
La estela ayuda al navegante a apreciar cuál es el efecto del viento
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Cuando una embarcación abre su paso a través del agua y ésta es desalojada se forman turbulencias, si la velocidad de avance es significativa, con abundante aireación.
Esto se verifica en la popa en forma de una huella en el agua, llamada estela la que, debido a la tensión superficial del agua, forma espuma de color claro que contrasta con el color de la masa de agua que no ha sido alterada, a los costados. Viento y olas, finalmente, disipan la estela.
Conceptualmente hablando, el largo de la estela (si no ha sido disuelta) dividido por el tiempo en que la nave tardó en trazarla, es la velocidad del barco medida contra el agua, o sea que el largo de la estela es la distancia recorrida contra el agua, no contra el fondo, porque no se tiene en cuenta la corriente.
Pero además la estela pone a la vista una característica que comparten todos los barcos, en especial los de motor. Se trata del abatimiento o ronza, que es un derrape lateral que resulta máximo cuando el viento golpea la obra muerta del barco por su través.
Lidiando con la ronza
Los veleros también abaten, pero menos, debido a su diseño provisto de una aleta inferior o quillote que, si bien les aumenta el calado, también obra como eficiente factor anti-ronza.
Un buque, ferry, gomón, lancha o crucero, todos motorizados, no requieren de quillote alguno, pero eso los hace vulnerables al abatimiento.
La estela es un indicador de la cantidad de ronza que sufre un barco, porque como ésta resulta ser un desplazamiento lateral desde barlovento hacia donde va el viento, con la línea de crujía corriéndose en forma paralela a sí misma hacia sotavento, entonces la diferencia angular, muy visible, entre la crujía del barco y la dirección de su estela le da al capitán la pauta de cuánto abate su barco, cayendo a un punto más a sotavento que aquél adonde apunta su proa.
Es como si uno dirigiera su auto a un punto lejano, haciendo puntería con el centro del capot sobre el mismo, al tiempo en que el viento lo derrapa silenciosamente a favor de él. Por eso, el capitán del barco debe corregir permanentemente su proa más hacia barlovento, compensando la ronza.






