
Por qué los hombres tienen que ir a Marte
Por Ray Bradbury Especial para LA NACION
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El célebre autor de "Crónicas Marcianas" expone en este artículo las verdaderas razones que han empujado al hombre a conquistar siempre nuevas fronteras y que ahora lo colocan ante el desafío de poner un pie en el planeta rojo.
Consideremos la historia del mundo en unos pocos cientos de palabras, comenzando por el terrible hecho que nuestro planeta se desprendió del Sol y le llevó varios miles de millones de años enfriarse, lograr lluvias, formar los océanos, que emergiera la tierra, que el pasto apareciera y que la simple forma de ameba que gradualmente desarrolló ojos, empezara a arrastrarse por la tierra.
Luego los reptiles del mundo comenzaron a mirar al cielo y decidieron aprender a volar y así surgió el ave.
Muy lentamente esta progresión de ideas genéticas sucedió en el mundo y finalmente llegamos a mirarnos a nosotros mismos y nos asombramos por nuestra creación. Todo esto lo sabemos.
En los últimos siglos hemos viajado alrededor del mundo porque los reyes de varios países dijeron que se debía viajar. El rey y la reina de España enviaron a Cristóbal Colón y luego Enrique VII se puso celoso y llamó a Juan Gaboto para que siguiera adelante con otra aventura similar. Finalmente Verrazano fue enviado por Francisco I para que tocara tierra en EE.UU., y así trajo sus barcos hasta Kitty Hawk, 400 años antes de que los hermanos Wright fueran hacia el lado contrario.
En todas estas aventuras estábamos dispuestos a sacrificar mentes y vidas y sabíamos que debían ser sacrificadas para que pudiéramos ir donde queríamos. Nunca termina. En los tiempos actuales hemos llegado a la Luna y ahora alcanzamos Marte.
Toda nuestra historia es la de la supervivencia, pero ella no alcanza. ¿Supervivencia para qué? La mera supervivencia no es una excusa. Debemos volvernos hacia nosotros mismos por más respuestas.
¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué haremos esto? ¿Con qué finalidad?
En los últimos meses nosotros los soñadores dejamos de mirar hacia adentro, a nuestro planeta desgarrado por las guerras, inventamos dos ojos y el pasado mes de junio los enviamos al espacio. En algún momento de enero estas cámaras llegan a nuestro planeta rojo, Marte. Descenderán por primera vez en años para observar de cerca el escarpado terreno, prometiéndonos territorios donde construiremos espacios para futuras ciudades, tal como lo hicieron otros exploradores antes que nosotros.
Por eso en enero muchos de nosotros nos reuniremos en iglesias, o nos pararemos sobre el césped para mirar el cielo y para rogar por la llegada exitosa de estas cámaras. Los planetarios del mundo estarán colmados de gente que espera una visión más clara del mundo.
¿Por qué todo esto?
Porque durante tantos años abandonamos el sueño de las misiones Apollo. Cuando se dejó la primera pisada en la Luna nos prometimos seguir adelante desde esa base lunar hacia otros mundos distantes. Desde entonces nos perdimos en guerras políticas y en el terrible desgaste de la muerte en decenas de países.
Por último dejamos que nuestros sueños puestos más allá de la Tierra fueran borrados por las circunvalaciones del transbordador. Año tras año el mismo exploró nuestros mares y escaneó la faz de la Tierra, presente y pasada. Se volvió tan familiar como los cilindros que giran al frente de 10.000 barberías, de manera que cada vez más mirábamos a nuestros zapatos en lugar de elevar nuestra mirada a las estrellas.
En algún otro lugar he descripto la posición de la humanidad en el siglo XXI, demasiado cercana a las cavernas, demasiado lejos de las estrellas. Somos una generación intermedia, que habiendo surgido de lo genético primitivo llegamos a esta posición donde miramos al universo y nos pasmamos por las revelaciones que ahí hallamos.
