
La terapia justa, un enfoque para sociedades multiculturales
Se aplica en Nueva Zelanda para integrar a grupos europeos, maoríes y samoanos
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Just Therapy (o terapia justa) es un enfoque desarrollado desde hace doce años por el Family Centre, en Wellington, Nueva Zelanda. Su nombre refleja una teoría y una metodología de trabajo que traspasan los límites del psiquismo individual -que en cambio es el centro de la mayoría de los enfoques terapéuticos vigentes en Occidente- y tiene en cuenta también los problemas culturales, sociales, políticos y económicos que atraviesan las vidas de las personas y son causa de grave sufrimiento emocional.
En un país como Nueva Zelanda, golpeado por el racismo, la violencia sexista, la pobreza y el desempleo, este enfoque permitió que líderes comunitarios de las dos culturas indígenas más importantes, maoríes y samoanos (que son los grupos más postergados y discriminados de la sociedad), escogieran conceptos de la terapia familiar que les parecieran útiles para sus respectivos grupos y los aplicaran con el sello de su propia cultura.
Así, por ejemplo, el amable Warihi Campbell, de 59 años, fue elegido por su propia comunidad, la maorí -que es la etnia nativa de Nueva Zelanda-, como líder de su comunidad, para encabezar el Whakapapa Pounan (Hombres maoríes para la no violencia). Warihi es el coordinador de los grupos terapéuticos para hombres maoríes violentos, esos mismos que mostró el cine en "El amor y la furia".
Warihi estuvo hace pocos días en Buenos Aires para participar de un seminario sobre Just Therapy organizado por el centro de psicología familiar que dirige la terapeuta argentina Adela García. Con él llegaron sus colegas Charles Waldegrave, coordinador Pakeha (europeo) del Family Centre, y Kiwi Tamasese, coordinadora samoana de esta asociación multicultural de terapeutas.
"Un maorí puede aprender a ser psicólogo, pero un psicólogo no puede aprender a ser maorí", afirma Charles Waldegrave al explicar por qué un terapeuta profesional que trabaja con habitantes de culturas muy distintas de las propias debe delegar funciones en personas clave de esas culturas.
Lugares de encuentro
Warihi fue elegido luego de que la misma comunidad maorí se acercó a la sede del Family Centre. "Vino una señora mayor y nos dijo que fuéramos al marae (lugar de encuentro con los maoríes) para aprender algo de la cultura y el idioma, porque los jóvenes eran poco comprendidos en los servicios de salud", dice Charles.
Así, durante más de dos años, los psicólogos blancos aprendieron algo de la cultura de una etnia que representa el 15% de la población de Nueva Zelanda y en las próximas tres décadas crecerá al 20%, aunque cuando los ingleses llegaron a las islas, hacia 1840, eran el 90% de la población.
¿Por qué Warihi coordina un grupo terapéutico para hombres maoríes violentos? "Porque al hombre blanco le mentirían -dice, sonriente-. Pero a mí no pueden, soy de su cultura. Cada cultura tiene su coordinador en problemas de violencia."
"Creemos que la violencia tiene que ver con las duras condiciones de vida, pero también con la agresividad que genera el desarraigo cultural. Los maoríes reciben por imposición una cultura que odian. Lo que estos hombres deben hacer es recuperar aspectos de la cultura maorí que enseñan acerca de lo sagrados que son mujeres y niños."
Después de 12 reuniones que los maoríes violentos deben cumplir por orden de la Justicia, Warihi afirma que se notan cambios. Ellos aprenden a conservar distancia física cuando son ganados por esas sensaciones desesperantes que desatan sus puños. Se trabaja, también, con sus parejas.
Kiwi Tamasese nació en Samoa del Este, una de las islas del archipiélago de Samoa, ligado históricamente por tratados e integración educativa a Nueva Zelanda. Los samoanos son el 5% de la población del país, pero serán el 12% en tres décadas.
Kiwi trabajó especialmente el tema del racismo y de la discriminación hacia la mujer. "Las familias más pobres -dice- están lideradas por mujeres."
La terapeuta samoana recuerda que 1991 fue un año terrible para Nueva Zelanda. "Cayó por completo el estado de bienestar -afirma-; aumentaron los alquileres, los alimentos, muchísima gente perdió el trabajo, los sindicatos y agrupaciones quedaron sin poder..."
Así, recuerdan los terapeutas, aumentaron enfermedades psicosomáticas, violencia, depresión, delincuencia, psicosis, tensión conyugal, problemas escolares, dificultades para criar a los niños. "Estos no son otra cosa que síntomas de la pobreza -dice Kiwi-, por más que se los pretenda presentar como problemas clínicos ."
Cuando la gente del Family Centre percibió que la economía no daba cabida a la creciente cantidad de desocupados que las nuevas pautas del mercado imponían, se sentó a trabajar con los economistas locales y utilizó sus últimos ahorros para enviar delegados a estudiar experiencias cooperativistas exitosas en Suecia y España.
En lugar de incrementar los sentimientos de culpa y desesperanza entre quienes habían perdido el trabajo, la vivienda o la salud, alabaron la fortaleza y entereza de los aparentemente más débiles por ser capaces de sobrevivir en esas circunstancias. Los ayudaron a reorganizarse en entidades. Les dieron fuerza, ánimo, contención.
Los terapeutas, con las cuentas sobre la pobreza que prepararon los economistas, saturaron los medios de comunicación con historias que relataban las circunstancias que atravesaba el pueblo. "Los funcionarios están trabajando en un tema fundamental, el de la vivienda, y en otros reclamos -dice Charles-. Después de muchos años, estamos teniendo respuestas."
Equívocos de Occidente
Charles Waldegrave explica que uno de los grandes equívocos de la terapia occidental es que los terapeutas se preocuparon por averiguar la enfermedad que tiene el paciente en lugar de desentrañar el significado que la gente da a los sucesos. En este aspecto, para la terapia no tiene mucho sentido la calidad de la vida diaria de las personas, como por ejemplo su acceso a la vivienda, el empleo, su nivel de ingresos. "Por eso -dice Waldegrave- se dejaron de lado las cuestiones asociadas a la injusticia."
El especialista explica que, sin embargo, en la mayoría de los países occidentales los habitantes que están en el 30% inferior de la población suelen padecer toda clase de privaciones, ligadas a la vivienda, el empleo, la educación, la salud. Dentro de ese 30% es frecuente hallar a las mujeres y los grupos culturales diferentes del dominante, que realizan los trabajos más precarios y peor remunerados.






