Ivonne Bordelois: “Hay ráfagas de energía que todavía me habitan”
Reflexiones de la poeta y lingüista argentina que estudió con Noam Chomsky y fue amiga de Alejandra Pizarnik, que ahora sumó un nuevo honor: la nominación al premio Konex por su libro de memorias
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Reniega de las presentaciones obligadas, las llamadas “de rigor”, las que alardean de títulos y premios, y enuncian elogios desmedidos, pues esconden, en su opinión, una verdad irrefutable: que la escritura se alimenta más de fracasos que de éxitos y que se aprende mucho más de las tinieblas que de los aplausos que sustentan la seguridad de los escritores. “¿Cuál fue acaso –se pregunta–, la trayectoria de Kafka o la de Simone Weil?”.
Curiosamente, a Ivonne Bordelois reconocimientos no le faltan: un doctorado con Chomsky, en el MIT; una beca Guggenheim; una cátedra en Holanda; algunos libros relevantes, entre ellos, La palabra amenazada y Etimología de las pasiones; diálogo con voces de su tiempo y del porvenir (Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Alejandra Pizarnik); traducciones; invitaciones; congresos; honores a los que se suma ahora una nueva nominación Konex por Noticias de lo indecible, su libro de memorias: “memorias para exorcizar, para celebrar, para saber, para entender. No para enunciar éxitos o fracasos –dice–, sino para ver (a través del dar a ver a otros) qué me ha querido y me quiere decir la vida”.
Sin embargo, al momento de presentarse –en su departamento de Buenos Aires– esta excatedrática de la Universidad de Utrecht sortea su holgada lista de distinciones (el ridiculum vitae del que habla Juan Falú, al que le gusta citar) y con voz clara, lúcida, vital dice de ella que es una anciana (tiene 89 años); una anciana que posee por fortuna tres bendiciones: no haberse casado, no tener hijos y no depender ya de ninguna institución (no hay impostura en esto, sino más bien un espontáneo signo de coherencia).
Estas tres condiciones –y acaso algunas más– le han permitido acatar y obedecer lo que Santiago Kovadloff llama el vivificante mandato de los privilegiados: hacer lo que sabe, hacer lo que le gusta, hacer lo que necesita, hacer lo que necesitan y esperan de ella sus lectores y los lectores por venir; hacer, en suma, de la palabra, “esa fuerza sagrada que a pesar de todo nos habita”, el hecho central de su vida.
“Uno es uno, pero está la vida –escribe–. Uno hace elecciones en su vida, pero no hay que perder de vista que, en realidad, la vida elige más que uno”.

Su personalidad, intensamente enérgica y arrolladora, ha provocado reacciones, emociones, apodos, hipocorísticos, todas formas de la inventiva y del talento que abstraen y hablan de ella más fuerte que cualquier conjetura o destacado currículum.
Mercedes, una amiga psicóloga, la describe como una “Mafalda rubia”. Buby, un ilustre médico, la llama cariñosamente “La dama de hierro”. Un amigo psicoanalista suele decirle: “Vos te exponés demasiado”. Sus sobrinos, que la conocen bien, nunca la han tratado de “tía Ivonne”, sino de “Ivoncita”. Una compañera de colegio, quien acaso atisbaba en ella algún componente andrógino, le decía, por su parte, “Ivoncito”. Para Enrique Pezzoni era “El ángel exterminador”, y Alejandra Pizarnik, quien percibía con humor la infantil paranoia que la animaba, la llamaba “Polvorita gozosa”.
Durante sus andanzas cleptómanas en Cambridge, un poeta escribió sobre ella: “She came to Boston and nobody saw her” [”Ella vino a Boston y nadie la vio”]. Los estadounidenses la consideraban demasiado overbearing, y el mismo Noam Chomsky, al percibir la rapidez que la caracterizaba reaccionó en tono de advertencia: “Ten cuidado –le dijo–, tu velocidad puede ser tu perdición”.
–Exceptuando la biografía de Ricardo Güiraldes y sus tempranas colaboraciones en la revista Sur y en el diario La Nacion, usted empezó a publicar después de haber cumplido sesenta años. ¿Qué ocurrió antes con relación a la literatura?
