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Del otro lado de las Altas Cumbres, este tranquilo valle cordobés ha conquistado a una cantidad de inmigrantes que lo eligieron encantados con su entorno natural y la sencillez de sus pueblos: Nono, San Javier, Yacanto, La Población, Loma Bola. Son ideales para ir con chicos y disfrutarlos a lomo de burro, trepando sierras y vadeando arroyos.
8.265.489 piedritas. ¿O habrán llegado a las diez millones? "¡Más! Piedritas", pedía Ema cada vez, en cada arroyo, vado, río, cuneta o charco en el que nos detuvimos a materializar su actividad cordobesa favorita. Más. No importaba cuántas hubiese arrojado. Nunca las suficientes.
Por suerte, arroyos y piedras no escasean en este valle cuyas localidades se suceden a la vera de la RP 14, atravesada de tanto en tanto por uno de esos cursos de agua cristalina que justificaron más de una parada.
¡Fium! Esperar a que no hubiera nadie y atravesar levantando el agua del vado que divide San Javier de Yacanto era otra diversión que repetimos ad infinitum? Y también estuvo Julieta, el burrito de la plaza de San Javier. Pero empecemos por el principio, por el sur, donde comenzó el viaje. Entramos a Córdoba por Merlo, y la primera buena nueva es que están terminando de asfaltar el único tramo de la RP 14 que faltaba, el que conecta Merlo con La Paz. Por fin terminará esa rencilla de vecinos que temían que una provincia le robara los viajeros a la otra y mantenía a esa porción del valle, que aunque sea un poco puntano y otro poco cordobés es el mismo, en una polvareda ignominiosa.
Inmerso en la nube que el ripio suele levantar y a la que sus pobladores ya estaban tristemente acostumbrados, cuesta pensar que La Paz fue la localidad más importante de Traslasierra, mucho más que Nono y Mina Clavero. Hay, en la envergadura de la plaza, el tamaño de los árboles, el ancho de las calles, indicios de ese esplendor, unido a la estaciónTilquicho del ferrocarril Sierras Grandes, que llegaba a Villa Dolores. Hoy de la estación no quedan más que espinillos, pero el hotel Loma Bola, construido en 1925, se mantiene en excelente forma.
Se trata, junto con el Gran Hotel Nono y el Hotel Yacanto, de los hoteles insignias de la zona. Y si el último tiene todo el glamour de los capitales ingleses que le dieron vida, el Loma Bola se inscribe en la más alta alcurnia alemana, cuyo último testigo, Germán Krütli (94 años) vive en una propiedad al frente del hotel junto a su local de artesanías. Muros gruesos, piscina semi olímpica, bosque añoso con ejemplares plantados personalmente por él y sus padres, el Paisa y la Mamaina? Basta observar un cartel que cuelga en el bar para comprender el genio de aquellos pioneros. Anuncia los beneficios y comodidades del hotel y aclara "El clima no es apto para enfermos de las vías respiratorias"? "¿Cómo lo sabían?", le pregunto a Horacio Dato Arena, el gerente actual. "No, no es que el clima no sirviera sino que ellos no querían que el lugar se les llenara de enfermos", responde Horacio, muerto de risa.
Los Stefanini, los actuales propietarios, adquirieron el hotel al que concurrían en su infancia. Hay, de hecho, una foto de Germán con la madre de Daniel Stefanini, dentro de un auto en la plaza de La Paz, cuando ella estaba embarazada de Daniel, en el año 1948. Después de un período de oscuridad y deterioro, a finales del siglo pasado, los Stefanini reabrieron el Loma Bola con toda la pompa en 2001, después de haber reciclado sin atentar contra el espíritu original del edificio. Construyeron cuatro habitaciones con jacuzzi en la planta alta de lo que fueron las caballerizas y dotaron de un total de 21 cuartos a este hotel de neto corte familiar, con juegos infantiles, estanque para patos y senderos que se bifurcan por el monte propio.
En este sentido, la estadía en Loma Bola viene para los chicos con la diversión garantizada. Incluye el arroyo San Juande los Talas para uso exclusivo y la recorrida a Los Miradores, un par de senderos perfectamente señalizados en el que los chicos pueden jugar a perderse, sin verse entre la fronda pero escuchándose todo el tiempo, con derecho a guerra de frutitos. Para los que son un poco mayores, la propuesta del circuito Corralito, visitando la vecina fábrica de aceite de oliva, una planta deshidratadora de vegetales, un criadero de conejos y un productor de licores, ya sea a pie o a caballo, depara tres horas de intensa y provechosa actividad.
