Exclusivo y adaptable para distintas circunstancias, el obsequio fue el símbolo de un cambio de época
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En diciembre de 1923, mientras Estados Unidos se preparaba para las festividades navideñas, un acontecimiento discreto pero cargado de simbolismo se gestó en el ámbito privado.
El 23 de diciembre, a pocos días de cumplir 67 años, el expresidente Woodrow Wilson, ya retirado de la vida política activa y con una salud delicada, recibió un regalo de manos de amigos cercanos: un Springfield Rolls-Royce Silver Ghost Oxford Touring Car. No se trató de un obsequio protocolar, sino de un gesto personal se inscribiría en la naciente historia de la cultura automotriz de lujo.
Este vehículo no solo representaba la cúspide del refinamiento automotor de principios del siglo XX, sino que también era un testimonio de una nación que comenzaba a reorganizarse alrededor de las cuatro ruedas motorizadas.

La historia del modelo
El Springfield Rolls-Royce Silver Ghost, una adaptación estadounidense del lujo británico, se fabricó en Springfield, Massachusetts, y su versión Oxford Touring, de seis plazas y 50 HP, figuraba entre las opciones más exclusivas de su tiempo.
Su valor rondaba los US$13.000 de la época, una cifra exorbitante. Ofrecía la sofisticación de dos carrocerías intercambiables: una touring para el verano y una limousine para el invierno.
Pero lo que verdaderamente distinguió a este Rolls-Royce y lo convirtió en una pieza única de la historia fue un detalle a medida, concebido para satisfacer una necesidad muy particular del exmandatario.
El auto fue equipado con un parabrisas más alto y un techo plegable modificado, todo para un propósito específico: permitir que Wilson pudiera viajar cómodamente sin necesidad de quitarse su característico sombrero de copa.
Un símbolo de época
Lejos de ser un capricho personal, esta adaptación reflejaba la importancia cultural de la vestimenta formal en aquellos años, donde el sombrero no era un mero accesorio, sino un símbolo ineludible de presencia y autoridad pública.

La relación de Wilson con los vehículos, aunque no fue la de un coleccionista automotriz apasionado, resulta fascinante por su contexto. Su presidencia (1913-1921) coincidió con la transformación del auto, que dejó de ser una curiosidad técnica para convertirse en un fenómeno social y económico.
Al asumir el cargo, Estados Unidos ya había producido más de 1,25 millones de vehículos, una cifra asombrosa que, paradójicamente, exponía una deficiencia estructural: una infraestructura vial aún pensada para carruajes y ferrocarriles.
Durante su tiempo en la Casa Blanca, el auto comenzó a integrarse en el paisaje institucional. Unos pocos años antes los traslados presidenciales se motorizaron y la imagen del poder político sobre ruedas, en modelos como los Pierce-Arrow, simbolizaba un cambio profundo y silencioso. El auto representaba modernidad, eficiencia y progreso, desplazando al carruaje, que se asociaba a un mundo en declive.

Un apasionado por los fierros
La huella más tangible de Wilson en la historia automotriz no se encuentra en un garaje, sino en el mapa. En 1916, firmó la Federal Aid Road Act, una legislación pionera que estableció el primer esquema sistemático de financiamiento federal para la construcción y mejora de rutas, en coordinación con los estados.
Esta ley marcó un hito al reconocer que el desarrollo vial no podía depender únicamente de iniciativas locales, sentando las bases administrativas de la vasta red de rutas que hoy cruza el país americano.

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