–Bueno, entre 1968 y 1975, yo viví en Estados Unidos y después me mudé a Holanda, donde estuve a cargo de una cátedra. Durante esos años, seguí por supuesto leyendo y recibiendo libros, pero me aparté hasta cierto punto de la literatura y me enfoqué fundamentalmente en mi especialidad, que era la lingüística.
–Sin embargo, usted ha dicho que, en su casita de Cambridge, “tan precaria como iluminada”, escribió algunos de los mejores textos de su vida. ¿A qué textos se refiere?
–Yo escribí mucha poesía en inglés. El inglés siempre me ha gustado mucho y, en Cambridge, a pesar de la carga de estudio y trabajo que tenía, leía mucha poesía y, sobre todo, escuchaba canciones. Era la época de Joan Báez, de Bob Dylan, de Janis Joplin. Sobre eso y sobre mi experiencia en Estados Unidos escribí y lo hice en inglés. Y también escribí en inglés parte de mi diario, porque la lengua se me había incorporado, y así escribí mi tesis. Podría decir que mis libros empezaron a gestarse en aquel lugar. Al escribir diariamente, fui, digamos, estimulando la escritura, aceitando la máquina.
–¿Y llegó a publicar esos poemas ingleses?
–No. En inglés aún no he publicado nada. Hacia 1970, organicé un libro, un libro para mí, al que titulé Tril, Tril porque es trilingüe. Un libro que reúne poemas breves: quince poemas en español, quince en francés (porque también escribía en francés) y quince en inglés. Es una obra inédita, que por supuesto me gustaría publicar.
Durante 19 años vivió en Holanda. Primero fue catedrática en la Universidad de Utrecht, un cargo al que accedió por concurso y que mantuvo por trece años; después se dedicó a estudiar la estadía de los judíos sefardíes en el país y acabó trabajando en la Biblioteca Municipal de Ámsterdam. Transcribía documentos sefardíes de la época de Espinoza, tarea que, en su opinión, era apasionante. Tenía una casa, un círculo de amigos y una vida social e intelectual a la que podríamos calificar de fecunda.
–¿Qué fue lo que motivó entonces, ya al borde de los sesenta años, la decisión de volver?
–Fundamentalmente, la conciencia de que mi vida giraba alrededor del saber y el poder de la palabra, y que solo en español podría ejercer y disfrutar de este dominio plenamente. Ya en Buenos Aires, sentí que me había liberado de todo el mundo académico, un mundo que, desde el punto de vista cognoscitivo, siempre me había interesado. Yo tuve la suerte de asistir a la gran explosión de la Lingüística Generativa en el momento en que esta disciplina estaba en su apogeo. Fue una aventura intelectual muy, muy interesante: participar, ver las competencias, las discusiones, la dialéctica. Sin embargo, la burocracia de la universidad, que se fue acentuando con el tiempo, me abrumaba. Entonces, claro, cuando llegué a Buenos Aires, ya libre de ataduras académicas y provista de una jubilación, pude dedicarme a lo que siempre había querido más profundamente: escribir.
Y lo ha hecho de un modo bastante prolífico. Desde entonces, escribe y publica. Y, además, le han sido dadas muchas cosas: el lugar, el cariño, el diálogo (aunque no tiene aires de vedete, tampoco es una asceta). Aun así, en algunos pasajes de Noticias..., se percibe cierto reproche; hay, al parecer, algo que se lamenta.

–¿Qué es eso intrigante que el lector, a veces, no llega a develar? Permítame citarla: “Trato de ocultar el fondo de mis pensamientos por temor a envidias o malentendidos”. “¿Será que me obligo a disfrazarme de persona sociable y amistosa para exorcizar los hermosos demonios que merodean?”. “Una añoranza me queda, acaso la culpa de no haber sido fiel o íntegra con respecto a lo más alto o a lo más hondo de mi experiencia”.
–En esta última frase, me refiero a mi experiencia con la manía, que irrumpió por primera vez en mí cuando vivía en Estados Unidos. Porque la manía deja cierta nostalgia. Uno, de repente, percibe una especie de realidad mucho mayor, más abarcativa, más incluyente que la mera realidad. Y también percibe una especie de fuga al absoluto. Uno toca una zona misteriosa del ser y se dice: “Sí, esto es lo cierto, esto eso es lo verdadero”, pero no puede mantenerse ahí, adherido a ese cenit de iluminación.
