El primer partero de la Argentina

Se llama Leandro Lencina; es el único varón que cursa la carrera de Obstetricia, en la UBA
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5 de diciembre de 2001  

Ubicarlo es muy sencillo. En el aula de la Facultad de Medicina donde se dicta Microbiología es imposible no distinguir al único de estos setenta alumnos que no está maquillado, no usa collares ni pulseras, no se ha sujetado el pelo ni habla hasta por los codos.

Es Leandro Lencina, el primer representante del sexo masculino que cursa la carrera de Obstetricia, hito que da por terminada una tradición que se inició junto con la carrera, allá por 1853. Desde entonces y hasta la fecha, sólo las mujeres podían aspirar a convertirse en obstétricas o, como la gente aún hoy acostumbra llamarlas, parteras.

La historia comenzó hace cinco años, cuando la licenciada Rosa Vartabedian, titular de la carrera, presentó un proyecto ante el Senado para actualizar los contenidos académicos. “La Cámara nos respondió diciendo que la existencia de una carrera sólo para mujeres era discriminatoria.”

Entonces se decidió el cambio de este requisito de género, y finalmente el año pasado se aprobó la incorporación de varones, además de otras modificaciones, como la Licenciatura en Obstetricia –hasta ahora eran sólo “obstétricas”– y la posibilidad de realizar el doctorado.

“No hay ninguna carrera universitaria que exija ser varón, y a pesar de que las mujeres siempre nos quejamos de que nos discriminan, esta vez nosotras habíamos puesto la restricción”, reconoce Vartabedian, y asegura: “Ahora no queremos discriminar más”.

Hoy Leandro Lencina tiene 20 años, pero ya desde chiquito había advertido a su mamá que él de grande se iba a dedicar a “sacar bebes de las panzas”, aun cuando no sabía muy bien de qué se trataba todo eso.

Cuando llegó el momento, se anotó en Medicina e hizo el CBC dispuesto a especializarse en Obstetricia mucho después, aunque íntimamente le gustaba “sólo lo de la embarazada”.

No pasa nada

Durante ese primer año de carrera, muchas circunstancias reforzaron su interés: Leandro comenzó a trabajar en una zapatería para bebes, y el dueño, su tío, tenía una novia obstétrica, a quien el joven atosigaba con preguntas en sus frecuentes visitas al local.

Su mejor amigo lo eligió como padrino de su hijo y cuando la mayor de sus tres hermanas quedó embarazada, Leandro hacía lo posible para acompañarla al ginecólogo o al obstetra.

“Todo eso me hizo ver muy de cerca cómo una familia espera a un bebe”, dice. Así que a nadie extrañó que a poco de enterarse de la admisión de varones en la carrera de obstetricia, Leandro decidiera “tirarse de cabeza” a lo que le gustaba, a su vocación.

La primera pregunta de Leandro en el momento de la inscripción fue: “¿Hay algún otro varón?” Y aunque el desinformado empleado le aseguró que había “cuatro más” aquel primer día de clase, las cosas fueron muy distintas.

“Ya había empezado la clase, miré por la ventanita de la puerta, vi un montón de chicas y seguí de largo. Pero después junté valor y entré. Me senté en el primer banco y mi compañera supuso que me había confundido de aula. Cuando le dije que no, ella empezó a gritar: «¡Un chico en obstetricia!» y todas me aplaudieron. Yo no sabía dónde meterme”, recuerda entre incómodo y divertido.

“Los profesores me miraban, no lo podían creer”, dice. “Efectivamente, mi primera impresión fue de sorpresa”, asiente el doctor Oscar Moreno, titular de Microbiología y profesor de Leandro, al observar panorámicamente entre el grupo de damas a alguien del sexo masculino. “Es gratificante esta apertura porque se deja de lado esa cuestión cultural de que de las cosas de mujeres se ocupan las mujeres”, señala.

Según su profesor, Leandro “se integró perfectamente al grupo, no hay nada conflictivo. Es un alumno tranquilo, que no pregunta mucho, tal vez porque pertenece a una minoría tan radical”, sugiere.

Como para ir equilibrando fuerzas, el alumno quiere “pedirles públicamente a los varones que se anoten. Aunque sea uno”, ruega. La licenciada Vartabedian lo tranquiliza contándole que ya hay un hombre inscripto: un enfermero universitario.

El joven Lencina sugiere a sus congéneres “que no hagan medicina y después obstetricia, porque les da no sé qué meterse acá. Yo ya rompí el hielo, y no pasa nada”, alienta.

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