
Vigorexia, músculos que se convierten en una obsesión
Afecta mayormente a los varones
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En los catálogos contemporáneos de las enfermedades, aparece un cuadro que se denomina vigorexia, también conocido como dysmorphia del músculo. Quienes lo padecen están obsesionados con su cuerpo: creen que se ve pequeño, desagradable y subdesarrollado. Viven preocupados por cómo el otro ve su cuerpo y están obsesionados por ganar masa muscular, y para lograrlo toman hormonas y pasan horas en el gimnasio.
Este desorden es más frecuente en varones, ya que el ideal del cuerpo masculino es musculoso y definido.
Sin embargo, esta descripción y este esquema de pensamiento para abordar el sufrimiento humano prescinden de la sexualidad y del inconsciente; parten de una concepción de la subjetividad que tiene como ideal un cuerpo asexuado, realizado plenamente desde un ideal de salud.
En la actualidad, el mito de la juventud eterna opera como un ideal por alcanzar allí donde es flagrante la declinación del valor de la palabra, de la política y de los ideales. El mercado ocupa entonces el lugar vacante dejado por lo simbólico, ofreciendo distintos modos de lograr la imagen perfecta, que van desde las múltiples ofertas de gimnasia y las dietas mágicas hasta las anfetaminas y las cirugías estéticas.
El origen de la obsesión
¿Por qué la adolescencia es propicia para obsesionarse con la imagen? Una cuestión central que se da en la adolescencia, es que el goce se juega con el cuerpo del semejante; es decir, en el acto sexual. Y justamente la obsesión con la imagen bella, con la musculatura exagerada del cuerpo -contrariamente a lo que parece- tiende a borrar ese cuerpo como sexual. Da como resultado un cuerpo jugado en "hacerse ver", intentando escapar de las dificultades que el deseo y el amor le plantean.
Como correlato de esto, hay esquemas nosográficos y terapéuticos que, como decíamos anteriormente, dejan afuera la sexualidad y el deseo.
La estatua griega es perfecta, pero está petrificada. Cuando el deseo y el goce se juegan, hay movimiento en la imagen.
Un psicoanalista tiene algo fundamental para decir de este fenómeno: tenemos un enigma frente a cada paciente que consulta, ya que el cuerpo es un cuerpo gozante, tanto del placer como del sufrimiento, habitado por la palabra y el deseo. Se trata de interrogar la verdad que porta el paciente, y no de reeducar una conducta. Lo que ofrece un psicoanalista es la posibilidad de recuperar la más estricta singularidad de sujeto, aquello que no se repite en ningún otro, que dibuja una posición única en relación a su deseo, y que no puede ser incluido en ningún cuadro ni ser objeto del consumo.
Diferencias subjetivas
Reeducar la conducta -como proponen ciertos abordajes psicoterapéuticos de la vigorexia- acalla las razones de quien consulta, sin interrogar el mensaje que el cuerpo porta en el síntoma. Esto envia al sujeto a adherirse férreamente al síntoma, inhibiéndolo su capacidad de establecer un lazo con sus semejantes, cuestión que es central en la adolescencia para desear y crear.
Entonces, alguien que consulta a un psicoanalista por un padecimiento no será ubicado en un cuadro que elimine las diferencias subjetivas; por el contrario, será interrogada la verdad que el síntoma denuncia, leyendo las marcas que lo han llevado a ese sufrimiento.
Será dicha lectura la que le permitirá al sujeto rediseñar un modo de estar en relación a su deseo, recuperando un goce más ligado al placer que al sufrimiento.
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