–Vistos así, como usted los describe, los efectos de la manía recuerdan a lo que escribió William Blake sobre las puertas de la percepción: “Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”.
–Sí, claro, la cita es perfecta. Siempre digo que las ideas que se me ocurrieron durante mi período maníaco nunca se me hubieran ocurrido en una situación distinta. Yo agradezco haber pasado por esto, aunque debo reconocer también sus aspectos destructivos.
La poeta, ensayista y lingüista argentina que nació el 5 de noviembre de 1934, en Alberdi, provincia de Buenos Aires, puso el ojo en cuestiones que la medicina parece haber desatendido. “Resulta indispensable evitar el reduccionismo racionalista que hace de la manía un estado exclusivamente patológico, sin advertir a veces su enlace positivo con la alegría de la creatividad auténtica”, reflexiona. Otro de sus pensamientos: “Para Platón, la manía era un delirio sagrado que provenía de los dioses; para la medicina moderna, se reduce a una patología de riesgo, de tratamiento caro y prolongado” […] “Separar la cizaña del trigo en el tema de la manía depresiva es una tarea tan importante como impostergable. Hay que vencer prejuicios y también laboratorios”.

–¿Cree que ha habido avances en este campo?
–Sé que hay un despertar en la humanidad respecto de este tema, que se va a ir desarrollando, y con el tiempo, probablemente surja algo importante. Yo he encontrado en mis lecturas interlocutores que me han acompañado mucho, como Rosa Montero y Emmanuel Carrère. En El peligro de estar cuerda, título que alude a un poema de Emily Dickinson, Montero analiza la manía desde un punto de vista científico. Hay algo en la red neurológica, algún desequilibrio de la masa encefálica, que hace que se produzcan ciertas sinapsis y asociaciones insólitas. Ella dice que no es casualidad que muchos de los grandes poetas, escritores o pintores hayan pasado por períodos así. Habla de creadores que han sufrido por esto, como Van Gogh, como Poe… pone toda una hilera de nombres, y es muy interesante. Yo la leo con temblor y terror, pero encantada porque lo que ella dice coincide casi exactamente con la visión que tengo yo. Lo mismo me pasa con Jamison, a quien yo menciono en mi libro. Jamison es una americana que también estudió la confluencia de la creatividad con la locura y la manía. Y me pasa también Carrère. En su libro Yoga, él habla de su período de internación, cuando estuvo sometido al electroshock.
–Por fortuna, usted se salvó del tratamiento con electroshock y pudo reincorporarse definitivamente a la llamada normalidad.
–Yo me considero sumamente afortunada por haber llegado a la manía en el momento en que se estaba descubriendo el litio. Si bien el litio tiene efectos colaterales bastante fuertes, comparados con los del electroshock son una maravilla. Mi padre tenía diez hermanos, y seis de ellos pasaron por el electroshock, con efectos devastadores en algún caso. La manía tiene también aspectos muy destructivos, que no pueden desdeñarse; hay gente que acaba suicidándose. En ocasiones, el maníaco, poeta o pintor, presenta algo a contracorriente de lo que se está haciendo en la sociedad, y eso trae a veces reacciones negativas o de cerrazón o de no recepción, lo que ahonda y profundiza mucho la soledad del artista. Si Van Gogh hubiera sido reconocido como fue más tarde, quién sabe si se hubiera cortado la oreja.
–Da la impresión de que la lectura de su obra, es decir, el alcance o la hondura de lo que usted propone y argumenta no está –no ha estado– a la altura de lo que esperaba. En Noticias..., se vislumbra, incluso, cierto desánimo por la falta de interlocutores con su mismo fervor.
