Catalejo: buena imagen
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Un inversionista y una galerista negocian un “Fontana”, valuado en más de un millón de euros. Es apenas una escena de una serie, cuya trama revela los dramas de los jóvenes millonarios que pasan el verano en el exclusivo balneario de Knokke-Heist, en Bélgica. La sorpresa es grata. Esta cronista hacía tiempo que no se cruzaba con una mención positiva sobre algo surgido en la Argentina. La historia de la filmografía mundial ha puesto a estas tierras como ejemplo para esconderse del mundo, para que voraces financistas propongan invertir en bonos basura de alto rendimiento en poco tiempo o de hogar impune para muchos nazis. Lucio Fontana era rosarino, había nacido en 1899, aunque su carrera se desarrolló en Europa, donde murió en 1968. Su obra, una copia, se muestra dos veces en Knokke-off (Mar de fondo, en español): colgada en la mansión del inversionista cuando su hijo y un amigo se mofan porque “no pueden valer tanto esos tres tajos” y cuando ellos mismos la roban y la aplastan con el auto al huir. Triste final para un Fontana, pero un instante de alivio para quien siempre se cruza con mensaje oscuros sobre cómo y para qué puede servir la Argentina que imaginan muchos guionistas.
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