
La caja boba
Si la televisión es siempre ubicua, en estos días parece serlo aún más. Casi no pasan 24 horas sin que se discuta sobre sus contenidos -que muchos juzgan deleznables-, y sobre cómo su influencia se derrama con prolijidad sobre la vida real: el caso de los chicos autoagredidos a imagen y semejanza de escenas de la pantalla chica no hace más que agregar otra nota inquietante a la controversia.
Todo indica que la llamada caja boba no es tan boba después de todo... Por el contrario, quienes estudian su modus operandi la consideran irresistible, entre otras cosas porque nuestra herencia genética nos hace particularmente vulnerable a sus poderes.
Según afirman en Scientific American Robert Kubey, investigador del Centro para el Estudio de los Medios de la Universidad Rutgers, y Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología y fellow de la Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos, la posesión hipnótica que ejerce la TV puede explicarse por una tendencia biológica que Ivan Pavlov describió ya en 1927: todo estímulo auditivo o visual novedoso atrae la atención del Homo sapiens. Cualquiera que camine por una calle oscura muy entrada la noche lo sabe, esa sensibilidad para el movimiento permite detectar amenazas potenciales. Es más, al ayudarnos a sortear la lucha por la supervivencia a lo largo de los milenios, parece haberse inscripto en nuestros genes.
Los cortes, el zoom, los ruidos súbitos que definen el estilo televisivo activan esta respuesta y atrapan nuestra atención, literalmente. No importa cuál sea el contenido de las imágenes, el cerebro se concentra en estos estímulos mientras el cuerpo se aquieta, y esta reacción se manifiesta ya a las seis y ocho semanas de vida. Hasta los investigadores que estudian el fenómeno se maravillan del poder del medio sobre sí mismos, que les impide dejar de desviar la mirada de vez en cuando para espiar la pantalla sin que importe qué tan trascendente sea la conversación que están manteniendo.
Por otro lado, ya lo dice la ley de la inercia: todo cuerpo en reposo tiende a seguir estándolo. "El tiempo que una persona cualquiera dedica a mirar televisión es sorprendente -aseguran Kubey y Csikszentmihalyi-. En promedio, tres o cuatro horas diarias, la mitad de lo que invertimos en descansar y más que en cualquier otra actividad, salvo el trabajo. A ese ritmo, en 75 años esa persona puede pasar nueve frente a la pantalla chica."
Como afirman los investigadores, el problema tal vez no sea la TV en sí, sino la dependencia que crea. "El término adicción a la TV captura la esencia de un fenómeno muy real -escriben-. Los psicólogos definen la dependencia de una sustancia como un desorden caracterizado por criterios que incluyen pasar demasiado tiempo utilizándola, utilizarla más frecuentemente de lo que quisiéramos, pensar acerca de reducir su uso o hacer esfuerzos repetidos para abandonarla y fracasar, dejar de lado actividades sociales o familiares importantes para utilizarla, y tener síntomas de abstinencia cuando se la abandona. Todos estos criterios se aplican a la televisión."
Y subrayan: "Quizás el aspecto más irónico de la lucha por la supervivencia es la facilidad con que los organismos pueden ser dañados por lo que desean".
Ya lo dice el refrán: ten cuidado con lo que deseas... porque puede hacerse realidad.







