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Irlanda

Dublin: Los cinco imprescindibles de la capital de Irlanda

Rossana Acquasanta
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7 de marzo de 2019  • 19:22

Museo Guinness

La negra irlandesa más famosa del mundo

Cebada, mucha cebada, lúpulo, agua y levadura hacen falta para la elaboración de la emblemática Guinness, tan negra y tan cerveza, única e inimitable. Tan Irlanda. Sus habitantes insisten en que no se trata de una cerveza negra: es Guinness. Punto.

Esta historia empezó hace dos siglos y medio cuando, en 1759, Arthur Guinness sellaba formalmente un contrato de alquiler de una destilería de Saint James’s Gates Brewery. La fábrica cerró en 1988; doce años después, las mismas puertas volvían a abrirse para mostrar el renacimiento de las instalaciones originales en museo, un delirio escénico extraordinariamente bien armado y repartido en siete pisos.

Museo Guinness. Video: Mariana Eliano.

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Video

El recorrido de la vieja fábrica es un viaje sensorial tan colmado de efectismos como instructivo; el antiguo equipamiento (tostadero, molino, alambique, los grandes barriles de madera), medios de transporte, formas de conservación, el arte de la tonelería y sus múltiples herramientas, etcétera… cada paso dado a lo largo del tiempo hasta el presente es mostrado y explicado con puntillosidad académica. Por ejemplo, la permanencia de la espuma de una Guinness –mucho más prolongada que la de cualquier otra cerveza del mundo– está maravillosamente representada en estereogramas (imágenes en 3D), igual que otros pormenores técnicos que, de otra manera, resultarían verdaderos ladrillazos para la mayoría.

Juegos interactivos y degustaciones tampoco faltan y un final por todo lo alto: en el último piso, el Gravity Bar ocupa la terraza de la antigua fábrica, área acristalada que permite tener una visión de la ciudad casi 360 grados mientras del otro lado de la barra no paran de servir medias pintas de Guinness tirada. Esto sucede todos los días de 9.30 a 19; el último acceso es a las 18.

Trinity College

Una biblioteca de casi 300 años

The Long Room, la sala principal de la biblioteca de Trinity College.
The Long Room, la sala principal de la biblioteca de Trinity College. Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

En estos tiempos en los que el turismo se fortalece como industria a nivel global, un predio universitario ya no es territorio específico de profesores y estudiantes. Son miles los que llegan hasta aquí con un objetivo preciso: conocer su antigua biblioteca. The Long Room es la sala principal y registra un flujo espeso de visitantes; sin embargo, el clima que aquí se respira es casi místico, fantástico (en sentido literal), fuera de toda realidad conocida y, oh sorpresa, la presencia de tantos otros no resulta perturbadora. Será porque nos movemos en silencio y nos quedamos, cada cual, desde su fuero interno, embelesado frente a los 200.000 libros que se disponen a lo largo de 65 metros de numerables estanterías, en un orden perfecto e impoluto, embriagado de olor a madera.

La biblioteca fue construida entre 1712 y 1732 y es depositaria de la mayor colección de manuscritos y libros impresos en Irlanda y en Gran Bretaña. En la actualidad hay más de tres millones de libros repartidos en ocho edificios, como resultado de todas las obras que se publican en la verde Eire y en GB, de las que esta universidad recibe, desde 1801, un ejemplar de cada obra. La Habitación Larga es su sala principal y aquí sólo se resguardan los libros más antiguos. En el centro del recinto, una sucesión de vitrinas permite arrimarse a ejemplares afectados por el tiempo y las contrariedades que acarrea, humedades, pestes de seres invisibles que devoran el papel, transformaciones inevitables de la materia.

A ambos lados de The Long Room, una sucesión de 38 bustos de mármol custodia los libros expuestos en los laterales, de acuerdo a la temática de cada sector. En 1743, Claudius Gilbert hizo una donación para que se esculpieran 14 bustos de eminencias vinculadas a la enseñanza para adornar la biblioteca. Ocho de ellos, incluyendo a Homer, Shakespeare y James Ussher, llevan la firma del escultor Scheemakers. Se piensa que el francés François Roubilliac pudo haber hecho los otros seis, incluyendo a Aristóteles, Isaac Newton y Robert Boyle. Dichos bustos, junto con el de Jonathan Swift (que sí talló Roubilliac), fueron colocados en 1749.

La gema que guarda la biblioteca es El Libro de Kells, preciado compendio de los cuatro evangelios escrito en latín y con la caligrafía propia de algún siglo ido hace siglos, cuando el conocimiento era exclusivo de los religiosos y los textos demandaban el laborioso preciosismo de una escritura ornamentada llena de colores de tintas inverosímiles, una sofisticación desaparecida de los tiempos en que la palabra escrita seguía siendo un sucedáneo de la palabra oral y suscitaba desconfianza. Se presume que este libro fue obra de los monjes celtas de Iona, de alrededor del 800, y que, después del saqueo de los vikingos, en el 806 d.C., se trasladaron a Kells. También se presume que este incunable fue "distraído" por no se supo nunca quién y despojado de las cubiertas doradas y las piedras preciosas que tenían engarzadas. Apareció, siglos después, tirado y mal cubierto de tierra, y así se lo recuperó, con algunas páginas menos. En 1653 encontró su lugar en el Trinity College.

