Tras el desastre de Fukushima, Alemania empezó a cerrar sus centrales

No logró aún terminar con el capítulo nuclear; la Unión Europea le reclama enfocarse en eliminar el uso de carbón
Luisa Corradini
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20 de junio de 2019  

PARÍS.- Pocos días después de la catástrofe de la central nuclear de Fukushima, ocurrida el 11 de marzo de 2011 en el noreste de Japón, la canciller Angela Merkel anunció una inspección de las centrales nucleares alemanas y el abandono progresivo de ese tipo de energía antes de 2022. Si bien la decisión fue muy bien acogida por los alemanes, provocó numerosas críticas en el resto de Europa.

Los otros dirigentes europeos, en efecto, no se privan desde entonces de señalar que las centrales a carbón de la principal economía de la Unión Europea (UE) hicieron aumentar considerablemente las emisiones de gas de efecto invernadero (GES). Y que, por ende, habría sido mucho mejor comenzar por abandonar el carbón, antes que cerrar los reactores nucleares.

Como numerosos países, Alemania se comprometió a reducir progresivamente sus emisiones de GES. Los objetivos de Berlín son incluso más ambiciosos que los de todos los grandes países industrializados, con una disminución -antes de 2050- de entre 80 y 90% en relación con 1990.

Pero esa ambiciosa trayectoria se ve complicada justamente por el cierre progresivo de sus reactores nucleares. El ritmo anual de la reducción, de 1% a 3% desde 1990, cayó a menos de 1% (de promedio) desde 2011, lo cal compromete seriamente el objetivo fijado para 2020, de 40% de reducción. Una cifra que muy probablemente el país no llegue a concretar.

Razones científicas

Para los científicos, es innegable que las centrales a carbón tienen una fuerte contribución a la contaminación ambiental. Pero, en forma paradójica, su impacto sobre las emisiones de GES es limitado, según los especialistas.

El carbón es, en todo caso, una de las razones que explican que las emisiones alemanas de GES no se reduzcan rápidamente. El cierre definitivo en 2011 de ocho de los 16 reactores nucleares alemanes privó mecánicamente al país de 8,3 GW de capacidad de producción de electricidad, que el aumento impresionante de energías renovables (que pasaron de 20% a 29,5% entre 2011 y 2016) no consiguió suplantar completamente.

En 2012, el año que siguió la decisión de abandonar la energía nuclear, la parte de producción de electricidad de las centrales a carbón se incrementó en 5,5%, después de haber bajado regularmente los años precedentes. La misma tendencia se registró en 2013, antes de comenzar a declinar a partir de entonces.

Esa disminución de la parte del carbón para producir electricidad se explica sobre todo por el fuerte avance de las energías renovables (principalmente eólica), cuya progresión las convirtió en la principal fuente de energía del país. En 2018, representaron el 40,4% de la producción nacional, según un estudio del Instituto de Ciencias Aplicadas Fraunhofer.

Esas nuevas capacidades de producción de energía limpia permitieron cerrar 34 centrales a carbón entre 2011 y 2015. Entre 2016 y 2019, otras 11 centrales alimentadas con hulla y lignito corrieron la misma suerte.

En todo caso, a principios de año Berlín anunció su intención de abandonar definitivamente el carbón a más tardar en 2038 para su producción de electricidad. Una transición que podría costar al Estado hasta 80.000 millones de euros en 20 años.

Apoyo masivo

La medida es masivamente apoyada por el 59% de la población alemana, según los sondeos. Pero el cambio deberá ser progresivo y "razonable", según la canciller Angela Merkel.

"Si queremos tener una energía a precios abordables y mantener la industria y los empleos, no podemos abandonar el carbón de un día para otro", advirtió.

Actualmente, el carbón representa aún más de un tercio de la producción de electricidad alemana (46,3%), contra solo 3% en Francia o 1,2% en Suecia.

Muy marcada por su cultura carbonífera, que fue la base de la formidable ascensión de su industria en el siglo XIX, Alemania envía así una fuerte señal al resto del mundo, pues -hasta ahora- formaba parte de aquellos países que frenaban el abandono de ese tipo de energía en Europa.

Pero más allá de las cuestiones climáticas ligadas a las emisiones de gas de efecto invernadero, la parte importante que ocupa el carbón en Alemania tiene numerosos impactos ecológicos, y sobre todo en la polución del aire que provocan las emisiones de partículas finas.

Un estudio publicado en 2016 por cuatro ONG precisa que la explotación de centrales de carbón origina 23.000 muertes prematuras por año. Polonia (con 4690 muertos) y Alemania (con 2490 decesos) son los países más afectados por la contaminación del carbón generada en sus propios territorios.

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