Dolly Onetti: “Para Juan, la ficción era un lugar donde se vive”
La viuda del escritor, que fue reconocido a 40 años de su llegada a Madrid, evoca los años del boom y la vida lejos del Río de la Plata
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MADRID.- Hace 40 años, Juan Carlos Onetti (1909-1994) y su esposa, Dorotea Muhr, desembarcaban en Madrid. Los meses anteriores en Montevideo habían sido arduos: el escritor estuvo en prisión a causa de su fallo como jurado de un concurso de cuentos donde el relato ganador había sido considerado "pornográfico" por la dictadura uruguaya. En la capital española, el autor de El astillero encontró su refugio y oasis. Jamás regresó a su casa en el Río de la Plata. Fue en el departamento de la avenida América, en uno de los centros neurálgicos de la ciudad, donde recibió la noticia de que había sido merecedor del Cervantes, la máxima distinción a las letras en castellano. "Llegué con la convicción de que lo había perdido todo. Esta sobrevida es lo que les debo a los españoles. Le dieron el premio a alguien a quien desde su juventud estaba acostumbrado a ser un perdedor sistemático, a un permanente segundón", decía su discurso de agradecimiento en 1980.
Como homenaje a este "segundón", el Teatro Real español estrenará en 2016 una ópera, La ciudad de las mentiras, con dirección musical de Titus Engel y puesta de Matthias Rebstock y Elena Mendoza, que entrelaza cuatro historias de Onetti. Dorotea, conocida por todos aquí como Dolly, de 90 años, vive en Buenos Aires. Viajó al verano europeo para asistir a un homenaje que se realizó a su marido. El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa -escribió El viaje a la ficción, El mundo de Juan Carlos Onetti- y el periodista y editor Juan Cruz brindaron recientemente una conferencia sobre la obra e influencia de este autor. Onetti, una de las plumas olvidadas por el boom latinoamericano, es recordado a medida que pasan las décadas y reivindicado por sus colegas, por su prosa magistral e innovadora.
-¿Se sentía Onetti de verdad un "segundón" en la literatura?
-No, no le importaba nada. Él escribía porque lo hacía feliz y no podía vivir sin hacerlo. Cuando venían los premios, venía el dinero. Juan tenía temor cuando vinimos a España porque no teníamos futuro; si bien él tenía una beca [del Instituto de Cultura Hispánica], ya era mayor, con 66 años. Quería seguridad y al final con el Premio Cervantes la tuvo. Tuvimos mucha suerte porque el año anterior lo había ganado Borges, compartido con Gerardo Diego? una vergüenza que no se lo dieran entero. Con ese premio nos compramos el piso donde vivimos, dos oficinas y gracias a eso vivo todavía con mi hermana.
-¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?
-Era volver a un país distinto. Habían pasado muchos años de dictadura, la gente y él estaban más viejos. Él, además, era un tipo muy cómodo y odiaba viajar. Lo hubiese hecho si le importaba, pero mucha gente se había muerto. Estaba cómodo acá y además estaba escribiendo? y tenía también vergüenza, por tanta gente que vino con una mano atrás y otra adelante y a él lo habían ayudado con una beca.
-¿Cómo vivía en España?
-Pienso que si hubiese venido 20 años antes, ya que le habían prometido ser agregado cultural en la embajada, las cosas hubiesen sido distintas. A Juan le gustaba y sabía mucho de pintura, pero ni siquiera fue al Museo del Prado.
-¿Por qué? Está el mito de que no salía de su cama ni de su casa.
-No salía nunca, salvo cuando estaba obligado, y tomábamos un taxi e iba leyendo por el camino. Una vez vino una periodista y le preguntó qué le parecía Madrid y él respondió que no la conocía. Estaba siempre leyendo y escribiendo en la cama, porque le resultaba cómodo, aunque tenía el codo a la miseria. Sólo cuando comía se sentaba a la mesa. Hasta que llegó a Madrid había trabajado siempre como director de bibliotecas en Uruguay. No tenía la obligación de salir de su casa porque trabajaba allí, y estaba dedicado a su tarea como escritor.
En el Museo del Escritor de la calle Galileo, Dolly camina junto a Gabo, el perro de los argentinos Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, que dirigen este centro que alberga gran parte de la biblioteca y objetos que pertenecieron a Onetti durante sus años en España. Dolly es violinista e integró la Orquesta del Sodre en Uruguay, y más tarde la Sinfónica de Madrid, donde acompañó a Plácido Domingo y a Montserrat Caballé, entre otros. Onetti y Dolly, cuarta mujer del escritor, se conocieron a mediados de los años 50. Cuando ocurrió el encuentro, él escribía La vida breve y decía que Dolly se interpuso en su realidad y en su ficción de una manera tan contundente que incorporó al texto el personaje de la violinista: "Eso tiene que ver con lo que me decía Juan: mis personajes son la realidad; vos, un fantasma. Es decir: la ficción, para él, era un lugar donde se vive". Al poco tiempo, en 1955, contrajeron matrimonio.
-¿Cómo la conquistó?
-No tuvo que hacerlo. Estaba seducida por él. Él tenía todo el arte y la técnica. Me regaló un poema de Neruda, ese que dice "Mujer, nada me has dado y sin embargo"...y a mí me impresionó mucho. Tiempo después cruzó a Neruda en un congreso y quería ir a agradecerle, pero no se animó.
-¿Cómo se lleva con el hecho de ser custodia de la memoria de Onetti?
-Es muy curioso lo que me ocurre. En Buenos Aires soy Dorotea Muhr, estoy en un ambiente musical, donde todos mis amigos son músicos. Casi nadie me habla de Juan. En cambio, en Madrid, soy Dolly Onetti, siempre alguien me lo recuerda. Es muy hermoso y lo necesito.







