Casas de muñecas
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Casas de muñecas. Cuando –por las razones que sean– algo desgarra el exterior de los edificios, nuestra vida se exhibe como lo que siempre, a cada momento y pese a tanto ropaje, viene siendo: una fragilidad poco consciente de sí misma. Un devenir sostenido entre alfileres. Existencias que se dicen sólidas aunque en el fondo del corazón conozcan su pequeñez (esa cosa endeble que las hermana con las casitas de un juego infantil). Ocurre tras los bombardeos. Sucede cuando la marabunta urbana exige la demolición de tal o cual inmueble. Y también sobreviene en los accidentes al filo de la tragedia: de eso se trató la reciente caída de un edificio en Nueva York, por razones que aun se intentan dilucidar. Se produjo el estruendo y quedaron las costuras. Fractura expuesta, intimidad vulnerada; la esencia de eso que somos brutalmente dejada al desnudo.
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