
De Arcimboldo a Mondongo
Por los pasillos de arteBA circulaba entusiasmado con lo que veía el galerista suizo Ivo Kamm, que mantiene fluida relación con artistas argentinos y que ha sido uno de los grandes promotores de la obra de Mondongo en el circuito europeo. "Vendí en muchos miles de dólares trabajos de ellos, no hay nada que se le parezca en Europa", confió a media voz, mientras sacaba una tarjeta de triple espesor del bolsillo de su saco Armani. Un galerista cool como Kamm sintonizó de inmediato con esa caja de sorpresas que es el colectivo Mondongo. El grupo nació en el 99 formado por Agustina Picasso, Juliana Laffitte y Manuel Mendanha. Agustina partió con otros rumbos y Mondongo son Juliana y Manuel. Sin aventurarse demasiado, podría decirse que en el ADN del colectivo hay algo del genio de Arcimboldo, dotado como nadie para los retratos con frutas y verduras. Mondongo tiene un pasado de pintura de caballete, al que sumó la destreza artesanal en el mejor nivel de una bottega romana. La muestra de paisajes del Mamba corta la respiración. Son 45 metros de un mural continuo que envuelve al espectador como lo hacen, salvando las distancias, las Ninpheas de Monet en el MoMA de NY. Sus primeros trabajos incorporaban materia orgánica, pero cuando el tiempo confirmó que esos materiales le daban a la obra fecha de vencimiento se aplicaron a lograr efectos pictóricos increíbles usando plastilinas preparadas por ALBA para Mondongo. Marca registrada. Como el galerista suizo, el mundo se ha rendido ante la obra que suma nombre marketinero, difusión y una factura que roza la dimensión de lo imposible. Fue Miguel Ángel Cortés, amigo y consejero de Felipe de Asturias, quien abrió las puertas del Palacio de la Zarzuela y facilitó el encargo de un retrato de los reyes y de don Felipe hechos con espejitos. Antes pintaron a Ruth Benzacar con fósforos, a Amalita con perlas falsas y retrataron a Jorge Glusberg con caramelos Media Hora. El material era el mensaje. Mas cerca en el tiempo, el retrato de Fogwill hecho con hilos es una obra maestra. Un rostro apergaminado que tiene la melancolía tallada en la trama textil. Mari Carmen Ramírez voló a Buenos Aires para vivir personalmente la experiencia de los paisajes envolventes. Quizás el universo entrerriano vuele a Houston.
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