
Obsesiones corporales, un mal que crece
Hombres y mujeres sufren y se preocupan por corregir o disimular algún rasgo físico o aumentar sin límites su musculatura
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Una, dos, tres, cirugías estéticas de nariz. O de busto. Y, como nunca se está del todo bien, pensar nuevamente en el quirófano cuando todavía están puestos los vendajes. O tener siempre a mano cremas o maquillaje para cubrir esas manchitas de la cara, o sombreros y gorras para que no se vea tanto ese pelo tan enrulado...
Pasar horas encerrados en gimnasios caseros o ir de madrugada (para no encontrar a nadie) a esas enormes salas con máquinas supersofisticadas e insistir en extenuantes rutinas, dietas increíbles (¡de hasta 12 huevos diarios!), hormonas en pastillas e inyectables... pero no terminar nunca de fabricar masa muscular...
Estas conductas -en EE.UU., donde existen estadísticas, alcanzan a más del 1% de la población- ocultan una enfermedad: la dismorfia corporal, que consiste básicamente en una percepción o idea sobrevalorada acerca de que una o varias partes del cuerpo son feas, desagradables o inaceptables; por algo se la ha llamado "enfermedad de la fealdad imaginaria".
Esta obsesión se incrementa entre adolescentes y personas jóvenes, de ambos sexos. Pero especialmente en varones dedicados al fisicoculturismo ocurre una variante, llamada dismorfia muscular, que consiste en la obsesión enfermiza por ganar y ganar masa muscular: el individuo, aunque haya desarrollado sus músculos hasta estar enorme , se ve a sí mismo como un alfeñique. No es el caso del fisicoculturista que se ejercita para formar musculatura, marcarla y mostrarla. El dismórfico está enfermo.
Y el problema, en todos los casos, no es mero narcisismo (querer ser bello a toda costa), sino algo que causa gran padecimiento emocional, aislamiento e imposibilidad de tener relaciones amorosas o vida social.
Clásico y moderno
Contra lo que parece, su primera descripción data de 1891: un psiquiatra italiano, Enrico Morselli, publicó el artículo "Dismorfofobia" en el boletín de la Academia de Génova.
Un puñado de autores retomó la cuestión, atentos a la irrupción casi salvaje del problema en la sociedad actual, que impone una preocupación enfermiza por la apariencia.
Entre esos investigadores está el psiquiatra argentino José Aníbal Yaryura Tobías, que vive desde hace 30 años en Nueva York y dirige allí el Bio-Behavioral Institute ( www.bio-behavioral.com ), junto a su esposa, la psicóloga de origen turco Neziroglu Fugen, que investiga la dismorfia corporal en la misma línea de la especialista norteamericana Katherine Phillips, autora del libro "The Adonis Complex" (El Complejo de Adonis).
El doctor Ricardo Pérez Rivera, médico psiquiatra, es el director de la sede porteña del instituto fundado por Yaryura Tobías en los EE.UU.
"En la Argentina no hay datos, pero suponemos que el trastorno dismórfico corporal debe ser frecuente -afirma Yaryura Tobías-, si tenemos en cuenta las características de nuestro país, que es donde se realizan proporcionalmente más cirugías estéticas en el mundo, y esto se relaciona con la sobrepreocupación por el cuerpo y la apariencia."
Yaryura Tobías y Pérez Rivera explican que no toda persona que se realiza una cirugía estética tiene dismorfia, pero que "es posible que sí esté presente en aquellos que repiten una y otra vez la operación, sin estar satisfechos nunca".
Los psiquiatras coinciden en que tanto los cirujanos estéticos como los dermatólogos, nutricionistas, deportólogos, clínicos y entrenadores podrían orientar a quienes los consultan si perciben preocupación enfermiza por el físico (ver cuestionario).
"Hay personas convencidas de que su nariz o su pelo son desagradables y los ocultan -explica Yaryura Tobías-. Parte de la terapia conductual consiste, precisamente, en que perciban lo sobrevalorado de esa idea y adviertan que nadie mira su pelo o su nariz porque no llaman la atención."
Pérez Rivera, que trabaja junto a su mujer, la psicóloga Tania Borda, advierte cuánto pesa el modelo de belleza física impuesto para los varones. "Veo que para que un hombre tenga un auto, use un perfume o conquiste a una mujer debe tener abdominales imposibles -comenta, con ironía-. Al menos así son los modelos que publicitan esos artículos."
Esta enorme presión impacta negativamente sobre ellos. "Con la dificultad -agrega Pérez Rivera- de que entre los hombres no está aceptado que comentemos dónde nos cortamos el pelo o qué perfume usamos... Eso, que sí conversan las mujeres habitualmente, las ayuda a descargar la tensión de tener que lucir perfectas."
Los jóvenes que fabrican músculos a costa de su salud también acusan recibo del impacto de la industria del vigor físico (la dismorfia muscular también se llama vigorexia ), que no deja de sumar ganancias. "En 2000 se gastaron en los EE.UU. 2 billones de dólares en matrículas de gimnasios comerciales y la misma cantidad en aparatos de ejercicios para el hogar -dice el psiquiatra-. Y Men´s Health, revista especializada en fisicoculturismo, que ahora se edita en español , pasó de vender 250.000 ejemplares en 1990 a 1.500.000 en 1997."