–Efectivamente, eso es cierto. Me refiero, sobre todo, a Etimología de las pasiones. Sé que Etimología se lee y se aprecia mucho, pero yo no tuve dialogantes al nivel de lo que hubiera esperado. Pensé que había, acá, un grupo subterráneo, que podía sentirse interpelado por lo que yo proponía, por el tema en el que yo avanzaba. Supuse que ese libro iba a provocar intereses en el ambiente psicoanalítico, y no fue así o, por lo menos, yo no lo sentí así. Me encontré con cierto desinterés y, a veces, con comentarios desacertados. Me han dicho, por ejemplo, que lo que yo decía ya lo había dicho Freud, y eso es falso. También debo decir que fui un poco malcriada: sin bien Etimología de las pasiones lleva mi firma, yo no trabajé sola, sino con Miguel Mascialino, un compañero de estudio en este terreno. También estaba Héctor Zimmerman, que era químico de profesión y, al mismo tiempo, alguien que tenía un olfato literario-lingüístico muy desarrollado. Y Luis Kancyper, un gran amigo, un gran psicoanalista, un hombre de una gran carrera internacional, a quien le interesaba muchísimo la cuestión etimológica. Desgraciadamente, murió muy joven. Los cuatro nos reuníamos casi todas las semanas. Éramos “Los egrégoros”, así nos llamábamos. Todos nos respondíamos y todos nos preguntábamos; era un grupo muy lindo, diverso. Después, se fueron muriendo uno tras otro, y el grupo desapareció.

En su amplio y antiguo departamento ubicado en la ciudad de Buenos Aires, Ivonne Bordelois asegura que conserva las notas, los archivos: “pero nunca más conseguí esa interacción tan nutritiva, tan inspirante. Y el trabajo etimológico no es un trabajo que pueda hacerse en soledad. Se necesita un poco de respaldo, y yo no pude recuperar eso. También pensé que iba a haber más respuesta espontánea. Y lo cierto es que no hubo, no la hubo prácticamente. Supuse que la propuesta iba a ser como un remezón grande, porque cuestiono muchas cosas. Cuando digo que la raíz de orgía y de orgasmo se relaciona con la de orgullo, una puerta se abre interiormente en nosotros. O cuando argumento que etimológicamente el sexo tiene que ver con la ira y la locura antes que con el amor, y que el amor se relaciona con la maternidad antes que con la pareja, sucede lo mismo: una puerta se abre interiormente en nosotros y ya no puede cerrarse. Yo espero que esta sea una visión en cierto modo profética que prenda con el tiempo y que la gente se dé cuenta de que uno entiende mejor y disfruta más de la lengua si conoce esos avatares tan raros que atraviesan las palabras”.
“En el poema, la linealidad se tuerce –escribe–, vuelve sobre sus pasos, serpea: la línea recta cesa de ser el arquetipo en favor del círculo y la espiral […] La poesía pone entre paréntesis a la comunicación como el erotismo a la reproducción”.
–Lo que usted menciona sobre el sexo y el amor nos recuerda a La llama doble, el genial ensayo de Octavio Paz. El autor mexicano –ganador del Premio Nobel– dice que la relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal. ¿Podríamos encontrar conexiones o unidades de sentido entre erotismo y poesía desde el punto de vista etimológico?
–Bueno, usted me preguntó esto antes de este encuentro, y yo, apoyándome vilmente en Wikipedia, puedo contestar ahora que, en la mitología griega, Erató (“La amable” o “La amorosa”) es la musa de la poesía, especialmente de lo amoroso. Según escribe Apolonio de Rodas en el tercer libro de Las Argonáuticas, su nombre tiene la misma raíz que Eros. La poesía es, en verdad, la fiesta del lenguaje, según la mitología griega. Eros es el niño hambriento que nace de una madre carenciada en el jardín donde se celebra la fiesta de Afrodita. El amor de Eros se orienta a la belleza, que es también la finalidad de la poesía cuando intenta reinventar un lenguaje librado de ataduras cotidianas y devuelve a la palabra su luz original.
–Además de subrayar la necesidad de la vía etimológica, usted también pone sobre la mesa cuestiones de las que generalmente no se habla. Dice: “Hay que estar dispuesto a una firme andanada contra la cultura-ceguera que enterró, vivientes, a los mejores. Propuesta: un libro de crítica literaria que se llame Contralecturas”. O “Me gustaría proyectar una historia de la mejor literatura argentina desconocida”.
