Caviahue y Copahue

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17 de noviembre de 2009  • 00:00

Llegamos al aeropuerto internacional de Neuquén una mañana fresca y luminosa. Aún nos separan casi 380 km de nuestro destino final: las villas de Caviahue y Copahue. Mientras esperamos el transfer que debe recogernos nos preguntamos qué nos deparará el Parque Provincial Copahue que, hace millones de años, era el cráter de un gigantesco volcán.



Ya en la ruta, el chofer de la combi nos explica: "La cumbre, que se parece a un cenicero, era el cráter, y el lago Caviahue es lo único que quedó de aquella enorme laguna". Cuesta imaginarse algo tan descomunal como el valle lleno de agua. No obstante, algunos kilómetros más adelante, a la altura de Loncopué, nos aguarda otra sorpresa: los Riscos Bayos.



"Allí están ?indica el chofer?, toda esa zona se llama Valle de Hualcupén". Por la ventanilla, vemos dos formaciones rocosas que se extienden por más de 4 km sobre una alfombra de vegetación espinosa. Este increíble fenómeno es similar al que puede apreciarse en el Valle de Göreme, en Capadocia, y genera la impresión de alguien que marcó dos trazos vaciando gigantescos pomos de dentífrico. Las retorcidas columnas blancuzcas de ceniza solidificada alcanzan alturas de hasta 70 metros y, entre ellas, vive una insólita comunidad de cipreses bonsai. Desde aquí, sólo unos pocos kilómetros nos separan de Caviahue.



La joven villa de montaña fue fundada hace dos décadas y hoy alberga unas 700 almas. Las pequeñas casas de techos a dos aguas parecen manos unidas en oración agradeciendo la belleza del entorno: el lago, el valle, las araucarias, el omnipresente volcán. Sobre la avenida Quimey-Co, que bordea una parte del lago, se ubican los hoteles más grandes, mientras que el resto de las hosterías, hostels y hoteles más chicos están dispersos por el resto de la villa.



Resulta grato recorrer el entramado de las calles pedregosas salpicadas de araucarias y pasear por los barrios. El ritmo de la vida es calmado, los niños juegan en las calles; la gente es amable y solícita, siempre predispuesta a indicarle dónde comer la mejor trucha o el chivito más sabroso.



Por los alrededores



Nos levantamos temprano y encaramos el fresco de la mañana para caminar por los alrededores del pueblo. Junto con la gente de Caviahue Tours ?nuestros anfitriones? comenzamos con el itinerario.



El lago no puede disimular su vanidad y refleja sobre su lomo, impecablemente espejado, la imagen invertida de la villa. A un costado, vemos los dos primeros refugios levantados en la zona en la década del 50. En aquel tiempo, el Ejército Argentino los utilizó para el entrenamiento pre-antártico y como puesto de frontera. Pero lo que hay ahora delante de nosotros no es más que chatarra herrumbrosa que desequilibra la armonía del paisaje. Nos comentan que hay un proyecto de mudar el taller mecánico y convertir el lugar en un museo histórico.



Seguimos, dando un rodeo por detrás de la villa, hasta dar con el sendero que conduce a la laguna Escondida. Ascendemos unos cien metros sobre el flanco de una formación basáltica atiborrada de araucarias, lengas y ñires. Desde la cima tenemos la mejor vista de Caviahue, el lago y el río Agrio.



Por la tarde nos alejamos unos pocos kilómetros de la villa, cruzando el puente del río Agrio e internándonos en tierras de la comunidad mapuche. Abordamos los cuatro miradores de las Siete Cascadas, que en realidad son más de 20. Vamos a pie, por un sendero marcado con piedras y observamos las cascadas del Basalto, de La Cabellera de la Virgen (que cae desde 20 metros), de La Culebra y del Gigante.



Por último, nos encaminamos hacia la Cascada Escondida. Desde el pueblo enfilamos por la calle Los Ñires hacia el centro de esquí ?unos 3 km? y justo antes de la entrada desviamos por el sendero de la derecha. Son otros tres kilómetros atravesando un bosque de araucarias ideal para hacer en bicicleta o a pie. La recompensa es un hilo de agua que cae desde 15 metros y se desgrana entre las rocas corriendo hacia el valle.



Salto del Agrio




La ruta 27 que sale de Caviahue hacia el Huecú por el Valle de Trolope es de ripio. Hacia fines del siglo XIX este camino fue utilizado por las primeras personas que iban a a las termas de Copahue en carreta. Al costado de la carretera, el río avanza sobre un cauce de rocas amarillas teñidas por el óxido de hierro del agua. Tardamos unos 20 minutos en llegar hasta el salto. Lo primero que llama la atención es que el salto se produce en la misma planicie del valle. Un gran caudal de agua sulfurosa cae 80 metros por una olla formada hace 4 millones de años, debido a la explosión de una burbuja volcánica. El marco natural, con las cerros y el volcán de fondo, es puro regocijo para los ojos. Hay tres miradores desde los que se puede obtener buenas vistas. En este valle también hay lagunas codiciadas por los pescadores: Trolope, Achacosa, Rincón y Larga.



