién fue Magallanes?

Estos interrogantes son solo un ejemplo. Podría seguir durante horas con asuntos elementales que conciernen a la historia de la civilización, la matemática, la filosofía o la música. Como fuere, en los ejemplos de arriba, salvo honrosas y escasas excepciones, la respuesta fue siempre que ignoraban la respuesta. Eso no parece muy propio de la era del conocimiento.

Unos pocos, si tienen a mano un dispositivo conectado a la Red (y en general lo tienen), buscaron, ad hoc, la respuesta. Parece lógico. Es el futuro. Eso es, precisamente, la era del conocimiento, ¿cierto? A mi juicio, no. Esa es una conclusión enteramente falsa, resultado de un sofisma grotesco. Porque esas personas buscaron las respuestas en sus celulares debido a que alguien les formuló las preguntas. De otro modo no se habrían tomado el trabajo. O, lo que es más perturbador, ni siquiera se habrían preguntado qué es exactamente ese disco brillante que surca el cielo durante el día.

Es el corazón de todo este planteo. Si de verdad estamos en la era del conocimiento, entonces lo más importante son las preguntas, no cuán rápido encontrás quién fue Magallanes. Volveré sobre esto al final de la columna.

De la palanca al código

Además, creo que, como la industria informática no se basa en el músculo sino en el cerebro, entonces concluimos que cerebro y conocimiento son lo mismo. No, y de una manera parecida a que estómago y nutrición no son lo mismo.

Así que mi mejor consejo es que vuelvan al brainstorming y busquen algún slogan mejor (la Era del Código no suena mal, aunque, claro, no es tan marketinera). La confusión no es solo una cuestión menor, de etiquetas. Como cerebro y conocimiento son cosas diferentes, este batiburrillo puede volverse peligroso.

¿Tanto? Sí, porque las máquinas son programadas por personas (o por máquinas que a su vez fueron programadas por personas). Esta actividad, la de programar, lo sé por experiencia, es de una intensidad intelectual extrema. Es asimismo algo adictivo. Algunos amigos programadores aseguran que su trabajo es una forma de arte. He sostenido con ellos noches enteras de debates acerca de si el código es arte o no. Da para otro texto; quizás algún día plantee el asunto.

En todo caso, en algo les doy la derecha a los desarrolladores: escribir código te quema la cabeza y no podés parar. Tal vez, gracias a este rasgo, la especie humana ha llegado tan lejos. Simplemente, no podés irte a dormir si al depurar el programa vuelven a saltar errores o de nuevo no hace lo que se suponía. Y cuando clarea y los pájaros empiezan a cantar, te das cuenta de que ya van 14 o 15 horas que estás trabajando en esa pieza intelectual; y que podrías seguir. Desde ese punto de vista, el programador no se diferencia en nada del artista, que se saltará comidas y noches de sueño para seguir puliendo su obra. Si no hay obsesión, no hay arte. No lo digo yo, lo sostenía Sábato.

Ahora, el problema (conflicto, aprieto, brete) es que se puede escribir código sin tener la respuesta para las preguntas que planteé más arriba, y para otras 200.000 que quedan en el tintero. Así que es posible que sea la era del código, de la mente, de la matemática, pero no es la era del conocimiento. Con una vuelta de tuerca, que es la que vuelve la situación potencialmente peligrosa.

Prejuicios del software

El conocimiento (o su ausencia) modifica la forma en que percibimos, entendemos y juzgamos el mundo. Daré un ejemplo trivial, pero bastante claro.

Alguien sale a pasear por el campo. Digamos que está de visita en una estancia turística. ¿Qué ve? Pasto y árboles. Nada más. Su visión es mucho más plana, y por lo tanto más propensa al error, que la del que puede señalar fresnos, álamos, cipreses, braquiquitos, robles y eucaliptos. Ah, ¿eso no es un pino? No, es una casuarina, un árbol de Australia, el sudeste asiático e India. Correcto, su nombre deriva de la similaridad entre sus hojas y el plumaje del casuario, un ave de Australia y Nueva Guinea.