–Entiendo que la decadencia de la literatura se origina, en parte, en las presiones de las grandes editoriales que monopolizan el mercado. Por eso, sería necesario trastornar el canon y mostrar, junto con los desniveles de los grandes maestros, las perlas ignoradas de los escritores desconocidos. Lo digo en mi libro. Pensando en lo curiosos que son ciertos silenciamientos, trato de recordar los que más me han impresionado: el de Simone Weil, el de Kafka, el de Miguel Hernández, especialmente mientras vivían. Entre nosotros, en cierta medida, el de Banchs, el de Biagioni, el de Violeta Parra. Macedonio Fernández, Calvetti y Barbieri también son relativamente “infames” desde el punto de vista del mundanal ruido. Y entre los novelistas, más que Tizón, Saer, Aira, Di Benedetto o Fresán, a mí me gusta, por ejemplo, Rodrigué, de quien nadie habla, como si su nombre estuviera prohibido. A veces me pregunto: “¿Qué es lo que más pervierte o corrompe a una literatura: los infames maravillosos o los famosos mediocres?”.
Uno de los capítulos de Noticias de lo indecible se titula “Magias”. Ivonne dice haber pasado por sucesos verdaderos que resultan inverosímiles. Se refiere al azar, a ciertas coincidencias inexplicables e incluso menciona haber recurrido a una vidente, quien le vaticinó que pertenecía al mundo de las palabras y que las palabras permanecerían con ella hasta el fin de sus días.
–¿Cómo se explican, en su caso, estas magias que se le han presentado a cada vuelta del camino?
–En efecto, ha habido en mi vida algunos episodios y coincidencias inexplicables. Por ejemplo, una suerte de rapto telepático en el MIT que me permitió sobrevivir a uno de los mayores riesgos de mi carrera. El punto aquí es el desinterés con que este tipo de acontecimientos se contemplan desde el racionalismo que impera en la epistemología contemporánea, impermeable a lo que podrían llamarse las embestidas de lo desconocido.

En “Tan callando”, el último capítulo de Noticias..., hay una clara celebración de la vejez: «Vejez es el placer enorme de pararse ante una vidriera llena de libros y pensar: “Ahora ya no me engañan más”; y entrar a un lugar de luces, con toda gente interesante y elegante, y sentir: “Ahora ya no me engañan más”. Y ver el sol que se pone y decir: “Ese sí que nunca me ha engañado”». Aun así, hay también pasajes en los que esta etapa de la vida se presenta con todo su peso y su amenaza: “La vejez es saberse no deseable. Una cuchillada en la conciencia del todavía deseante. Nada más ridículamente trágico que un cuerpo deseante e indeseable, nada más trágicamente ridículo”.
–¿Podríamos ahondar en esta ironía vital?
–El mandato de la felicidad, que tanta infelicidad promueve, obliga a la sociedad a presentar versiones edulcoradas de la vejez y modelos irreales de comportamiento y recepción de las ancianidades a nuestro alrededor. La falta de una política esclarecida sobre la eutanasia es prueba patente de los miedos y limitaciones de los grupos llamados progresistas con respecto a la vejez y a la muerte, en el fondo temas tabú de nuestra cultura irremediablemente hedonista. Y bueno, uno siempre tiene por dentro como un manantial que se sitúa en los treinta años y por fuera una especie de cáscara de Matusalén. Hay que guardar las dos cosas. No se puede esconder la cáscara y tampoco se puede apagar la fuente, esa agua fresca que corre por dentro y que, por suerte, todavía está preservada.
–A propósito de esa “cáscara”, al leer su poema “Torre de huesos”, el lector se siente ante una vieja montaña desmoronándose. Sin embargo, cuando la escuchamos, la sensación es radicalmente opuesta. Su voz está entera, y es clara, lúcida. Como pregunta final, ¿no cree usted que esa voz merece, al igual que el cuerpo, un poema?
-Es una misericordiosa sugerencia que no estoy segura de poder satisfacer. Hay ráfagas de energía que todavía me habitan, pero el bosque de metáforas, los relámpagos de intuición, las memorias significativas que antes solían aparecer en mis recorridas mentales parecen irse desvaneciendo, y nada sería más torpe que forzarlos. Rabindranath Tagore dijo algo al respecto: “Todavía continúo realizando mi trabajo, aunque sé que una buena parte de la sabiduría de vivir consiste en saber apagar a tiempo la luz de la vida y deslizarse suavemente en el silencio de sus estrellas”.
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