Hacia el sur, la localidad de Las Chacras recibe a los viajeros con el Museo del Libro y el restaurante de Bake Leku. Es recomendable ir de día para aprovechar el parque y sus posibles caminatas, amén de que el sitio se halla trepando por caminos un tanto vericuetosos.
En sentido contrario, La Población es la siguiente escala. El restaurante La Morita había coincidido en la recomendación de todos. Nosotros dimos fe almorzando opíparamente en el grato jardín. Los platos son todos para compartir, de manera que hubo que decidir si el atún, el cordero, la pasta a la amatriciana o el risotto con hongos frescos, entre los que más nos tentaron de la carta del chef arquitecto Alejandro Amado, antes de ordenar. A Ema le pedimos una mini ración de sus consabidos fideos con manteca, que le hicieron deliciosos, pero en realidad los platos de La Morita alcanzan casi para tres adultos! La Población tiene inmobiliaria, el taller del orfebre Rafael Barragán, y las cabañas semiocultas de Viviana Toscano de La Castellana. Con una piscina envidiable, Viviana no les pone cartel porque ella está instalada en su casa y hostería de Yacanto.
Continuamos hacia el norte y alcanzamos esa localidad que tanto ha crecido hasta conseguir peso propio en la dupla que siempre hizo con San Javier. En Yacanto ya casi despunta un incipiente centro comercial a ambos lados de la ruta donde se dan cita La Constancia Casa & Campo, con objetos seleccionados por el reconocido buen gusto de Alicia Christensen de Dorado, de la estancia que lleva ese nombre, los textiles y otros hallazgos de Flor & Nata, o el almacén de ropa Cactus, La Payana y Curiosity Shop.
Felizmente ese progreso no ha sido en desmedro de los frentes de casonas antiguas que siempre caracterizaron a esta porción del valle: mejor o peor mantenidos esa esencia entreverada de monte nativo, jardín y arquitectura centenaria se conserva; al igual que las callejas que se desprenden de la ruta y se van perdiendo en el camino a las sierras sin un trazado regular, lo que puede obligar a las mil y una vueltas del turista perdido, pero que redunda en una sensación de urbanismo natural de lo más encantadora.
Un poco más arriba, pasamos por el nuevo boliche de Elio Marocchi, el platero, que se mudó de San Javier a Yacanto. En lo que fuera su casa se instalaron ahora la artista Laura Dillon y su marido Adrián con hijos, perro Cuba y gata blanca, Gummi, que se convirtió en la dilecta de Ema junto con las esculturas en alambre de Laura. La galería con jardín que tenía Marocchi sentó de maravillas al atelier y salón de exposición que Laura bautizó La Alumbrada, y en donde Adrián montó el Bar Bieri (su apellido), ofreciendo té o unos tragos en ese mágico entorno.
A la tarde pasamos por Cuatrovientos para conocer las nuevas habitaciones que dieron vida al capítulo hotelero en la saga de doce años que lleva el restaurante de Alejandra Bellini y Eduardo Bottaro. Mientras Ema jugaba feliz en la casita de madera violeta que era de las hijas de los Bottaro, ellos nos contaban lo contentos que están con la experiencia de haber creado un secundario a la medida de sus expectativas y las de tantos otros inmigrantes que no encontraban en la escuela normal de Villa Dolores una propuesta válida para sus hijos. Alejandra es docente de plástica y no es la única que participa activamente en Cerro Azul, el nuevo proyecto educativo, que cuenta con 50 alumnos.
Por la noche, como pudimos comprobar a la hora de la cena, Alejandra y Eduardo se transforman en chef y mozo-pastelero respectivamente y dan vida a una experiencia gourmet única en la región. Ema lo disfrutó con un excelente plato de ñoquis (con manteca, claro), del que no dejó ni las migas.
Al otro día, teníamos un programa especial para pequeños curiosos: Machaqway, el primer serpentario con especies de la zona serrana que Laura Garay y Daniel Brito abrieron motivados únicamente por su pasión por los ofidios. No se cansan de decir que de las 27 especies expuestas sólo cinco son peligrosas, y entre ellas las peores son la coral y la cascabel. "La primera es muy pequeña y es rarísimo que pique, y la segunda es más fácil de escuchar justamente por el sonido de cascabel que realiza con el crótalo", explica Daniel, que es quien se encarga de ir a retirar las víboras cuya presencia es reportada por el público, que llama ansioso de que le saquen al bicho del patio, el jardín o el corral.