Uno no puede saberlo todo, claro, pero hay algo de cierto en aquella frase que sostiene que el que no sabe es como el que no ve. Cuando se trata de ver pasto y árboles versus reconocer todo un cosmos de seres vivos, no parece haber grandes riesgos (hasta que plantás un álamo o un paraíso muy cerca de tu casa). ¿Pero cuántos prejuicios originados en la ignorancia se filtran subrepticiamente en el software?

Es más: ¿existe acaso alguna diferencia sustancial entre el prejuicio y la ignorancia?

Le pasó a Amazon, nada menos. Crearon un software para contratar personal. Pero luego descubrieron que el algoritmo era desfavorable para las mujeres. ¿Por qué? Porque su inteligencia artificial había sido alimentada sobre todo con curricula de hombres. Abandonaron el proyecto, aseguran, en 2017.

Alguien me sugirió hace poco que en las carreras relacionadas con la ingeniería habría que enseñar algo de filosofía, sociología, lingüística, historia de la civilización y antropología. Artes, también. Le dije que estaba de acuerdo, siempre y cuando lo opuesto fuera también cierto. Es decir, que los filósofos, sociólogos, lingüistas e historiadores aprendan algo de física, química y matemática. Lo sé, es demasiado ambicioso.

Pero resulta que ahí es donde el latiguillo de la era del conocimiento cobra sentido.

Iluminación

Cobra sentido porque resulta que es de verdad prodigiosa la cantidad de conocimiento (incluso de saber) que hay en la Red, accesible mediante dispositivos de bolsillo con sensores que permiten apuntar a algo (una planta, una estrella) y averiguar qué es. Claro que, para hacer eso, primero tenés que sentir curiosidad. Sentir ese hambre única que, tal vez por la constante alimentación mental con comida chatarra, se está perdiendo. Hay una sensación de saciedad, pero estamos lejos de estar bien nutridos.

No se trata, además, de herramientas exclusivas para las ciencias (a mi juicio, mal llamadas) duras. Los filólogos y doctores en lenguas clásicas no me dejarán mentir; hace 30 años habríamos dado un brazo y una pierna por un sitio como el Proyecto Perseo, de la Universidad de Tufts. Nada más el Diccionario de la Real Academia en línea es una ayuda monumental (acaban de mejorarlo, dicho sea de paso). Se puede ver la Biblia en 42 líneas de Gutenberg en alta resolución en la web. La NASA está subiendo constantemente el material en crudo de sus sondas robot en Marte. El proyecto de museos de Google es notable, no menos que Books. Wikipedia, por supuesto, es un ícono de esto, pero no es la única. Abundan las wikis que cubren desde mariposas hasta series de ciencia ficción. Existen ahí en la Red millones de fichas sobre plantas, toxinas o descriptores aromáticos. Hasta la mismísima Encyclopédie del Siglo de las Luces francés se encuentra online.

Todo eso, y muchísimo más (como el notable sitio WolframAlpha), disponible de una forma que, para uno, que debía ir a una biblioteca pública para acceder a algo semejante, le suena a magia. Más todavía. Aprendí inglés mayormente leyendo literatura. Cada palabra nueva significaba abrir el pesado Webster, buscarla, tomar nota (para intentar fijar el dato), y seguir adelante. Se hacía un poquito cuesta arriba. Hoy, con el teléfono, basta presionar sobre un término que no conozco para que se abra una pequeña ventana que me lo traduce. Solo con YouTube he aprendido mejor a cultivar ciertas plantas difíciles o a amasar pan que con todos los libros de consulta que contiene mi biblioteca al respecto, y no son pocos.

De modo que sí, el conocimiento e incluso el saber están online. En ese sentido, es la era del conocimiento. Pero aquí nos damos un porrazo contra una paradoja vigorosa. El cofre repleto de tesoros está cerrado con llave. La llave, a su vez, se encuentra dentro del cofre. Hay, no obstante, una técnica para hacer un duplicado de esa llave: inspirar la curiosidad. La llave es la curiosidad.

Eso es, en mi opinión, lo que significa enseñar en este siglo que está dejando atrás a velocidad warp las ideas e ideologías de los tiempos previos al chip. Inspirar, encender, despertar la más portentosa (y la más temida) de las capacidades del intelecto: hacerse preguntas.

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