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La inyección de combustible en los motores nafteros, hoy de uso masivo en los modelos de calle con este tipo de mecánica, no es algo novedoso. En especial, en los automóviles de competición.
El porqué de su utilización más reciente en los automóviles de serie, en los que ha reemplazado decididamente al tradicional carburador, reside en un factor preponderante, que no pasa por una cuestión técnica o económica: han sido las cada vez más estrictas normas antipolución que rigen en la mayoría de los países; en especial, en Europa y Estados Unidos.
Concretamente, la inyección comandada en forma electrónica garantiza una mayor eficiencia y control del combustible suministrado dentro de los cilindros. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la polución ambiental? La central electrónica, gracias a la lectura de varios sensores (régimen y temperatura del motor, apertura del acelerador, etcétera), produce la dosis exacta de la mezcla aire-nafta que necesita ser inyectada en cada circunstancia. Esta exactitud provoca una combustión más limpia , debido a que no hay exceso de nafta en la mezcla; por lo tanto, los residuos de dicha combustión (en especial, bióxido de carbono -CO2-) son menores, para beneficio de la atmósfera del planeta.
Menos alimento
Es muy común, al leer las especificaciones de los vehículos, que en el rubro alimentación algunos mencionen inyección indirecta y, otros, inyección directa .
La diferencia básica entre ambos sistemas es dónde se inyecta el combustible. En el indirecto, la nafta es inyectada en el conducto de admisión (o en una cámara), antes que entre al cilindro. La segunda, en cambio, ingresa la nafta directamente dentro del cilindro.
La inyección directa, gracias a desarrollos recientes, está avanzando decididamente sobre la indirecta, hasta ahora considerada como convencional.
La ventaja más concreta de la directa es que le permite a la central elctrónica lograr porcentajes más precisos en los componentes de la mezcla aire-nafta, en función de las condiciones de marcha del vehículo. En especial, reduce drásticamente el exceso de combustible que se produce cuando este último trabaja con poca carga, como ocurre usualmente con los automóviles.
También favorece la estratificación de la mezcla aire-nafta, lo que permite una mejor combustión. Este concepto apunta a evitar una mezcla excesivamente homogénea, que genera mayor cantidad de residuos luego de la combustión.