Sin embargo, de todas, la que más cautiva la atención de los chicos es la lampalagua, pariente de la pitón y la anaconda, que es capaz de comerse un conejo entero y quedar tiesa y deforme como en El Principito, digiriendo su presa durante días enteros.
A Machaqway llegamos gracias a nuestra anfitriona en Los Olivos, Sara Griskan, alma mater de un negocio de artesanías del mismo nombre que acaba de mudarse frente a la plaza de San Javier y una activa defensora de su patria por adquisición. Ella y su marido, el arquitecto Freddie Niederhauser llegaron hace 15 años y están muy comprometidos con el desarrollo del pueblo. Así nos enteramos de que la nueva intendencia a cargo de Alejandro Bustos acaba de concretar un acuerdo con Cappandeguy y Asociados ?un estudio uruguayo especialista en proyectos de desarrollo urbano para preservar pequeños pueblos como este?, de forma tal que en el lapso de un año se lleve a cabo un plan de crecimiento y desarrollo, con su correspondiente código de planeamiento, de manera que San Javier y Yacanto no pierdan su identidad. También nos comentaron acerca del conflicto que enfrenta el valle entero ante los intentos oficiales de autorizar cateos y exploraciones de uranio en la región de Pampa de Achala.
La respuesta de los vecinos no tardó en hacerse escuchar y el movimiento Traslasierra Despierta está en plena lucha, con reuniones periódicas en Nono, página web propia, y la firme convicción de que es imprescindible mantener el medio ambiente ?incluida el agua, por supuesto? libre de contaminación.
Los Olivos debería llamarse Las Cañas, pues está rodeada de profusos cañaverales, pero es una sorpresa más que le da la bienvenida al huésped. Junto con la bandeja de delicias locales a disposición (alfajores, caramelos de dulce de leche, aceite y pan recién horneado), las dos únicas cabañas para 4 y 6 personas respectivamente están super equipadas con detalles como cristalería, bañera (que todo niño pequeño prefiere antes que la ducha y cuya presencia es una rareza en el universo de las cabañas), calefacción en los baños y varios de esos objetos especiales que Sara vende en el local, seleccionados especialmente entre amigos artistas y artesanos de todo el país. Además, en verano, la piscina gigante es exclusiva de los huéspedes que gozan de su total aislamiento, pues linda con el arroyo San Javier que pasa junto a la propiedad.
A la mañana siguiente, Ema tuvo su debut en paseo en burro por la plaza de San Javier. Allí en la esquina del bar y forrajería La Merced, al lado del supermercado Machín, se yergue el palenque en el que paran burros y ponys. Montada en Julieta y por módicos $2 dio la vuelta completa a la plaza mientras Amalia, su dueña, nos contaba que hace 12 años que se dedica a darles esta accesible e inusual alegría a los más chicos. "Siempre con distintos burros, pero yo siempre quedo".
A medida que el turismo crece y llegan cada vez ómnibus de mayor porte, cabe preguntarse cuánto tiempo más durarán la dupla de Amalia y Julieta en esa singular plaza, donde la silueta de la iglesia y la luz del atardecer provocan un embrujo que no se da en otras partes?
De allí fuimos hasta Villa Las Rosas, a conocer La Carniolita, una granja apícola modelo donde Gladys Laudani nos trasmitió con pasión la compleja organización de esta especie de abejas, mezcla de la cárnica con la criolla, que se enferman menos y permiten tener colmenas más sanas. Todos los productos, la miel, polen, propóleos y sus derivados (jabones, cremas, jarabes, caramelos) son orgánicos, y una visita a la granja es una excelente oportunidad para acceder a miel pura de algarrobo, la flor preferida de las abejas de la zona, la primera que eligen cada primavera, y que se va oscureciendo a medida que la flor del algarrobo cesa y ellas salen a buscar otros néctares.
