
Cuando nació, el automóvil era considerado un juguete de los ricos; el norteamericano Henry Ford lo hizo popular.
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Una tarde de verano de 1862, un francés llamado Etienne Lenoir ensambló el motor que había construido en un viejo carro y salió a recorrer el bosque de Vincennes, cerca de París. Fue un momento histórico, porque aquel lento vehículo pronto haría desaparecer los carruajes, las diligencias y los carros tirados por caballería.
Lenoir no fue el primero en construir un coche sin caballo, ya que durante casi un siglo habían surgido rodados impulsados por complicados motores de vapor. El éxito del francés radicó en la invensión del propulsor compacto de combustión interna, que funcionaba al arder gas dentro de un cilindro. Pocos años después, estos motores utilizarían gasolina y, en breve, constituirían los primeros coches.
Los principales modelos
En 1885 salió de los talleres de Karl Benz, en Manheim, Alemania, el primero que se vendería al público, el famoso Triciclo Benz. Había comenzado la era del automóvil.
En 1890, el Benz Victoria ya disponía de una palanca para deslizar la correa de transmisión en un pequeño tambor; así las ruedas giraban más lentas, pero se disponía de potencia adicional.
El Velo, presentado en 1894, poseía una cadena de 3 marchas hacia adelante y una hacia atrás. Este auto fue el primero en venderse en un importante número para la época.
Hacia 1900, los vehículos tenían más aspecto de automóviles que de coches tirados por caballos. Los primeros modelos eran difíciles de poner en marcha y aún más complicados de conducir, pero cada año eran más prácticos y útiles. En Francia, sobresalieron fabricantes como Panhard Levassor, De Dion Bouton y Renault.
Panhard fue el primero en colocar el motor adelante y, en 1895, fabricó el primer coche cerrado. Renault apoyó la idea de un árbol en vez de una cadena para impulsar las ruedas traseras. A comienzos del siglo XX, los automóviles franceses eran los más populares de Europa.
En Estados Unidos, los hermanos Duryea fabricaron su primer vehículo en 1893, y en Gran Bretaña, ese mismo año, 23 coches terminaron una carrera de 1600 kilómetros, ida y vuelta, entre Londres y Escocia.
De exclusivo a popular
El automovil se desarrolló en una estrecha relación con sus compradores. Los primeros consumidores fueron aristócratras u hombres de posición acomodada que aceptaban los riesgos: elevados gastos de compra y mantenimiento, asistencia a domicilio, dificultad de abastecimiento de gasolina (que por ese entonces se vendía en ferreterías) y la fragilidad de estas máquinas poco fiables.
En aquel tiempo, los autos eran percibidos como objetos únicos y exclusivos. Las piezas se fabricaban para un coche determinado, pero como no todas podían producirse en los talleres, los clientes exigentes las encargaban a los carroceros o talabarteros.
Poco antes de la Primera Guerra Mundial, los inconvenientes de dispersar la producción entre 600 fabricantes aumentaron una demanda volcada al automóvil como un instrumento de trabajo. A medida que los coches se abarataron, los ricos quisieron automóviles más lujosos.
Los autos caros anteriores a la Primera Guerra Mundial disponían de la mejor tecnología y un maravilloso acabado, no se escatimaban gastos y los Hispano-Suiza, Benz, Delauney-Belville y Rolls-Royce alcanzaron una categoría que difícilmente volvió a verse en la industria automotriz.
Tapizados en terciopelo, brocato, cueros finos y gruesas alfombras respondían a las exigencias de los clientes. Los motores eran grandes y potentes. A los automovilistas de entonces les encantaban los coches abiertos con capota, para protegerlos del polvo y de la lluvia.
Si al principio los coches eran los juguetes de los ricos, Henry Ford, un granjero de Detroit, cambió ese postulado cuando decidió fabricar un coche para la multitud: "Un vehículo tan barato que estuviera al alcance de cualquier asalariado", pregonaba.
En 1908, hizo realidad su sueño con el lanzamiento del modelo T, y el efecto fue revolucionario. Aquel año no llegaban a 200.000 los propietarios de coches en los Estados Unidos. Cinco años después, eran 250.000 sólo los que tenían el modelo T y, para 1930, superaban los 15 millones. La clave fue la producción en serie, que abarató los costos.





