La Salada: el negocio al filo de la ilegalidad que se beneficia con la inflación

La concurrencia en febrero aumentó con respecto a la misma época de otros años; la demanda de puestos es constante a pesar de los elevados costos de alquiler
Mauricio Giambartolomei
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16 de febrero de 2014  

Enero y febrero suelen ser los peores meses en la feria Punta Mogotes de La Salada, pero ése no ha sido el caso de este año. A las 4, la hora de mayor concurrencia al predio ubicado a la vera del Riachuelo, los dos pisos del estacionamiento para autos ya no tienen lugar. El playón donde paran los ómnibus de larga distancia, que llegan de Salta, Jujuy, Misiones o Córdoba, está repleto.

"Lo normal para esta época, por noche de feria, son 10 o 12 colectivos. Ahora tenemos 70 o más ", cuenta a la nacion Guillermo Justo, encargado de la feria más grande del predio y lugarteniente de Jorge Castillo, el administrador general de Mogotes. A ese número hay que sumarle las combis, los vehículos particulares y la gente que llega a pie o en colectivo de línea, del barrio y de todo el Gran Buenos Aires. Durante el resto del año, más de 200 ómnibus pasan diariamente por este playón.

En La Salada, la temporada alta comienza en marzo y la mercadería que comercializan sus 8000 puesteros cambia al ritmo de las estaciones del año, hasta llegar a diciembre. El verano impone una pausa en el ritmo febril de las madrugadas de Lomas de Zamora, pero el impacto de la inflación y la correspondiente disparada de precios han hecho que por estos días la feria viva un importante aumento de actividad.

Desde muy temprano, la gente sube y baja por las escaleras mecánicas inauguradas hace un año que conectan el primer piso, el de los puestos de zapatos y zapatillas, con la planta baja, donde se vende la ropa. El inesperado auge veraniego de la feria sorprende a buena parte de los 380 empleados de mantenimiento, sin contar los de seguridad, que tiene la feria. Es el caso de Guillermo, quien, con 18 años en el predio, asegura que todo se debe a la inestabilidad económica. "En las crisis, nosotros explotamos. 2001 fue nuestra mejor época. Desde ahí, no paramos de crecer", recuerda.

La expansión del predio no se detiene nunca, ya que la demanda de puestos es incesante a pesar de los altos costos. Hoy, alquilar un espacio de cuatro metros cuadrados cuesta entre $ 25.000 y $ 50.000 cada seis meses, y comprarlo, unos US$ 100.000. Así, el metro cuadrado en La Salada llega a ser más caro que en Puerto Madero -hogar de la oficina de Castillo-, donde los valores aproximados son de US$ 5000. En la feria hay quienes dicen que esos valores los divulgó Castillo intencionalmente para alimentar la imagen de La Salada. Como el de la posible instalación de una feria del estilo en Miami. "Es cierto, es cierto -se apura a confirmar Castillo-. Si allá una remera cuesta US$ 12, nosotros la hacemos por US$ 3". Y sube la apuesta: "Me llegaron siete ofertas de inversionistas de Estados Unidos para instalar la feria".

El dinero en efectivo mueve al predio durante tres noches por semana, y pone en marcha una ingeniería por la que circulan hasta 200 millones de pesos por día. Un negocio millonario que se mueve al filo de la ilegalidad y que nadie se anima a tocar.

De balneario a feria

La feria nació en 1991, cuando unos cien inmigrantes bolivianos se instalaron en Ingeniero Budge en los terrenos donde funcionaba el complejo de piletas Punta Mogotes. Primero se fundó la feria Urkupiña, luego la Ocean y, luego, la Punta Mogotes. A ellas hay que sumarle una cuarta, La Ribera. Entre todas, La Salada alberga unos 40.000 puestos.

Punta Mogotes es la feria de Castillo, un empresario que ganó poder y relaciones que hasta le permitieron integrar la comitiva presidencial que estuvo de gira por Angola en mayo de 2012. Primero fue vendedor de zapatos; luego se convirtió en amo y señor de La Salada. El galpón principal tiene nueve pasillos de 150 metros cada uno. De una punta a otra, la visibilidad se reduce al mínimo porque los pantalones y las camisas colgados obstaculizan la vista. Mientras se camina por esos pasillos, las prendas golpean en la cabeza. Son como lianas colgadas del techo. Para que una venta se considere mayorista debe constar, como mínimo, de tres prendas iguales. Los jeans cuestan $ 125; las camisas, $ 120; las camperas de equipos de fútbol, $ 80; los shorts, $ 15, y las remeras de mujer, cuyo diseño podría encontrarse en plaza Serrano, $ 45.

"La mayoría de las prendas tienen una etiqueta que dice «réplica». Avisamos que te llevás una prenda que no es de marca", intenta justificar Guillermo. "A cada puestero, la administración le exige que sea monotributista, pero si después no reparten boletas, no es problema nuestro", dice. El marco de legalidad que rige en La Salada lo pone cada comerciante. "Nos dicen que la ropa se hace en talleres clandestinos y les respondo que son talleres familiares. Yo tengo una fábrica de mallas donde trabajan mi esposa, mi hija, mi hermana, mi cuñado y yo, todos en blanco", agrega.

La mayoría de los puestos son canastos metálicos con ruedas que se mueven de acuerdo con la necesidad; entre el barro y los escombros de la obra de expansión hay decenas de ellos en desuso. "Hay otros mejores, que los puesteros mismos van mejorando", cuenta Padilla, el guardia de seguridad que acompaña la recorrida. En la caminata se ven los carros de los vendedores ambulantes que irrumpen entre el gentío. "¡Plumeroooos!", ofrece uno a los gritos; otro pasa con un carro lleno de naranjas; también se venden cervezas, milanesas, facturas y café. En la calle, por donde antes pasaban autos, hay más puestos de metal. Se venden especias, pelotas de fútbol, ojotas, pantuflas, destornilladores, alargues, gorras, chombas. Son parte de La Ribera, donde el alquiler diario varía entre los $ 50 y $ 250.

En temporada alta, la demanda es tal que muchos puesteros se quedan sin mercadería a las pocas horas y luego subalquilan su espacio hasta tres veces por noche. Llegan clientes para abastecer su comercio en zonas como Once o Flores, aunque cada vez más se suman particulares que buscan el mejor precio. De un puesto a otro la diferencia en el mismo producto tal vez sea de 10 o 15 pesos. Parece poco, pero en La Salada pueden significar la mitad del precio de una pilcha.

A la conquista del interior

El negocio de La Salada llega a otros sitios de la Argentina. En Mendoza ya se emplaza el Megapolo La Salada de Cuyo y un Parque Industrial; en Santiago del Estero funciona un centro comercial y otro Parque Industrial. Además, en Corrientes y Marcos Paz están proyectados un Parque Industrial y otro Megapolo.

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