
La Edad Media argentina
En el siglo XVII, Francis Bacon afirmaba que "la finalidad de la ciencia es mejorar la suerte del hombre en la Tierra". Pero, al parecer, toda la ciencia que acumulamos -y que hizo posibles la ingeniería genética, los viajes espaciales, los satélites de comunicaciones e Internet, la que hizo rutinario observar el interior de nuestro cráneo, destapar arterias, operar neuronas o crear embriones fuera del cuerpo femenino-, no alcanzó para calmar los temores que nos acosan.
Igual que hace mil años, hoy sentimos miedo de la miseria, la enfermedad, la violencia y nuestros congéneres.
Es cierto que, como afirma Georges Duby en "La huella de nuestros miedos" ( Editorial Andrés Bello, 1995 ), nuestros antepasados del año mil estaban malnutridos, carecían de herramientas y padecían males hoy impensables, entre otras cosas, por falta de higiene: un 25% de los niños moría antes de los cinco años y otro 25% antes de la pubertad. Pero también es verdad que, a pesar de los avances de nuestra época, todavía hay lugar para la pobreza extrema y brutal, la exclusión, la enfermedad prevenible y la agresión.
Nuestros ancestros de la Edad Media vivían en lo que para nosotros sería una penuria insostenible y temiendo continuamente por el mañana... Algo similar a lo que sucede en la Argentina de hoy, donde una enorme cantidad de personas también es perseguida por el temor a la pobreza súbita y a la exclusión.
Los suburbios de las ciudades feudales se rodeaban de miserables llegados de los campos circundantes. En el mil (como hoy) había migraciones a gran distancia y algunas hasta estaban organizadas por empresarios que reclutaban trabajadores y los transportaban a otras regiones.
Así, en las urbes nacientes se desarrollaba el artesanado gracias a la mejoría general del nivel de vida, pero no había trabajo para todo el mundo. Entonces, sobrevenía la miseria. Y después la vejez y la enfermedad. ¿Resulta conocido?
También en esos tiempos, el Viejo Continente se amurallaba contra los despojados del mundo para conservar sus riquezas.
"El hombre medieval (...) desconfía del otro, de su vecino, del extranjero", escribe Duby. Una especie de guía turística escrita para uso de los peregrinos de Compostela en el siglo XII advertía que, a la salida de Bordeaux , "vais a ingresar en un país, el país vasco, donde la gente no se expresa como seres humanos sino que ladra como los perros" ( sic ).
Bandas de jóvenes caballeros que sobrevivían merced a sus aventuras instalaban hace diez siglos la inseguridad, del mismo modo en que hoy las frustraciones y la desesperanza son el combustible de la violencia.
En la Edad Media imperaban las creencias esotéricas. Aquí y ahora, los charlatanes que venden talismanes para superar la adversidad, prever el futuro, curar todo tipo de enfermedades del alma y el cuerpo, tienen un éxito notable.
Para ampararnos de los durísimos golpes que parece tenernos reservados el destino podemos recurrir a terapias mágicas, y hasta tenemos miedo de desaparecer por una desafortunada cadena de malas jugadas económicas, como perecieron los dinosaurios por una incomprensible casualidad cósmica.
Sí, en ciertos sentidos todavía seguimos en la Edad Media. Pero tal vez nos quede el consuelo de que, como decía Quevedo, el temor es la raíz de la sabiduría. O, como afirmaba Lord Byron, "la adversidad es el primer paso hacia la verdad".







