Alta Fidelidad. Caravaggio Clearwater Revival
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La imagen se repite en la función trasnoche del streaming y, luego, con el desayuno cuando la pantalla me lo cuenta. Es aquella de un helicóptero suspendido en el aire ya listo para el descenso. En la ficción es Apocalypse Now (1979) y el lugar donde el helicóptero de la Air Force busca aterrizar es un claro en la jungla vietnamita. En el noticiero del mediodía es algún lugar indeterminado de los Estados Unidos (el columnista no lo precisa al menos) y el helicóptero se dispone a sobrevolar a una muchedumbre que asiste a una especie de mitin aéreo de Donald Trump en su carrera por la reelección en la votación del próximo martes. No hay distancia social ni mucho menos seguridad: las aspas del aparato podrían hacer de guillotina con apenas descender unos centímetros. En el aterrizaje de Francis Ford Coppola (que Netflix subió con cuarenta y nueve minutos extra que no estaban en el estreno original) la imagen del helicóptero es musicalizada por "The End", ese mantra que serpentea en una revisión psicodélica de Edipo. Coppola consiguió que aquella canción de The Doors de 1967 quede para siempre sujeta a esa imagen: número uno en la lista del pop usado como soundtrack. Por lejos. En la puesta en escena de Trump la elegida fue "Fortunate son" (1969) de Creedence Clearwater Revival, parte de la misma playlist de la contracultura que nada tiene que ver con la herencia de Lyndon Johnson y Nixon pero en la que acaso Trump encontró una simbología para explotar: la de una música rústica que de algún modo rechazaba el pathos místico que rodeaba la época. "Fortunate son" es para Trump menos una apelación nostálgica que la idealización populista de Creedence como el arte auténtico de América (como si su slogan fuera "make America rock again"). Pero John Fogerty, el autor de "Fortunate son", la voz a cuello roto de CCR, usó su cuenta de Instagram para explicar desde un estudio de grabación (con obligatoria camisa leñadora Fogerty y barbijo) que le resultaba "confuso" que el presidente estuviera usando una canción que había escrito sobre "como los privilegiados, los hijos de familias ricas tenían posibilidades de evitar el reclutamiento durante Vietnam". Que fue el caso de Trump: veterano a secas, de ninguna guerra.
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Después del desastre de 2001, el helicóptero devino un símbolo ominoso para la política argentina. La imagen del presidente De la Rúa escapando de la rebelión cívica a bordo de ese artefacto militar que emula el vuelo de una libélula se convirtió en una postal del apocalipsis ahora argentino. Por eso, cuando en 2017, volvió como insumo del arte contemporáneo resultó al menos polémico. El artista Eduardo Basualdo utilizó la feria ArteBA para instalar (en el mismo sentido que pintar o esculpir aquí) un modelo de helicóptero Freelancer con las aspas en movimiento. Si bien rechazó la asociación con cualquier especulación política sobre el futuro de Macri (que terminó su mandato en tiempo y forma) era imposible no entrar en esa sala sin sentir en los hombros el peso de la historia reciente. En la marcha del 24 de marzo, antes, la Internacional Errorista había presentado la réplica de un helicóptero hecho en cartón. En este caso sí en deliberada muestra de artivismo.
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En su canal de You Tube, David Lynch Theater, el último surrealista vivo oficia de meteorólogo. Desde una sala oscura, el cineasta mira a cámara y dice: "Buenos días, es el 28 de octubre y es un miércoles. Aquí en Los Angeles la mañana se ve bastante clara y hacen 12 grados. Hoy he estado pensando acerca de Creedence Clearwater Revival y el significado que la canción "Who’ll stop the rain" puede tener para los días que estamos viviendo". Otra vez Creedence. Otra vez la oscuridad. En la trasnoche, a medida que "Apocalypse Now" avanzaba en su última hora a la búsqueda del Coronel Kurz (ese Brando-coloso) pensaba si la película en su uso virtuoso del claroscuro no era un sucesión de cuadros de Caravaggio: puro barroco en streaming. Caravaggio Clearwater Revival.
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"Who’ll stop the rain", la canción que Lynch piensa como sonido de estos días, estaba incluída en el álbum Cosmo’s Factory (1970). Ese fue mi primer disco pero sin disco. Rescaté la tapa del volquete de una mudanza familiar y la tuve pegada con chinches a la pared de mi cuarto como un poster sin saber como sonaba esa música. Ese disco sin disco era la mentada desmaterialización del arte de la que hablaba Oscar Masotta y de la que a los, diez, once años por supuesto no tenía la menor idea. Masotta, el mismo teórico marxista, pop y lacaniano que había presentado en 1967 un happening llamado El Helicóptero.
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