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Quedamos pocos. Pero en una época fuimos muchos. Claro, no se necesitaba demasiado dinero para tenerme.
Ahora, por lo que me dicen, nos insultan porque vamos demasiado despacio... Y todos son más rápidos, ágiles y cómodos... Qué se le va a hacer... La vejez no viene sola, sobre todo después de una vida agitada como la que tuvimos. No fue fácil ser un Fiat 600 en la Argentina.
Mi primer dueño fue un hombre que le faltaba poco para jubilarse. Yo era nuevito y tenía ganas de andar todo lo rápido que podía. Pero sólo salía los domingos y, muy despacito, iba desde Ramos Mejía hasta Morón y volvía.
No me fue mucho mejor con el segundo. Era oficinista y, por lo general, sólo me usaba los fines de semana para salir a pasear por Palermo con su esposa y su bebe. La vida con él era bastante aburrida, pero descansada. El único problema era cuando los tenía que llevar hasta Mar del Plata cada enero. Siempre hacía calor (y mi motor se recalentaba) y había que sufrir con ese bendito portaequipaje cargado de valijas y trastos que me doblaban las suspensiones casi hasta el piso. En fin... siete largas y penosas horas... (si en Etcheverry no había una cola de varios kilómetros...) Cuando nació su segundo hijo, me vendió a un chico de 18 años... Primer auto y registro flamante. Directo a Warnes: llantas de aleación, volante deportivo de madera y radio. Más tarde, suspensiones traseras recortadas, árbol de levas especial (¡pobre transmisión!), capot abierto y pintura nueva... De mi gris oscuro original a amarillo huevo...
¡Ay...!, todavía me duele la primera piña brava. Fue un sábado a la noche, mis pistones trepidaban contra la tapa de cilindros tratando de alcanzar a un 128 por Libertador... Lo único que alcanzamos fue el hospital para él (aunque la sacó barata) y un mes de chapa y pintura para mí, después de pegarnos contra el colectivo más grande que vi en mi vida.
Poco tiempo después apareció un sujeto todavía peor. Ya tenía más de 10 años y este tipo no tuvo mejor idea que llevarme a su taller, desarmarme íntegro y empezar a cortar los guardabarros, cambiar las suspensiones y poner en el motor un montón de fierros nuevos. Después, paragolpes y todos los accesorios del interior a la basura, pintura roja, unos cartelitos de publicidad y un par de enormes números 85 en cada puerta.
Triste vida. Domingo por medio me llevaban arriba de un trailer hasta poceados y polvorientos circuitos donde me la pasaba chocando con otros, golpeándome contra las defensas de neumáticos viejos y rompiéndome todo cada dos por tres. A esto lo llamaban correr. Es más, a veces, no sé por qué, el que me manejaba se subía arriba de la trompa y saltaba como un loco de contento...
Luego de mil batallas por las pistas quedé tirado en el fondo del taller un montón de años.
Hace unos meses me sacaron, me arreglaron un poco y me llevaron en un camión hasta Jujuy. Por ahí ando ahora, viejo y cansado, pero feliz de seguir andando.






