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Cuando estuvo seguro de haberlo logrado, se acercó a la computadora, abrió el e-mail y redactó un correo con copia a antiguos compañeros de oficina y amigos. Decía algo así: "Más de una vez pensamos en abandonar todo para instalarnos frente a un lago en la Patagonia. Bueno, quería decirles que aquí estoy". Abajo iba la firma: Juan Carlos Romero Silva y la página de su hostería, La Balconada, en Villa Pehuenia.
Imagino que después de apretar enviar, Juan Carlos acercó una silla al balcón que tiene sobre el lago, se sentó, estiró las piernas y se dedicó a contemplar el Aluminé. Si era temprano quizás reparó en la bruma espesa que se forma sobre el lago, como si se tratara del vapor de un caldo enorme que no deja de hervir hasta antes del mediodía. Si era de noche tal vez notó la silueta de las montañas y el perfil de los pehuenes que le dan el nombre a su nueva casa.
A orillas del lago Aluminé, Villa Pehuenia todavía es un pueblo escondido de la Patagonia. Un lugar de aroma silvestre y noches de cielos estrellados donde historias como la de Juan Carlos se repiten cada tres o cuatro casas. Un lugar con calles de tierra y vecinos que se saludan. Con cocina creativa y un Festival del Chef que va por su quinta edición. Un pueblo que cumplió 20 años y el banco más cercano todavía está a 60 km. Parece que en este lugar manda la naturaleza. En verano manda sol y turistas. En invierno, metros de nieve y temperaturas bajo cero. De tanto en tanto, también manda cenizas. Como el año pasado las del volcán Llaima, que llegaron desde Chile.
Pequeña estadística casera, primera parte: durante los cinco días que el equipo de LUGARES pasó en Villa Pehuenia conoció un promedio de ocho personas por día. De las 40, sólo dos nacieron aquí y son mapuches. El resto vino de afuera. Juan Carlos Romero Silva, de Buenos Aires; José María Digiuni, el capitán del velero Susurro, de Rosario; Martín Maldonado, guía de trekking, de Córdoba; el hombre que despacha combustible en la única estación de servicio del pueblo, de Zapala; Marcelo Patroni, el periodista deportivo que relata los partidos de fútbol locales, también de Rosario. La lista sigue y arroja otro dato curioso: el pueblo está lleno de rosarinos. Tanto, que a una bahía alejada la bautizaron Bahía Rosario. Todavía no figura en los mapas pero ya se conoce así.
La tierra mapuche
Según la época del año, viven en Pehuenia entre 700 y 1.200 personas. El número varía tanto porque se trabaja con turismo. A fines de octubre llegan guías, choferes, mozos, recepcionistas, empleados, vendedores y cocineros que se quedan hasta abril, cuando termina la temporada. Algunos vuelven a trabajar el verano en España, otros regresan un tiempo a sus ciudades.
Además de los que vinieron para quedarse y de los trabajadores golondrina, en Villa Pehuenia viven alrededor de 50 familias mapuches, habitantes originarios y dueños de gran parte del territorio. Un día, Carlos Rovetto, un rosarino que llegó hace tres años pero se mueve como nativo, me propone conocer a la familia de Mario Puel, un mapuche amigo suyo. Para llegar hay que tomar la ruta hacia Chile y después cruzar el río La Angostura, que une los lagos Aluminé y Moquehue. Enseguida aparece la entrada a la Reserva Cinco Lagunas, donde está la casa de Mario. Un sendero angosto, de tierra, se mete entre maitenes, pehuenes, ñires, radales, lengas y algún pino infiltrado. También, pasa cerca de un puñado de casas de madera y rodea las cinco lagunas.
Puel es el apellido mapuche que más suena en Pehuenia y el que le da nombre a la comunidad más numerosa: todos los mapuches tienen un padre o un primo o un cuñado Puel. La casa de Mario queda en un claro del bosque, cerca de la laguna Matethué. Como él está trabajando con las ovejas, saludamos a su mujer y a su nuera, doña Ángela Trekaman. La ruka, casa en mapuche, es de material, gracias a Alfonsín, aclara la señora. Tiene techo de chapa y en la sala de estar, una sola ventana por donde entra un rayo de sol que ilumina una butaca de ómnibus semicama, el asiento principal de la vivienda.
