Las cartas nunca mueren
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Las estadísticas no mienten. En todo el mundo, cada vez se envían menos cartas físicas y cada año confirma que este medio, que gozó de buena salud hasta bien entrado el siglo XX, parece encaminarse hacia una inexorable desaparición.
Sí, hasta están perdiendo terreno en el prosaico rubro de las cartas documento y los telegramas, donde reinaban como fehaciente prueba legal. Hace ya unos años, el Correo Argentino habilitó una modalidad híbrida, bajo el gélido y burocrático nombre de Sistema de Imposición Electrónica (SIE), que las va desplazando también de este segmento.
La gente se comunica ahora por WhatsApp, Telegram, correo electrónico y videollamada, y los organismos públicos y las empresas privadas también dejan de lado el papel como soporte para enviar facturas, mensajes o intimaciones.
Pero, a pesar de todo, la carta, ese “trozo de papel escrito, ordinariamente cerrado, que una persona envía a otra para comunicarse con ella”, resiste. Cartas de amor, de amistad, de odio, confesionales, explicativas, suplicantes; cartas suicidas.
Textos de puño y letra que son testimonios de la historia grande, como los de San Martín a sus amigos encontrados el año pasado en Escocia; los de los soldados a sus mujeres e hijos desde las islas Malvinas durante la guerra, o como los ocultos dentro de libros que pertenecieron a Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.
También están aquellos que son testimonio de la historia pequeña. Seguramente todos conservamos alguno que habla de la nuestra. Ordenando cajas en casa, encontré hace un tiempo una pila de cartas de mis abuelos y mis padres. Son parte del intercambio regular que tenían con familiares que se habían quedado en España.
Me llamó la atención una de ellas, escrita con pluma, tinta negra y caligrafía esmerada; notoriamente antigua y conmovedora. Está fechada el 17 de noviembre de 1946, un viaje de casi 80 años y cuatro generaciones —me incluyo como un simple lector— a un pasado familiar remoto, milagrosamente intacto, eternamente vivo, virgen de las vicisitudes de la vida que vendrían más adelante.
En una cara, las líneas que mis bisabuelos enviaban a mis abuelos desde Galicia para contarles trivialidades de la vida campesina y ponerlos al tanto de las novedades. ¿Por qué habían atesorado esa carta y no tantas otras de esa época? La respuesta está en una oración: “Hemos terminado de arreglar el pasaje de los niños, gracias a Dios, que llevábamos tantas vueltas dadas como un molino”.
Los niños en cuestión eran mi papá José y su hermana María Emilia (“Maruja”); los pasajes, los lugares en el barco que cruzaría el Atlántico para traerlos a Buenos Aires al encuentro de sus padres y así permitir la reunión de esa familia desmembrada por la diáspora. Mis abuelos se habían lanzado a la aventura sin arriesgar a su prole, a la que habían dejado al cuidado de familiares hasta poder hacer pie en la nueva patria. Había llevado un tiempo. Él estaba por cumplir 16 años y ella tenía 14.
En la otra cara de la carta, mi tía Maruja les escribía a mis abuelos para agradecerles un envío de telas con las que ella, según contaba, se había hecho un vestido. También les decía que tenía muchas ganas de venir junto a ellos. Casi se podría decir, de conocerlos.
La tecnología hoy me permite ver y hablar con tíos y primos en España como si estuvieran a la vuelta de casa y, si quisiera, todos los días. Es inevitable pensar que, si todas las herramientas de comunicación actuales hubieran existido entonces, mis padres y mis abuelos habrían llevado mejor su desarraigo. O no. Quizás solo sería diferente, pero igual de duro.
Bienvenidos los avances, pero ustedes sabrán disculpar: las cartas son irremplazables. Emociones, recuerdos, confesiones, despedidas, encuentros y desencuentros se expresan en ellas como en ningún otro medio. Las cartas nunca mueren y lo siguen demostrando.
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