Trinity es la universidad más antigua de Irlanda (1592) y está en pleno centro de Dublín, en un campus de 19 hectáreas. Fue la reina Isabel I quien estableció que se construyera aquí, sobre un monasterio agustino, un espacio en el que ahora se mueve una joven humanidad de 15 mil estudiantes. Al principio, sólo acudían hijos de familias protestantes y desde 1793 se admitió el ingreso de católicos, actitud ecuménica que dio lugar a trazar un camino histórico de diversidad posible, rico en mentes brillantes y en nombres hoy célebres en el universo de las letras, entre ellos los de Jonathan Swift, Samuel Beckett, Oliver Goldsmith y Oscar Wilde.

The Temple Bar

El nombre del barrio y su bar homónimo

The Temple Bar, histórico e icónico pub desbordado de locales y turistas.
The Temple Bar, histórico e icónico pub desbordado de locales y turistas. Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

El buen ánimo reina en los mil y un pubs que pueblan los barrios de Dublín. De un lado y del otro del río Liffey, bares, calles peatonales y no, restaurantes, parques, plazas y jardines están inmersas en ese estado de ánimo de cierta euforia existencial casi constante que impregna la vida cotidiana de la patria chica de Joyce.

The Temple Bar es la zona céntrica delimitada por el río Liffey, la Dame St., el puente O’Connell y la catedral de la Santísima Trinidad (el templo protestante más antiguo de la ciudad), donde se concentra la mayor actividad de la vida nocturna. Es en el cogollito de este animado barrio donde echa sus cimientos The Temple, el paradigmático e histórico pub siempre desbordado de adeptos que trascienden la misma calle. Música en vivo, patio para fumadores y varios salones en los que jóvenes de cualquier edad adoran amucharse definen el carácter de este ícono urbano, otra inmersión en el entusiasmo dublinés. Aquí, David Bowne rompió el récord Guinness en maratón de guitarra: tocó, del 12 al 17 de junio de 2011, 114 horas en vivo.

Las letras de Irlanda

Una pléyade de escritores y las huellas de Joyce

La mansión georgiana donde funciona el Museo de Escritores.
La mansión georgiana donde funciona el Museo de Escritores. Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

Riqueza (in)tangible colmada de grandes nombres. A los arriba mencionados, cabe añadir los de W.B. Yeats, Brian O’Nolan, Sean O’Casey, Patrick Kavanagh, J. M. Synge, Brendan Behan y George Bernard B. Shaw, el que no tuvo empacho en decir que "el verdadero inglés se da en Irlanda". No obstante la ironía, su sentido tiene, al menos histórico: los ingleses dominaron la isla durante ocho siglos a partir de Enrique II.

Desde 1991, en el número 18 de Parnell Square North funciona el Museo de Escritores en una mansión georgiana del siglo XVIII, que propone un rico recorrido por las vidas y obras de los autores más relevantes de Irlanda de los últimos 300 años. Párrafo aparte merece el circuito urbano que enlaza íconos y momentos referidos a la figura de James Joyce (1882-1941), ese Joyce que desnudó su mundo de 1904 haciéndolo visible a través de un día en la vida de Poldy en el que caben todos los días del tiempo.

Del 11 al 16 de junio (fecha en la que se sitúa la novela) se celebra el Bloomsday, festival que convoca a fans de Joyce con el fin de recrear el itinerario de Leopold Bloom. El 16, a modo de despedida, sus seguidores se visten con ropa de época.

Los hitos del recorrido son ocho: el Belvedere College, sobre la Great Denmark St., del que Joyce fue alumno (1893). La Torre y Museo de Joyce, en Sandycove, donde el escritor pasó, en 1904, seis noches, y se menciona en el primer capítulo del libro. The Bailey, en Duke St.: aquí se celebró el primer Bloomsday, en 1954; en el número 21 de la misma calle está el Davy Byrne’s pub, donde Poldy come un sándwich de queso gorgonzola con una copa de vino de la Bourgogne. Sweny’s Chemist está en Lincoln Place, la farmacia que luego se convirtió en el punto de encuentro de los "joycianos", y cuenta con una colección de libros de segunda mano. Sobre Kildare St., la Biblioteca Nacional en la que J.J. pasó muchas horas, y es el escenario del capítulo de Escila y Caribdis. En Usher’s Quay se detecta la Casa de James Joyce, donde vivieron sus tías e inspiró el célebre relato "El muerto", conmovedora historia que John Houston llevó a la pantalla grande. La playa de Sandymount, al sur de la ciudad, tuvo su lugar en dos capítulos del Ulises. Y valga saber, de paso, que sobre la Earl St. North se halla una estatua del escritor. La del estribo: en 1909 abrió el Volta Electric Theatre; fue el primer cine irlandés y Joyce, su administrador.

The Marker hotel

La mejor terraza de Dublín

La terraza del nuevo hotel The Marker, uno de los spots más demandados de la ciudad.
La terraza del nuevo hotel The Marker, uno de los spots más demandados de la ciudad. Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

Es uno de los espacios más demandados de la ciudad: o se reserva o hay que atenerse a la lista de espera. Una joven de muy buenas maneras e inflexible invita a los espontáneos a que tomen asiento y, a medida que en lo alto del edificio se van liberando los lugares, invita a abordar el ascensor que, de ida y vuelta, hace el recorrido con un empleado del hotel.

The Marker Hotel despliega su arquitectura de vanguardia en el área renacida de los docks, a escasos minutos de los puntos de interés de Dublín. Este miembro de la cadena The Leading Hotels of the World impone su espectacular estructura en el nuevo barrio dublinés a pasos del Grand Canal y del también modernísimo Palacio de Música.

La terraza, larga y estrecha, convoca al atardecer con su oferta de tragos y algunos platos también. Y como a esas horas es normal que sople la fresca, el bar provee unas preciosas mantas a quien la solicite. Desde este mirador y al abrigo de una bienvenida prenda, Dublín regala otra perspectiva.

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