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Desde Zapala, son 50 km asfaltados por la RP13 hasta Primeros Pinos y unos 85 km de ripio por el valle de Kilca ?aquí comienzan a verse las araucarias? para llegar a Villa Pehuenia. Más allá de este pequeño enclave sobre el lago Aluminé, está la conclusión fronteriza del Paso de Icalma a meros 12 km.
Cuentan que los mapuches veneraban los pehuenes, y a éstos, sus árboles sagrados, les rendían culto con rezos y ofrendas de carne, sangre y humo. No es para menos: su fruto, el piñón, al que la naturaleza dotó de gran tamaño, los alimentó por siglos.
Villa Pehuenia se detecta sobre la margen norte del lago. Pero no la imagine como una unidad de casas y callecitas; fue gracias a las pronunciadas irregularidades de la costa que la villa se permitió primero un despunte en una bahía y, años después, un segundo brote en otro recoveco. No hay cómo unir estas Villa Pehuenia 1 y 2 porque carecen de caminos vinculantes; uno simplemente anda y se encuentra con estos manchones de pocas casas. Y más al oeste está el centro, donde se nuclean los servicios. La primera Villa Pehuenia es sede de una mayoría absoluta de neuquinos; la segunda ya acusa porcentaje de porteños. De seguir así ?y al ritmo que está convocando inversores?, la tercera va a llenarse de suizos... Casi ignota hasta hace apenas 12 años, la nueva estrella de los lagos deNeuquén agranda su aura resplandeciente.
El lago Aluminé, sus islotes rocosos y el azul del agua que a veces parece negro, hechiza a primera vista, con las piedras en la orilla y esa transparencia que tienta a meterse en ella para nadar hasta acalambrarse. La temperatura del agua es muy piadosa, así que la gente saca provecho de esa circunstancia.
A espaldas del caserío se estira un cordón montañoso, y hacia el sur, el cerro Batea Mahuida se distingue junto al Picudo, que sobresale con sus 2.224 metros. Los amantes del trekking pueden afrontar la dura caminata por una picada ascendente que concluye en el cráter del Batea, donde tienen la recompensa de contemplar una laguna de altura. Desde lo alto, la visión es una panorámica de 360º, con las imponentes cumbres nevadas del Lanín y del chileno Villarrica, y a los pies, los espejos del Aluminé y el Moquehue, que se unen por una angostura.
En la base del cerro Batea Mahuida, funciona durante el invierno el parque de nieve; lo administra la comunidad mapuche Puel y este año reabrieron la confitería.
Aún quedan rincones en las playas donde patear piedritas en solitario y abstraerse de los efectos que el boom turístico está teniendo en la villa. Tanto es el cambio, que en julio de este año Villa Pehuenia estrenó intendencia. Los servicios aumentaron, obviamente; cabinas telefónicas, lavaderos automáticos, cabañas, hosterías y algunas buenas mesas, se añadieron a los básicos de origen, empezando por la estación de servicio, que sigue siendo el referente para todo.
Para comer está, por ejemplo, Cocineritos, de Sebastián Mazzuchelli; este joven pasó por la Posada La Escondida y abrió en agosto un restó bar con deck que mira al lago, donde sirve tapas y sandwiches con preponderancia de ciervo, jabalí y trucha en sus contenidos. Para este verano, se espera la apertura de un restaurante especializado en truchas, de los chicos de la agencia de turismo Los Pehuenes.
La Posada La Escondida aparece como la joya de los alrededores, y realmente es un lugar soñado. La arquitectura recurre a la piedra y maderas de lugar, y la decoración, con acento en el estilo clásico, armoniza con esas texturas. Hay pocas habitaciones y mucho espacio en los salones de estar. Las terrazas de los cuartos son parte de las mismas paredes rocosas del lago, con bajada propia; desde las bañeras con hidromasaje se gozan las vistas al Aluminé, y las camas invitan a dormir días en continuado. En el restaurante, la comida se sirve en vajilla divina.
Además de travesías en 4x4, de paseos en bicicletas y caminatas, se puede hacer rafting en el río Aluminé y rappel.
Pehuenia al sur
Hay dos maneras de encarar el descenso, camino a Aluminé. Una: yendo hacia el oeste para hilvanar los lagos Pilhue, Ñorquinco, Nompehuen, Polcahue y Pulmarí, en uno de los circuitos menos explorados. Otra: bajar de un saque por la RP23.