El ascenso al volcán



En esa extraña hora antes del amanecer en que la noche resiste clavada al cielo por las últimas estrellas, la combi rusa doble tracción se detiene frente al hotel. Cargamos el equipo fotográfico y un bolso con agua y frutas y encaramos el camino de ripio en dirección a Copahue. Avanzamos más de 20 km, curvas y más curvas, acompañados por el constante arrullo de las piedras aplastadas por los neumáticos. Cuando dejamos atrás las lagunas Las Mellizas continuamos a pie. Frente a nosotros se alza el volcán y su cumbre a casi tres mil metros de altura.



El plan es trepar unos cientos de metros. Lo hacemos en fila india. Daniel, guía y responsable de la excursión, marcha a la cabeza. Tiziano, su hijo, cierra la columna. Pequeñas rocas pasan rodando a gran velocidad a nuestro lado hasta fundirse en el gris ceniciento de la falda del volcán. "Hay que estar atento porque algunas son más grandes", advierte el guía, y señala una piedra del tamaño de una vaca que reposa al lado de una vertiente de agua humeante. Dicha vertiente es nada menos que el río Agrio, que nace allí mismo a los 2.700 metros como si brotara de una canilla escondida entre las nieves eternas. Todavía nos restan unos 200 metros para llegar a la laguna pero ya sentimos su presencia. Un fuerte olor a azufre se nos cuela por las fosas nasales y la boca. "Arriba es peor ?susurra Tiziano para que el resto no escuche?: vas a sentir fuego en la nariz y la garganta y por unos segundos no vas a poder respirar, pero no te asustes porque uno se acostumbra".



A pesar de que el pronóstico de Tiziano se cumple al pie de la letra, en la cima del volcán uno tiene la sensación de que mira el paisaje que lo rodea con algo más que los ojos. Estamos parados sobre una hilera de picos rocosos que se extiende hasta el horizonte como la cola escamada de una bestia colosal. Vemos la lengua del glaciar que cae por la boca del cráter como queriendo beber en la laguna lechosa.



Es, sin dudas, la mejor vista que se puede tener de la zona. Podemos ver el cerro Domuyo (4.800 metros), el más alto de la Patagonia; el cerro Negro con su singular perfil escalonado; el volcán Tromen y el cerro Peineta, del lado chileno. También, con mucha imaginación, por culpa de una nube impertinente, adivinamos la fantasmal silueta del volcán Lanín en la lejanía. A nuestros pies, el río Agrio desciende por la falda del volcán y se bifurca. Hacia la izquierda avanza internándose por el Valle de Trolope, dando vida al famoso Salto del Agrio y a lagunas ácidas hasta desembocar, 50 km más allá, en el Río Neuquén. Hacia la derecha baja formando numerosas cascadas y se diluye en el lago Caviahue, que vemos allá abajo, semejante a una herradura del color del cielo; en la curva de la base está la villa, y su puñado de casas del tamaño de un sacapuntas.



No obstante, lo que más impacta es el cenicero que nos mostraba el conductor del transfer. Desde aquí arriba se aprecia en toda su magnitud la boca del cráter de 25 km de diámetro, la misma de la que millones de años atrás salieron las cenizas que formaron los Riscos Bayos.



A las termas



Hacia allí vamos por la ruta 26 mientras el aire se va tornando azufranado. Antes de llegar pasamos por Las Máquinas y Las Maquinitas, hoyas termales naturales que no son explotadas comercialmente. No obstante, a Las Maquinitas está permitido acceder de manera gratuita y utilizar los pequeños ojos de agua y de fango. El lugar cuenta con baños, vestuarios y vistosos senderos. En los alrededores, fumarolas y pequeñas vertientes de agua hirviendo brotan de entre las piedras.



También, pasamos por el pozo geotérmico y la planta piloto. Hace casi 20 años fue un proyecto innovador que permitió a Copahue tener calles calefaccionadas gracias a un sistema de vaporductos subterráneos. En la actualidad, las cañerías están oxidadas, a las vista de todos, y afeando la villa.



A diferencia de Caviahue, en Copahue no hay población fija porque en invierno la nieve cubre todo y sólo las piletas quedan descubiertas. Pero ahora, con el verano golpeando a la puerta de la temporada, la actividad vuelve a nacer y el Centro de Balneoterapia se transforma en el corazón del lugar. Cuenta con cuatro lagunas principales ? Sulfurosa, Verde, de las Algas y del Chancho? y varias más pequeñas de las que, junto con pequeños manantiales y fumarolas, se extraen fango, algas y vapores para los diferentes tratamientos. La infraestructura está diseñada para brindar 2.500 baños por día y distintos programas terapéuticos, desde los de belleza y antiestrés, hasta los que se ocupan de diferentes problemas osteoarticulares, dermatológicos y respiratorios, entre muchos otros.