Doña Ángela pasó los setenta. Le caen sobre el pecho dos trenzas negras, atadas entre sí con un hilo de lana azul. Lleva un vestido verde con florcitas amarillas, arriba un buzo rojo de plush, un chaleco de lana de oveja y un delantal blanco como la nieve que recién se fue de Pehuenia. Abajo, pantalones de trabajo y en la cabeza, un sombrero de paja. Dice ella: "Los mapuches ya no son lo que eran. Ahora queda el puro nombre. Con los subsidios ya no quieren hacer nada". Cuando termina la frase, la señora mira a su nieta que aprende a caminar con un andador y seguramente, como la mayoría de los niños de la comunidad, no hablará mapuche.
Después de un rato de charla, el rosarino hace una seña para seguir viaje. En el auto, le pregunto cuál es la urgencia. Y responde: "Tengo que ir a Paso del Arco porque ahí me esperan unos paisanos que me venderán unos corderos antes de bajar hacia Zapala, y se van esta tarde". Los paisanos a los que se refiere Carlos son los veraneadores, que en noviembre traen sus ovejas, vacas y caballos a estos valles altos de la cordillera, que tienen pasto tierno y abundante. Antes del invierno vuelven a bajar porque aquí el frío es extremo. Este ejercicio de trashumancia, que nació hace siete mil años y sigue teniendo vigencia en muchos lugares del mundo, se practica dos veces al año en Neuquén.
Carlos Rovetto nos deja en la puerta de su bar, Mandra, que está en el centro.
Después de preguntar dónde queda el Golfo Azul, vamos hacia allá. En el trayecto cabe un par de paradas para sacar fotos y conversar con gente. Al final de la tarde todas las personas que cruzamos en el pueblo, saben el minuto a minuto del equipo de LUGARES. Con pelos y señales. En Villa Pehuenia, el boca a boca funciona muy bien.
En velero
A propósito, el Golfo Azul queda del otro lado de la península. Ahí está la mayoría de los restaurantes y desde ahí parten las embarcaciones que navegan el Aluminé. "Como estás entre montañas, el viento bornea, es decir que no es constante, viene de un lado y de otro", explica José María Digiuni, ex peluquero fashion, hoy capitán de Susurro, el nuevo velero de su empresa.
La brisa patagónica se siente en el cuerpo a medida que el velero avanza por el lago. Hacia un lado se ve cómo la lengua de tierra que forma la península, entra en el Aluminé como si fuera a tomar un baño. Hacia el otro, playas y más playas. Martín Maldonado, el guía de trekking, me dirá que él las contó: son 36, entre Aluminé y Moquehue. Hay playas con sol y con sombra, con viento o con ceniza; públicas y privadas, de piedra, de arena y también de chicharrones, como llaman por aquí a esa roca liviana como una pluma y porosa como esponja, de origen volcánico.
Susurro navega en calma hacia la Península de los Coihues, un extremo de Pehuenia donde se concentra el grueso de la oferta hotelera, y recomendado para una caminata bajo los árboles. Antes de ser capitán, Digiuni era peluquero en su Rosario natal. Pero allá en el Paraná entendió que lo suyo era el agua. Cuando descubrió Villa Pehuenia, con montañas, bosque y lagos, metió a su mujer y a sus tres hijos en el auto y se mudó al sur, a un pueblo donde no hay peluquería.
La mejor posada de la villa se llama La Escondida, y sólo desde el agua se la puede apreciar de frente; las seis habitaciones con sus decks que dan al espejo del Aluminé, las ventanas amplias como suspiros que resguardan ámbitos muy confortables en los que es tan fácil instalarse a leer o a conversar. También cuenta con seis cabañas, un spa en construcción y un restaurante donde el chef Matías Tesoriero hace de sus platos pequeñas obras de arte, con una sorprendente variedad de formas, colores y texturas.
