
Hongos silvestres, un bocado peligroso
Se recogen en bosques y jardines, pero algunos hasta pueden ser mortales; un servicio los identifica
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Además de envolver la ciudad con un echarpe de bruma y de instilar en nosotros una dosis de espíritu poético , las lluvias propias de esta época del año tienen un efecto mágico en bosques y jardines: hacen crecer, literalmente de la noche a la mañana, una profusión de hongos.
"Cuando empieza a llover salen los hongos y empiezan los problemas", resume con inquietante sencillez el doctor Daniel Cabral, investigador del Conicet y director del Laboratorio de Micología y el Programa de Hongos que Intervienen en la Degradación Biológica (Prhideb), de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
El término "problemas", en este caso, se aplica a un aspecto indeseable de la parafernalia natural: llevados los más chicos por la inconsciencia, algunos por la inexperiencia y otros por la imprudencia, hay quienes se echan a la boca hongos tóxicos potencialmente mortales. Sólo durante febrerol Servicio de Identificación de Hongos Tóxicos -que encabeza el doctor Cabral- recibió diez pedidos de la Capital y el Gran Buenos Aires.
"Aunque no somos un país muy micófago, como México o España, en la Argentina hay mucha gente a la que le gustan los hongos -cuenta el especialista-. Y eso está muy bien, pero sería mejor que nos remitieran antes la muestra para asegurarse de que no son tóxicos."
Los hongos no son ni plantas ni animales ni bacterias: dentro de la naturaleza forman un reino propio. Pueden hallarse en miles de formas y tamaños, desde microscópicas células individuales hasta cadenas capaces de prolongarse a lo largo de kilómetros. Algunos son muy útiles, como el Saccharomyces cervisae, la levadura de cerveza, o el Penicillum chrysogenum, utilizado en la fabricación de la penicilina. Pero otros pueden causar enfermedades, destruir las cosechas o arruinar las obras de arte. Entre los comestibles se estima que en la Argentina hay unas diez o doce especies que son tóxicas.
El servicio que coordina Cabral les permite a los médicos elegir el tratamiento más efectivo para combatir sus efectos. "Las principales víctimas son los chicos -dice el investigador-. Es que aunque muchos ingieren variedades que tal vez son inofensivas, igual hay que hacerles todo el tratamiento, que puede ser muy drástico porque incluye, por ejemplo, lavajes de estómago."
Según el especialista, lo habitual es que se encuentre al pequeño in fraganti o que éste empiece con vómitos, diarrea, depresión neurológica. Si alguien encuentra los restos del hongo los lleva al hospital y desde allí los mandan al laboratorio de la UBA. "Es importante que eso se haga lo más rápido posible -subraya Cabral-; tanto los restos del hongo como, si es posible, aquellos que pueden haber quedado en el lugar de recolección. Los hongos no cocinados o ingeridos deben mantenerse en la heladera envueltos en papel o dentro de una bolsa de plástico durante no más de 24 horas."
Entre las variedades dañinas se encuentra el Amanita phaloides (ver fotos). "Es un hongo que causa la muerte -advierte-. En la Argentina es casi el único que produce casos fatales y el pronóstico es peor en niños y ancianos."
Durante las primeras cinco a 12 horas después de ingerirlo no da síntomas. Luego, durante 12 a 24 horas aparecen trastornos intestinales intensos, náuseas, vómitos, diarreas. Más tarde sobreviene un período de 24 a 48 horas de mejoría aparente. Pero finalmente aparecen síntomas digestivos, anorexia, vómitos, insuficiencia renal, citólisis hepática y otros durante 72 horas. El desenlace puede ser la muerte, dependiendo de cuántos hongos se ingieran y del peso de la persona. En un chico, una pequeña cantidad produce una destrucción total del hígado en poco tiempo.
"Las toxinas de este hongo destruyen las células hepáticas -explica el científico-. Cuando se destruyen los hepatocitos, las toxinas van al cerebro."
Otro es el Chlorophyllum molybdites, causante del mayor número de casos de intoxicación en el país. Sólo en raras ocasiones es mortal, generalmente en personas de edad avanzada. Los síntomas aparecen entre una hora y dos después de haberlo ingerido, con dolores gastrointestinales agudos, diarrea, fotofobia, mareos, visión borrosa, sudoración, palpitaciones, escalofríos, deshidratación. Se lo reconoce fácilmente por su gran tamaño (lo llaman "hongo sombrilla") y porque las laminillas cuando están maduras tienen tonalidades verdosas.
El Amanita muscaria produce efectos alucinógenos. Los síntomas aparecen entre 30 minutos y tres horas después de haberlo comido y son similares a los de una intoxicación alcohólica. Los pacientes se ríen, lloran, tienen confusión y trastornos de visión. Finalmente, duermen de 10 a 15 horas y cuando se despiertan no se acuerdan de nada.
Una característica que permite individualizar a los hongos tóxicos es un engrosamiento que se encuentra en la parte inferior del tallo. "Es la volva -dice Cabral-. Lo que sucede es que para verla hay que desenterrarlos un poco con un cuchillo."
Según el investigador, muchos de estos especímenes se encuentran en el parque Pereyra Iraola, de La Plata. "Ir a buscar hongos incluso es motivo de excursiones en lugares de veraneo. Es divertido y está bien que así sea, pero no hay que olvidarse de tomar ciertos recaudos", concluye el científico.
S.O.S.
- El Servicio de Identificación de Hongos Tóxicos, se encuentra en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Ocupa los laboratorios 69, 70, 5 y 6 del cuarto piso del Pabellón II de la Ciudad Universitaria. Los días hábiles se puede llamar telefónicamente por el (011) 4765–3562 o por el (011)4576-3300, internos 419 y 202. Los fines de semana y feriados por la guardia de seguridad, (011) 4576-3324.
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