Cosas de otra época (o no tanto)
Este fin de semana hice cosas de otra época. Escribí una carta en papel. Colmo de la anacronía, la puse en un sobre, pegué estampilla, usé buzón. También caminé (eso no es de otro tiempo, pero los detalles en los que me detuve quizás lo sean). Y me permití el pequeño lujo de que una voz humana me leyera, en vivo, textos escritos por otros seres humanos.
En esta misma sección, hace unos días, José Luis Brea escribió sobre el progresivo declinar –pero también la resistencia– del intercambio epistolar. Es que a su modo las cartas, y ese resto de tiempo que las acompaña, resisten.
Por caso, el sábado me descubrí tomando algo en Posdata, lugar que se autodenomina “primer café postal en Argentina” y es un pequeño y coqueto espacio gastronómico del barrio de Retiro y, a la vez, una unidad postal (la 5828 del Correo Argentino). El rato que estuve allí, el lugar rebosaba. Unas amigas celebraban un cumpleaños, una pareja compartía lectura de diarios, y en una mesa sobre la calle una mujer escribía, con calma, una carta. Me sumé al juego (¡cómo no hacerlo!), y me acomodé también en una mesa sobre la vereda, cerca del buzón rojo (un Maculus del siglo XIX, reliquia) en el que –justo en ese momento– la cumpleañera introducía un sobre mientras sus amigas celebraban y sacaban la selfie de rigor.
Estábamos en un pequeño oasis, un hueco de tiempo robado a la exigencia
Me pedí un café. También papel, sobres, estampilla. Me reservé la opción del sello lacrado (juego sobre juego) para otra vez. Pensé en el posible destinatario de la carta. Me puse a escribir, que fue como viajar en el tiempo. Del otro lado de la calle, se extendía la fachada de la Escuela Primaria N°2, Domingo Faustino Sarmiento. Buena coincidencia.
Ese mismo día me fui caminando, de Retiro a Monserrat, rumbo a la Casa de la Cultura (que funciona en el magnífico edificio que albergó al diario La Prensa). Allí estaba programado un encuentro del ciclo Un rato con libros, experiencia creada por Ana López y Mariel Lo Re que este mes y el que viene se está realizando en distintos espacios del emblemático edificio (la experiencia promete expandirse a Días con libros, en un campo de Azul... pero eso es otra historia).
En cada encuentro, López y Lo Re proponen un eje temático, llevan libros –muchos libros– que resuenan con esa idea, y van leyendo fragmentos especialmente elegidos. Tan simple y evocador como eso.
La cita del sábado se hizo en el patio de la Casa de la Cultura, entre las escaleras centenarias, un poco más allá de las salas con historia, la madera lustrada, la biblioteca. Había mesitas, sillas, y a cada asistente se le dio un papel con el listado de libros a recorrer y un lápiz para tomar notas. Tan simple, evocador ¿y de otra época? como eso.
El itinerario se llamaba “Tiempo transcurrido”; el eje temático era la historia. De 1400 a 2020, fragmentos de novelas, ensayos y libros-objeto que, de un modo u otro, remitían al impacto de distintos acontecimientos históricos.
No estábamos en una clase, ni en medio de una ponencia, ni en una charla-debate. Estábamos en un pequeño oasis, un hueco de tiempo robado a la exigencia: dos personas, con calidez y alegría, sacaban libros de una caja enorme y le ponían palabras al paso de los siglos. Lo único que había que hacer era dejarse llevar por el placer de la lectura en voz en alta. Que otro te lea.
Hubo fragmentos de El Farmer, de Rivera, de Momentos estelares de la humanidad, de Zweig, de El color del alba, de Lahens, de El loco de Dios en el fin del mundo, de Cercas, de Los viernes, de Juan Forn. Fueron dos horas que pasaron rápido. Cierto que, como decía la canción, “nunca voy a decir que todo el tiempo por pasado fue mejor”. Pero sí se puede decir que hay hilos de experiencia que vienen de lejos, y de los que merece la pena seguir tirando.
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