En su gran mayoría son personas mayores las que visitan Copahue para recibir un tratamiento vinculado al fortalecimiento de la salud. Pero año a año los jóvenes ?parejas sobre todo? se acercan hasta aquí para hacer paseos por la zona y usar los servicios orientados a la estética y el relax.  Por lo general, los jóvenes se alojan en Caviahue y se trasladan a Copahue para concurrir al spa o recibir tratamientos de belleza.



Comunidad mapuche



Desde Caviahue llegamos en unos pocos minutos a las 18 mil hectáreas que integran la Comunidad Originaria Millaín Currical, una de las 57 comunidades de la provincia del Neuquén. Estas tierras, en las que viven alrededor de unas 800 personas, fueron cedidas definitivamente por el gobierno al pueblo mapuche en 2002. La principal actividad económica de la comunidad es la ganadera y ahora nos encontramos en la zona de veranada. Los rebaños de chivos pastan por todas las laderas del valle de Hualcupén y, a la distancia, parece como si las montañas tuviesen caspa. Todo es aire puro y silencio alrededor.



Nos recibe, con un discurso en su lengua original, Juan Millaín, un integrante de la comunidad que montó un emprendimiento turístico independiente y que se autodenomina un portavoz de la cultura de su etnia.



Mientras Juan nos hace una reseña histórica de las vicisitudes de su pueblo, desde la llegada de Colón en América hasta las campañas al desierto, las mujeres de su familia nos convidan con unas deliciosas tortas fritas. El hombre no evita el debate sino que por el contrario invita a que se le hagan las preguntas que deseemos. Y responde todas, desde las más comprometidas y malintencionadas hasta las nacidas de la más sana ignorancia de los interlocutores. Y entre discusión y discusión, no le podemos sacar los ojos a los chivitos que se van dorando en el horno que atiende una de sus hermanas. Una vez saciada la curiosidad de los visitantes, seguimos a Juan por un sendero que nos conduce a un lugar sagrado. Aquí nos explica diferentes cuestiones vinculadas con sus creencias, su lengua, sus símbolos, la transmisión oral del conocimiento, los objetos sagrados y las costumbres sociales de los mapuches.



Al regresar, la mesa está lista y es el mismo Juan quien nos atiende muy solícito. De más está decir que los exquisitos chivos desaparecen en cuestión de minutos. Luego del postre y de un té preparado con hierbas naturales, vamos a dar otro paseo. Llegamos hasta un mirador desde donde se obtiene una imponente vista de la laguna de Hualcupén. El espejo de agua está en el fondo del valle rodeado de araucarias. Para pasar una jornada de pesca y hacerse de unas truchas Arco Iris sólo hay que pedir permiso y lanzar la línea.



Impresiones



Es nuestro último atardecer por estas tierras fantásticas. Acabamos de llegar de Loncopué, de visitar la estancia Las Tres Marías, ubicada en el Cajón de Almanza a unos 17 km del casco urbano del pueblo. Nos recibe Paola Costa, propietaria del lugar, para enseñarnos las plantaciones orgánicas de frambuesas y contarnos qué se puede hacer por los alrededores. Ofrece a quienes la visitan dos cabañas completamente equipadas, cancha de tenis, pileta y la posibilidad de contratar dos excursiones: una cabalgata al cerro Tres Puntas, donde es posible hallar trozos de árboles petrificados, y otra a unas minas de plomo que fueron explotadas desde 1890 a 1948 y que tuvieron su auge durante la Segunda Guerra Mundial.



Paola nos cuenta que, desde el 2000, se dedican casi exclusivamente al cultivo de frambuesa (tenían corinto y frutillas) que exportan a los Estados Unidos. La plantación abarca unas cinco hectáreas repartidas entre las variedades autumn bliss, heritage, limbo queen, tulameen y rucanta, todas verdaderamente deliciosas.



Por la noche, durante la última cena, intercambio con mi compañera de viaje impresiones y opiniones sobre lo que estuvimos viendo. Coincidimos en que, más allá de ciertos desajustes en la relación precio ? calidad, esta dupla volcánica hechiza a los viajeros: nos enredamos hablando de las araucarias, los cielos, el lugar y su influencia magnética? Y nos damos cuenta de que somos felices rehenes de sus encantos.





Por Wenceslao Bottaro

Fotos de Cecilia Lutufyan





Publicado en revista LUGARES 150. Octubre 2008.

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