Al doblar por la península, el viento sopla furioso, el pelo canoso de Digiuni flamea rebelde y el barco avanza escorado. Mientras lo adriza, el capitán cuenta: "Cuando empecé a trabajar con turismo hice un curso de guardafauna, aprendí toda la flora y la fauna, sabía hasta el nombre del último árbol, y al final lo que la gente más me preguntaba era: ¿Por qué te viniste? ¿Qué hacés acá? ¿A qué escuela van tus chicos?".
Después de una picada con jabalí ahumado y quesos artesanales en Bahía Rosario, el velero regresa al Golfo Azul, empopado por el viento bravo que llega del Pacífico.
Villa de hombres
Pequeña estadística casera, segunda parte. En Villa Pehuenia faltan mujeres. Terminamos de cenar en La Cantinadel Pescador, un restaurante con seis tipos de truchas en el menú. Las cocina Sebastián Mazzuchelli, que hace algunos años tuvo el restaurante Kocineritos, y hoy reparte el año entre su trabajo para Ferrán Adriá en el pueblito de Pals, en Cataluña, y Villa Pehuenia.
Los comensales ya se retiraron y la cantina pronto va a cerrar. Me rodean dos guías y el cocinero, todos rondan los treinta años. Me piden que anote esto: "Villa Pehuenia necesita mujeres solteras que tengan entre 25 y 35 años, ponélo por favor". Y entre los tres cuentan esta historia. Resulta que hace un tiempo llegó de vacaciones una mujer muy linda y soltera. Viajaba con su abuela y se quedaron varios días en una hostería de la Villa. La noticia corrió rápidamente entre los guías y cocineros y recepcionistas que trabajaron durísimo para conquistarla.
El guía pasó a buscarlas en punto para la excursión, hizo más bromas que nunca durante el circuito y fue amoroso con la abuela. El cocinero preparó una trucha grillada tan perfecta que podría haber ganado un premio internacional. El camarero la llevó urgente a la mesa para que no perdiera calor y no se descuidó un instante en su trabajo, siempre sonriente y atento a los deseos de abuela y nieta. El que se encarga de la excursión en lancha les dio la mano al subir y al bajar y siempre veló para que estuvieran bien. Tan esmerado fue el trato que la abuela le comentó un día a su nieta: "¡Pero qué caballeros son los hombres en este lugar!".
Creen algunos que el recepcionista, que hoy es el gerente de la mejor posada del pueblo, tenía ventaja porque la veía varias veces por día. Por eso o porque fue el mejor en las artes de la conquista, se ganó el amor de esa chica linda, que hoy es su mujer y espera un hijo suyo.
Cuando la cantina cierra ya es tarde. Quedan pocas luces en el pueblo y se puede ver el reflejo del cielo en el lago Aluminé.
Más personajes y otros lagos
Marcelo Patroni es guía de turismo, conductor de un programa deportivo en la FM Municipal 91.3 y relator de partidos de fútbol que muchos comentaristas de T&C Sports quizás ni siquiera sepan que existen. Como Cordillera, de Villa Pehuenia, contra Juventud, de Moquehue. Con él hacemos el circuito Pehuenia, una vuelta fundamental para conocer el paisaje, los lagos Nompehuén, Ñorquinco, Pulmarí, para ver el cerro Impodi y el bosque de araucarias antiguas, las que se salvaron de la tala. Pero sobre todo, para hacer un picnic a orillas del río Pulmarí, que acompaña buena parte del circuito.
El día está despejado y fresco. Después de unos kilómetros de asfalto, enseguida llega el ripio, para quedarse hasta el final. Moquehue es la primera parada. Por más que uno ya tenga hospedaje vale parar a conocer la hostería La Bella Durmiente, una casa de madera pintada de rosa. Está un poco más allá del puesto de informaciones y de la escuela N° 261. Adentro, el comedor y habitaciones tienen un look retro: los cubrecamas llenos de flores, las cortinas de color verde malva, los almohadones tejidos a crochet. Si pasa por aquí alguien de un negocio vintage se querría comprar todo.
