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Reniega de las presentaciones obligadas, las llamadas “de rigor”, las que alardean de títulos y premios, y enuncian elogios desmedidos, pues esconden, en su opinión, una verdad irrefutable: que la escritura se alimenta más de fracasos que de éxitos y que se aprende mucho más de las tinieblas que de los aplausos que sustentan la seguridad de los escritores. “¿Cuál fue acaso –se pregunta–, la trayectoria de Kafka o la de Simone Weil?”.


