
Duplicación humana, una vieja idea literaria
Hay libros que la mencionan en 1925
1 minuto de lectura'
Como ocurre a menudo con temas del arte, la duplicación de personas es una idea imaginada por autores de la literatura mucho antes de que la noción de clonación se conociera científicamente.
En un artículo publicado por el diario francés Le Monde, con la firma de Jacques Baudon, se menciona a Maurice Renard, que después de 1925, en “Le singe” (“El mono”), ideó una máquina capaz de desdoblar a un ser humano, pero de manera imperfecta, ya que las copias morían enseguida.
Según la nota de Le Monde, el científico puesto en escena por William Temple en “Le triangle à quatre côtés” (“El triángulo de cuatro lados”) (1949) lograba crear, gracias a un duplicador de materia, una copia perfecta de la mujer amada, tan perfecta que se enamoraba del mismo hombre que su modelo, y no de su Pygmalion.
La idea de que la especie humana se pudiera reproducir por partenogénesis (un proceso biológico de reproducción asexuada, que produce individuos idénticos a la madre, ya que poseen su mismo capital genético), imitando a ciertas especies de animales, ya fue utilizada por autores como Charles Eric Maine (“World without men” –“Un mundo sin hombres”–, 1958) y por P. Anderson (“Virgin planet” –“Planeta virgen”–, 1959).
¿Cuánto hay de la partenogénesis en la clonación? Un trayecto muy corto, que Paul Anderson franqueó en su novela “No hombre” (1953), en la que nombra este proceso como “exogénesis”.
Pero en 1960, F. C. Steward logró las primeras clonaciones de plantas: obtuvo zanahorias enteras a partir de células de esa legumbre.
Tiempo después, en 1962, el tema llegó a la ciencia ficción a través de la novela de Theodore Sturgeon “L’amour et la mort” (“El amor y la muerte”), en la que una mujer rica intenta revivir a su amante a partir de una de las células cancerosas que le habían provocado la muerte.
Desde fines de los años 60, los autores de ciencia ficción anglosajones se apoderaron de la idea de que un día sería posible clonar a seres humanos: “Neuf vies” (“Nueve vidas”), de Ursula K. Le Guin (1969), “Clones lives” (“Vidas de clones”), de Pamela Sargent (1976), “Hier les oiseaux” (“Ayer los pájaros”), 1976, donde los clones, además de idénticos, mantienen lazos afectivos muy fuertes.
Hitler y Mengele
Pero no es sólo patrimonio del bello sexo. Algunos autores masculinos también lo abordaron con gran éxito, como “Les garçons du Brésil” (“Los niños de Brasil”), de Ira Levin, donde la fabricación de clones de Adolfo Hitler no termina con los resultados esperados.
Los escritores de ciencia ficción tampoco tardaron en imaginar algunas inquietantes aplicaciones de la clonación y en enviar señales de alarma.
La más aterradora es la descripta por Michael Marshall Smith en “Frères de chair” (“Hermanos de carne”): los clones son encerrados en granjas y sirven para proveer órganos o miembros a los humanos de los que son copia.






