De la costa atlántica a los canales de Venecia: un año decisivo para Matías Duville
Mientras integra el nuevo programa Pinamar Contemporáneo, el artista elegido para representar a la Argentina en la gran bienal habla sobre el territorio, los procesos y la necesidad de sostener lo experimental en proyectos complejos
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PINAMAR.- Para Matías Duville, 2025 fue un año decisivo en términos profesionales. Tras una trayectoria sostenida dentro del arte contemporáneo argentino, su trabajo recibió una confirmación de alcance internacional: fue elegido para representar al país en la próxima Bienal de Venecia. El proyecto con el que ocupará el pabellón nacional, Monitor Yin Yang, es el más ambicioso de su carrera hasta ahora: un dibujo monumental realizado con decenas de toneladas de sal y carbón, concebido para ser recorrido y modificado por el público.
En paralelo, su participación en Pinamar Contemporáneo (un programa de arte pensado para intervenir el espacio público de la ciudad costera con obras creadas específicamente para su territorio) lo destaca en otro de los ejes que atraviesan su carrera: la activación de proyectos artísticos fuera de los circuitos tradicionales y de la centralidad porteña. El programa propone intervenciones en el bosque y en el paisaje costero y pone el acento en qué ocurre cuando una pieza se instala en un contexto real, atravesado por usos cotidianos y por públicos que no siempre provienen del mundo del arte.

Entre la confirmación internacional que implica Venecia y el trabajo situado que propone Pinamar Contemporáneo, Duville observa un momento de inflexión en su carrera: habla del cierre de un año clave, del trabajo en equipo, de los desafíos que significan los proyectos a gran escala y de la necesidad de sostener lo experimental aun cuando todo parece estar cuidadosamente calibrado.
“2025 fue un año de muchas sensaciones”, señala a LA NACION. “Arranqué bastante tranquilo, con pocas expectativas. Sabía que estaban estos proyectos —la postulación a la Bienal de Venecia, trabajos en el exterior con una curadora estadounidense, ideas a muy largo plazo en París y Londres—, pero son cosas tan volátiles que no se sienten cercanas”.
La propuesta de Pinamar Contemporáneo surgió a partir de una invitación de Andrés Duprat (uno de los curadores, junto con el colombiano José Ignacio Roca) en una zona muy próxima a su lugar de vida. “Yo soy de Mar del Plata, y cuando me dijo que también estaba involucrado José Roca entendí que se trataba de un proyecto serio”, explica.
En paralelo, Duville avanzaba el trabajo para Venecia, un objetivo largamente deseado. “Siempre se vive como algo lejano, pero ocurrió: el proyecto fue seleccionado, y eso lo cambia todo, incluso hacia adelante, porque tiene una reverberación muy fuerte en el tiempo. A la vez, se fue encarrilando este otro trabajo en Pinamar, que me interesa desde muchos puntos de vista”, agrega.
Aunque el dibujo ocupa un lugar central en su producción, Duville desarrolla también proyectos que buscan extraer esa ficción del plano y llevarla al espacio físico. “Me interesa ver cómo fragmentos de ese imaginario mental que aparece en los dibujos se instalan en un contexto real. Ahí la dinámica cambia por completo: el espacio, los materiales, el público, todo es distinto”, dice.
En ese pasaje, procura preservar algo del estado inicial de las ideas. “Me interesa conservar cierto ‘limbo’ que tienen cuando funcionan en la mente, pero al llevarlas a la realidad hay que hacer ajustes, sobre todo cuando se trabaja en exteriores. Se trata de adaptar las ideas y encontrar cuál es el lugar indicado para que eso suceda”, explica.

—En una entrevista dijiste que a la Bienal vas a llevar un equipo muy marplatense. Y al mismo tiempo participás de un proyecto muy local como Pinamar Contemporáneo. ¿Pensás esto también como un gesto político, en el sentido de sacar el arte de los centros tradicionales, como Buenos Aires?
—Sí, me interesa eso. La configuración de la Argentina se dio de una manera muy centralizada, como en muchos países, pero acá eso es muy fuerte. Este tipo de proyectos empujan a salir de ese esquema donde uno ya imagina al espectador y los espacios de “seguridad”. Trabajar en lugares con una lógica tan marcada por la temporada, con momentos de mucha intensidad y otros de baja actividad, me resulta mucho más interesante. También hay algo de salir de la claustrofobia de la capital y expandir la idea de territorio. Yo trabajo en Mar del Plata, pero tengo estudio en Buenos Aires, mi vida está muy ligada a la ciudad. Aun así, siempre intenté buscar por fuera de ese circuito, que no tiene nada de malo, pero que también puede volverse muy endogámico y reducido, de corto alcance.
—Volviendo a la Bienal: ¿el equipo es cien por ciento marplatense, decías en una entrevista con LA NACION?
—No, no es cien por ciento marplatense. Hay mucha gente de Mar del Plata, sí, pero es un equipo grande, con personas de distintos lugares. Lo que quise decir con eso es que para mí es muy importante trabajar con un grupo con el que ya tengo una historia compartida. Eso agiliza muchísimo el trabajo. Esta es una ocasión perfecta para decir: “Quiero hacer este proyecto con este equipo que conozco desde hace tiempo”. Son proyectos con muchas capas, muchos niveles, y con muy poco tiempo de organización. La única manera de que eso funcione es confiar: saber cómo trabaja cada uno, delegar, y que al final todo se amalgame. Esa arquitectura está muy pensada, pero aun así el proyecto tiene que conservar algo fresco, ese impulso inicial.
—O sea, que todo encaje como en un Tetris, pero sin perder lo experimental.
—Exacto. En proyectos con tantas capas, no hay que descuidar la parte experimental. Tiene que estar ese impulso primario de querer crear. Si se pierde, todo se vuelve predecible, fácilmente digerible, como si se intentara ocultar el proceso, cuando en realidad ahí es donde más se notan los hilos. Lo más difícil —y lo más fantástico— es cuando todo está muy bien calibrado, pero la obra conserva un aspecto experimental, casi primario. Por más pruebas de estudio que hagas, cuando llegás al lugar pasan cosas nuevas: es un contexto nuevo, un territorio nuevo, y eso activa algo en el cuerpo. Eso me encanta.

—¿No te genera nervios trabajar en lo desconocido?
—No, no me genera nervios. Es una emoción que vivo bien. Me parece que la pregunta también activa la idea del error. Estamos muy formateados a pensar que todo tiene que ser un éxito y que hay una sola manera de que algo esté bien. Para mí hay infinitas maneras de que algo funcione, y también de que no. ¿Qué sentido tiene hacer todo esto si uno está paranoico con que las cosas no salgan? Yo no pienso así. Abrazo esa posibilidad y hago lo mejor que puedo, sabiendo que hay muchas variables que no controlo, sobre todo en un evento tan grande como la Bienal. Eso impredecible me parece fantástico; si no, todo sería muy aburrido.
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