En Los Molles pasamos a conocer Madre Verde, un emprendimiento de tres cabañas (incluida la de los dueños, Carlos Grassano y Beatriz Schwander, que alquilan en alta temporada). Llegamos cuando unas menudas huéspedes y Franca, la nieta de Beatriz, estaban pintando con acuarela. Ema fue invitada a participar y conocer a Thaisa, la ovejera alemana que conquista a los niños con su predilección por cazar piedras en el aire. "Los chicos le piden a los padres volver aquí sólo para jugar con ella", confiesa Beatriz muerta de risa. La piscina, el gran parque y la buena onda de los anfitriones para con los pequeños hacen el resto. "Yo no entiendo esos lugares que no aceptan niños, si los chicos tienen una energía tan linda", se entusiasma ella.
Por la noche conocimos Sabores que matan, un restaurante que resultó excelente síntesis de placer para todas las edades. Cecilia Albano y Marcelo Barragán se mudaron a San Javier al poco tiempo que nació el pequeño Joaquín, y saben de la preferencia de los chicos por las pastas y las patitas de pollo, que son parte del menú infantil. Los padres pueden elegir saltados y woks, pastas o carnes, y una bienvenida oferta de ensaladas, que no es común en la región y que el viajero acaba añorando, sobre todo a la hora del almuerzo. "Todo casero y abundante", dice orgullosa Cecilia que cambió el catering y los eventos en Buenos Aires por esta realidad cordobesa donde apuntaló su calidad de vida y salió ganando con ventaja. Marcelo, eximio músico que integró el conjunto Cuatrovientos durante diez años, apechuga con el entretenimiento de los comensales en el salón, invitando grupos de colegas o improvisando una suerte de unipersonal con saxo y humor de su autoría.
Hacia el norte, nos detuvimos sólo en museo Rocsen que desde que abrió en 1969, no para de crecer. El año pasado inauguraron dos nuevas salas, una de vestimentas antiguas y otra con todo lo referente al arte sacro. Su fundador, Santiago Bouchon, es un personaje incansable que a los 80 años continúa 100% involucrado en el museo. Ema se mostró de lo más interesada en la sala automotriz y los juguetes antiguos, a pesar de que no le gustó mucho el asunto de las vitrinas y la obstinación de los adultos en que las cosas se miran pero no se tocan.
Almorzamos en el nuevo restaurante Manantial que abrieron Mausi y Alfredo Kock en su acogedora posada. Ellos hicieron el camino inverso que los Bottaro de Cuatrovientos: primero tuvieron el hotel y después, cuando su hija se recibió de chef profesional, abrieron el restaurante que es una de las mejores noticias de Nono. En Manantial no hay menú infantil, pero los spätzle del goulash fueron anunciados como ñoquis y devorados por Ema sin chistar.
También hicimos un alto en La Lejanía, la estancia de los franceses Henri y Nicole Barret a la que hacía años que no íbamos: está super profesionalizada, con cocina hecha a nuevo según el requerimiento de sus 15 habitaciones, show de folklore los sábados por la noche, sala de masajes y sobre todo, una infinity pool con vista a las sierras espectacular. Henri confiesa que cuando la pensó decía "para qué quieren la piscina si tienen el río Los Cajones dentro de la estancia", pero bastó hacerla para comprender que río y chapuzón de pileta son dos programas fantásticos que se complementan sin quitarse público. De más está decir que en el deck de la piscina los niños son más fácilmente controlables, y que el plan de la arena y las piedritas del río, no pierde adeptos entre los más chicos.
Antes de encarar las Altas Cumbres, la última escala fue en Santa María de las Casas Viejas, donde la calidez de la hostería que data de 1913, la amabilidad de los anfitriones, la buena cocina de Marta Pons y el maravilloso entorno de monte y piedra viva, con las cabras brincando a su aire por ahí, nos confirmaron por qué merecieron el premio LUGARES a la mejor hostería en 2006. Santa María es un verdadero oasis en la profusión edilicia de Mina Clavero, y allí Ema pudo cumplir con el ritual de las últimas piedritas arrojadas al pequeño embalse artificial que data de la misma época que la casa, construida con piedras de la zona (batolito de Achala).
"¡Más! Piedritas", pedía a la hora de la despedida. "No hay más", le mentimos. Lloró hasta que llegamos a la altura del Observatorio de Bosque Alegre. No nos creyó: sabía bien que por estos lares, arroyos y piedritas não têm fim.
Relato y fotos: Soledad Gil
Publicado en Revista LUGARES 146. Septiembre 2008.