Si tiene tiempo y ganas de descubrir nuevos paisajes, elija la primera opción. El camino costero, tan vericuetoso como atractivo, sigue la línea lacustre del Aluminé, de La Angostura ?un estrecho de 500 metros de largo por 20 de ancho? y del Moquehue, pasando por la villa homónima. Allí se aprecian las bajadas privadas al lago, el camping y la hostería Moquehue (con un buen comedor), emplazada frente al cerro Bella Durmiente. Luego el camino se arrima a la frontera y tuerce hacia el este para tocar Ñorquinco y seguir el curso del río Pulmarí. En esta vuelta grande del Aluminé aparece de la nada la magnífica Piedra Pintada. Junto al alejado e increíble lago Pulmarí, el italiano Domenico Panciotto convirtió su sueño en una hostería de lujo: ofrece el privilegio de una vista impagable del lago, las montañas y los tupidos bosques. Hasta este destino de 12 habitaciones, llegan los deseosos de sacarle jugo a la pesca, pero también quienes aman devorar los paisajes cordilleranos a puro trekking, yendo al paso en imperdibles cabalgatas, y navegando. De reparar cansancios y energías, se encargan, respectivamente, el spa de Piedra Pintada y su cocina, que sigue las pautas dictadas por Pablo Buzzo, chef de Caleuche, un top gourmet de San Martín de los Andes.
La RP23 no se despega del río Aluminé; corre hacia la localidad del mismo nombre. Cuando llegue al cruce con el río Rucachoroi, tómese la libertad de tomar la RP18 hacia el oeste y unos kilómetros más adelante se topará con parajes donde las abuelas mapuches tejen en sus telares verticales junto a sus nietas que toman buena nota de la tradición para reproducir diseños en blanco y negro que les son propios, en matras y ponchos.
Son diez kilómetros más hasta el lago Rucachoroi, ya dentro del Parque Nacional Lanín, en un denso bosque de pehuenes, coihues, ñires y lengas. Hay guardaparques allí, así que todo lo que quiera saber sobre servicios y acampe, se lo dirán.
Estancia Río Quillén
Quillén significa frutillar y además de llamarse así el lago, el río y el paraje, es el nombre de la estancia, que todo lo involucra. Ubicada en el departamento de Aluminé y dentro del mencionado parque, su origen tiene lugar en los campos que un joven abogado, Juan Lagos Mármol, arrendara en 1909 a la Dirección de Tierras y Colonias del Gobierno Nacional. Los compró sin conocerlos y cinco años después pasó lo que pasó: al verlos, se enamoró del lugar.
Durante su época de diplomático destinado en Europa, el doctor Lagos hizo largos viajes en barco a Buenos Aires, luego en tren hasta Neuquén por un trazado del ferrocarril que en invierno quedaba bloqueado por la nieve, obligándolo a cubrirlo a caballo. Entonces, tenía como vivienda un puesto precario; por fin hizo construir la casa principal, ésa que señorea altiva desde la lomada, con materiales que llegaban en carretas tiradas por bueyes. Pasó mucho tiempo antes de que se hicieran caminos y puentes para facilitar el acceso; a modo de mini pueblo, el establecimiento contaba con estafeta postal, policía y hasta una central hidroeléctrica que aún funciona. El paraje llegó a conocerse como Chilecito por la cantidad de gente que venía del país vecino para trabajar en la explotación maderera.
Hoy, la estancia sigue siendo propiedad de los lagos Mármol, que por generaciones han pasado aquí largas temporadas. Si hasta casamientos familiares celebraron...
Convertida al turismo desde hace algunos años, ganó fama entre los pescadores y los amantes de las cabalgatas, largas travesías que llevan por el valle con la omnipresencia del volcán Lanín. El lago inspira los paseos en lancha hasta su península, en Puerto Lussich. El entorno es un compendio de arroyos, cascadas y cañadones que se vislumbran entre la cerrada vegetación boscosa.
La casa grande, remodelada después de un incendio en característico estilo montañés, reparte sus ámbitos entre la planta alta y baja. Un living señorial, la gran chimenea y generosos ventanales que dan a la montaña, invitan a eternizar la estadía. Al atardecer, la gran terraza se convierte en un palco privilegiado para compartir el rito del copetín. Los días se sellan con mesa puesta a todo mantel y refinada cubertería; las carnes asadas se alternan con delicias caseras, y se concluye con un auténtico desfile de postres riquísimos. Irreprochables.
Un espacio exclusivo dentro de un paisaje de película.
Se agradece al Gobierno de la Provincia del Neuquén, la colaboración prestada para los traslados de estas notas.
Por Julia Caprara
Fotos de Esteban Mazzoncini
Publicado en Revista LUGARES 106. Diciembre 2004.