Quizás, en una esquina del comedor hay una señora sentada, con actitud concentrada. En ese caso, lo mejor es no hacer ruido, esperar a que ella levante la vista. Es probable que sea Sonia Mignolet Cofré, la propietaria de esta hostería, que en 1967 fue la primera construcción de Moquehue. Sonia es profesora de repostería suiza y artista. Los cuadros del comedor, las caricaturas de Sábato, de Cortázar, de Marilyn, todas las creó ella con finas láminas de maderas superpuestas. Pinotea, raulí, radal, michai, grapia, almendro. Como otros buscan antigüedades, ella busca maderas para sus cuadros. Tarda más o menos un mes en terminar cada obra, aunque algunas, como La Eslava, le llevan tres meses. Lo peor que le puede pasar es que se le pierda un iris de caoba. En ese caso seguro que se queda toda la tarde en cuclillas, husmeando el piso de mosaico hasta encontrarlo. Si lo logra, como mínimo se comerá un alfajor de la fábrica que está construyendo atrás de la hostería.
Pequeña estadística casera, tercera parte. Los habitantes que conocí en la zona de Pehuenia, además de ser amables y predispuestos a la conversación, son versátiles. Marcelo Patroni, que ahora es guía y cuenta sobre el antiguo aserradero que había en Moquehue donde trabajaban muchos chilenos, y señala la isla de Le Pen ahí enfrente, cuando llegó a la Villa era remisero. "¿Querés saber cómo aprendí la mitad de lo que les cuento a los turistas?", me pregunta. Y sigue: "En un Falcon del 95". Después cuenta una anécdota de recién llegado. Fue con su auto a la parada del ómnibus a buscar pasajeros. Se subió un paisano, que ni bien entró prendió un cigarrillo negro. Como no decía nada, él le preguntó a dónde iba y el hombre le respondió "a mi casa". Entonces Patroni volvió a preguntar: "dónde es su casa". Y el paisano le respondió: "allá arriba".
Del pehuen, el piñón
El bosque de araucarias que hay a la salida de Moquehue es otro lugar para detenerse, para admirar los pehuenes enormes y conocer algo sobre su fruto, el piñón. Los piñones fueron la base de la cocina mapuche. En una época no tan lejana, los pobladores de estas tierras altas aprovechaban al máximo el fruto de la araucaria o pehuén, el árbol que dominaba la zona y que le dio nombre a Villa Pehuenia y a la IX región chilena, la Araucanía.
Si es un buen año, de cada árbol hembra se pueden obtener más de cien kilos de piñones. Como me contó doña Ángela Trekaman el día que la visité: "El piñón ahora ya no se usa como antes, ha cambiado, es más chico y más seco. Antes se agregaba en el puchero, como los porotos, y se hacía puré. También se usaba la harina para hornear pan, y se preparaba mudai, una bebida a base de piñón".
En esta época que los pobladores locales lo usan menos, los cocineros de Pehuenia lo preparan de las formas más curiosas. Hasta se hacen pickles de piñón.
En este circuito sobran mallines con pasto suave para estirar el mantel del picnic y apoyar la canasta de mimbre con quesos, jamones y panes caseros. De postre, una manzana del Valle.
Antes de partir de Villa Pehuenia me despedí de Juan Carlos Romero Silva, el dueño de La Balconada, que decidió cambiar de vida y se mudó a la Patagonia.
De ese correo que les mandó a sus antiguos compañeros de oficina hace poco más de dos años. Hoy es el presidente de la Cámara de Comercio y si se hiciera un grupo de fans de Villa Pehuenia en Facebook, podría ser el presidente. Después del saludo, me contó la última historia. La del estribo. "El otro día, una huésped, una señora de unos cincuentipico, se quedó toda la tarde sentada en ese sillón, mirando el lago. Cuando se levantó, después cuatro o cinco horas, le pregunté si estaba bien, si necesitaba algo. Y sólo me dijo: Gracias, en esta tarde he visto pasar toda mi vida delante de mis ojos".
Por Carolina Reymúndez
Fotos de Denise Giovaneli
Publicado en Revista LUGARES N°162. Octubre 2009.






