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Uno de los principales elementos de los sistemas de escape de vehículos nafteros es el convertidor catalítico, también conocido como catalizador. Se trata de un dispositivo que, por medio de una reacción química, transforma los gases tóxicos de la combustión y los convierte en otros no contaminantes. Esa reacción se produce a alta temperatura (unos 800 grados), por lo cual los ingenieros de las automotrices suelen ubicarlo lo más cerca posible del motor.
Existen dos categorías de convertidores, según la cantidad de gases nocivos que puedan transformar. Los que eliminan dos reciben el nombre de catalizadores de dos vías (trabajan con dióxido de carbono e hidrocarburos residuales), y los que expulsan tres, de tres vías (agregan óxidos de nitrógeno). Estos últimos son también los más modernos, y responden a las más exigentes normas europeas.
Se calcula que desarrolla su actividad en buenas condiciones unos 80.000 km. Con posterioridad, comienza a perderse el baño de metales preciosos (paladio y platino en los de dos vías, los de tres suman rodio) que permite transformar los gases nocivos en inocuos. El vehículo no experimenta ningún daño mecánico, pero aumentan las emanaciones de monóxido de carbono y demás vapores dañinos para la salud.
Para que funcione a la perfección, es fundamental que el rodado cargue nafta sin plomo, ya que cuanto más perfecta sea la mezcla de aire y combustible mejor trabajará el catalizador (el plomo obstruye la circulación de los gases).
Cuando su vida útil llega al final (por antigüedad o por la rotura del cerámico bañado en metales preciosos), conviene cambiarlo y no privar al sistema de escape de su presencia.
Los controles de emisiones de gases y del estado general del catalizador son gratuitos. Por la fragilidad del cerámico y el alto valor de los minerales preciosos que lo recubre, no se reparan. Uno nuevo cuesta entre 300 y 2000 pesos, según el vehículo, y su colocación demora unos 30 minutos.