Estas últimas noches, ¿no pensamos todos y cada uno de nosotros cómo llegamos hasta acá? ¿De dónde viene la Tierra y cómo llegó la gente a ella? Tenemos miles de religiones con 10.000 respuestas y ninguna de ellas completamente satisfactoria.
Hace años realicé una increíble mirada al cosmos sumido en el pánico y grité, así podía oír por encima del estrépito de los hechos de los visionarios astrónomos:
"¿Qué pasa si nunca hubo un Big Bang?"
Me oí decir a mí mismo.
"¿Cómo es eso, dilo nuevamente?", jadeé.
"Qué tal si nunca hubo un Big Bang?", mi demonio repitió. "¿Qué pasa si el universo y todas sus galaxias y soles de fuego y planetas fríos y calientes nunca nacieron y simplemente siempre existieron?" "No es posible." "Tampoco el Big Bang lo es", replicó mi demonio en voz baja. "Mira arriba: 10 mil millones de años luz de estrellas. Mira a los lados, verás lo mismo. ¿Cómo diablos se encuentra y se hace estallar un Big Bang tan grande?"
"No se puede", respondí. "Tú lo has dicho", dijo mi demonio.
"¿Quieres decir que el universo ha estado aquí por siempre?" "Es algo impresionante. El universo ha existido más allá del tiempo y la eternidad, esperando una última cosa."
"¿Qué cosa final?"
"A nosotros. Faltaba una sola grandiosa cosa milagrosa. Era un teatro cósmico, pero con 10 millones de veces un millón de butacas vacías. Las estrellas no se conocían a sí mismas. Las lunas y planetas nacieron sordos y ciegos, nadie los oía ni veía, ni sentía. Las grandes extensiones de tumba del espacio eran sólo eso: lápidas sin nombres. El universo juntó su flema genética y en un último arranque de tos la lanzó afuera."
¿Qué?
"A la audiencia. Necesitaba ser visto, oído, sentido, tocado. Necesitaba ser reconocido y aplaudido. Nosotros somos esa audiencia. Nosotros, vosotros y yo, hemos nacido en medio de lápidas ciegas, mudas, sin sonidos para levantarnos en medio de una lluvia de luz sin sentido y gritar contra la oscuridad. ¿Religiones? Son falsas. Nosotros somos nuestra propia y real religión. Somos nuestros propios dioses. Por eso es cuestión nuestra."
"Entonces -dije -, de eso se trata todo. Millones de humanos que observan, y que nacieron como filósofos a medio formar, que han preguntado una y otra vez: ¿Por qué estamos acá? ¿Por qué estamos vivos? ¿Hemos nacido para ese misterioso propósito? Deme una razón para la vida y el vivir."
Mi musa respondió: "¿Cuál es el sentido de un universo al que nadie ve, un teatro de mundos vacíos? Estamos acá, ¡Aleluya! Y otra vez salvajes aleluyas, para ser testigos de todo esto, para atestiguar y celebrar y explorar".
Así es, allí lo tienen. Durante las dos décadas pasadas en un transbordador que rodeaba la Tierra hemos sido los soñadores de un sueño y ese sueño, a pesar de que lo hemos retrasado, era la Luna, Marte, Saturno, Jupiter, Plutón, Alpha Centauri y siempre más allá. Esa es la perpetuidad de la vida. Esa es la verdadera eterna salvación. Es por eso que debemos ir a Marte y es por ello que no podemos detenernos allí.
© Playboy y LA NACION
Un maestro de la ciencia ficción
Ray Bradbury
- El célebre escritor estadounidense nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois. Se graduó en 1938 en una escuela secundaria de Los Angeles, California. Se casó en 1947 y enviudó en 2003.
- Algunos de sus libros más leídos son "Crónicas marcianas" (1950), "El hombre ilustrado" (1951), "Las doradas manzanas del sol" (1953), "Farenheit 451" (1953), "El país de octubre" (1955), "Remedio para melancólicos" (1959) y "Las maquinarias de la alegría" (1964), entre otros.
- Fue galardonado con el O. Henry Memorial Award, el Benjamin Franklin Award y, en 2000, con The National Book Foundation Medal.






