Alta fidelidad. Se supo: el Nobel de Dylan era para Borges

Bob Dylan, en una de las escenas de Rolling Thunder Revue, la película de Martin Scorsese
Bob Dylan, en una de las escenas de Rolling Thunder Revue, la película de Martin Scorsese Crédito: NETFLIX
Fernando García
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23 de junio de 2019  • 16:24

En una de las escenas más íntimas de Rolling Thunder Revue (Scorsese, Netflix), una jovencísima Patti Smith le muestra a Bob Dylan una foto de Arthur Rimbaud hallada en un libro. "Me hizo pensar en vos", le dice la piel y huesos de Patti a un Dylan que la escucha con un aire de distracción ostensible. La escena ligeramente somnolienta anticipa otra: la de una Smith de larga melena color ceniza recibiendo el Nobel en nombre del trovador e, inexplicablemente, olvidándose en su interpretación en vivo en Estocolmo fragmentos de la letra del clásico "A hard's rain-A gonna fall". Ese Nobel objetado por su sustancia (un letrista no es un escritor) fue acaso malinterpretado desde el mundo de las letras. En el fondo, a través de la emblemática figura de Dylan, lo que la Academia estaba premiando o, mejor, reconociendo en 2016 era a la cultura pop como texto, con sus casi 60 años de transacciones entre la cultura alta, letrada, y la popular, plebeya. El lapsus de Patti Smith sobrevino entonces como síntoma: un último, íntimo, corcoveo de la muchacha punk de Manhattan ante la definitiva captación.

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"Era un hombre ruinoso y monumental. El pescuezo era corto, como de toro, el pecho inexpugnable, los brazos peleadores y largos, la nariz rota, la cara aunque historiada de cicatrices menos importante que el cuerpo, las piernas chuecas como de jinete o de marinero". Tal el retrato del pandillero Monk Eastman por Borges en Historia universal de la infamia, el volumen de narrativa editado por la mítica edtorial Tor en 1935. En ese libro que reunía sus semblanzas en el suplemento litarario de un diario masivo como Crítica se ponía en marcha un mecanismo que define bastante de lo que seguimos llamando "borgeano": el sutil desplazamiento de lo real en la ficción; lo verosímil como construcción libresca. En "Historia Universal de la Infamia", Borges recurría a fuentes muy diversas para reescribirlas y practicarles una sutil distorsión. Cómo el mismo diría eran "el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias". Intervenía sobre Mark Twain, la Enciclopedia Británica o citaba entre las fuentes apócrifos como el alemán Alexander Schulz, que era su amigo Xul Solar. La historia de Monk Eastman la había escrito a partir del libro The Gangs of New York de Herbert Asbury, publicado en 1927. Setenta años después de la publicación de "El Proveedor de Iniquidades Monk Eastman" en Crítica, Scorsese llevó al cine el texto de Asbury con Leo Di Caprio y Daniel Day Lewis manteniéndose fiel al libro de.Borges. No solo inventó personajes sino que instaló a Eastman con otro nombre y por fuera de la cronología de la historia. Su Pandillas de Nueva York llevaba el mecanismo de Borges a las salas de cine, multiplicando por millones la intervención original sobre el texto de Asbury. En Historia universal., Borges retomaba la leyenda de Billy The Kid (El asesino desinteresado Bill Harrigan) sobre textos de Frederick Watson y Walter Noble Burns y en 1973 Bob Dylan le ponía música al western de Sam Peckinpah: Path Garret & Billy the Kid. Solo un juego de espejos, apenas, aquellos que Borges tanto aborrecía.

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¿Estuvo la adolescente Sharon Stone en el backstage? ¿Vio Bob Dylan a Kiss en 1973? ¿El congresista demócrata Jack Tanner lo visitó en uno de sus conciertos? A pocas horas de estrenado el esperado documental sobre la gira Rolling Thunder Revue con la que Dylan recorrió Estados Unidos entre 1975 y 1976 florecieron las pesquisas sobre las verdades y mentiras de una película notable. Es una paradoja muy actual: a las fake news les corresponde una búsqueda obsesiva de la verdad que puede pasar por encima la necesaria irresponsabilidad de un hecho artístico. Y lo cierto es que en plena fiebre de las biopics de rock stars (que vendrían a desnudar la verdad), Dylan y Scorsese presentaron como documental una obra que está salpicada de accidentes ficcionales, fakes, que así como distorsionan la reconstrucción de aquella gira son fieles al mito escurridizo sobre el que el que el ruiseñor de los ostrogodos construyó su personaje pop. Claro que el mecanismo paródico sobre la forma del documental es tan perfecto que es difícil no creer en que tenemos pendiente la filmografía del holandés Stefan Van Dorp, quien es presentado en la película como el cineasta invitado a la gira. Ahora sabemos que ese hombre no existe como nunca existió antes el alemán Alexander Schulz de Leipzig y su texto Die Vernichtung der Rose. "Si alguien tiene puesta una máscara te contará la verdad" dice Dylan a cámara en la película haciendo hablar a Oscar Wilde ("Dale una máscara a un hombre y te dirá la verdad") que, antes, hizo escribir a Borges. En aquella escena de Patti Smith con la foto de Rimbaud estaba todo cifrado, pues. Como el poeta maldito, Dylan, el Nobel, vía Scorsece, dice ahora "Yo es otro". Y ese otro, claro, es Jorge Luis Borges.

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