La duda entre limpiar o dejar de contaminar
¿Descontaminar o dejar de contaminar? ¿O ambos? El dilema rodea el saneamiento del Riachuelo desde hace, por lo menos, 20 años. Mientras una mitad de la biblioteca recomienda limpiar las aguas, la otra mitad lo descarta como posible solución. En 2012 un grupo de científicos de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, que desde 1998 analiza de manera sistemática el río, indicó que si se pudiera cambiar todo el líquido contaminado por uno absolutamente puro, en el lapso de una semana la contaminación volvería a ser la misma.
Aquel estudio detectó altos niveles de metales pesados y de materia orgánica en el lecho. Y una concentración de oxígeno igual a cero. Eso no ha cambiado desde que, hace ocho años, la Corte ordenó a los estados nacional, bonaerense y porteño sanear el río más contaminado de la Argentina.
El problema no sólo es el agua. Los 200 años de contaminación hicieron que los sedimentos sean una muestra de barros con metales pesados, como cromo, arsénico, zinc, plomo y cadmio, que son una amenaza a la salud de la población. Los planes oficiales por el momento descartan el dragado de esos sedimentos y también las cascadas que iban a dar oxígeno al lecho.
Sin embargo, la decisión sobre la política a seguir si realmente se quiere limpiar el Riachuelo no puede demorar. Dejar de contaminar debería ser el primer paso, aunque se les dé un tiempo a las empresas; y podría complementarse con el filtrado de las aguas. Para que funcione es necesario un aceitado sistema de monitoreo de las aguas que detecte a los responsables de violar los límites de los contaminantes que se vuelcan. Cualquiera de las soluciones que se adopte sólo necesita un elemento: decisión política.





