
El desierto mató a su soberana
El autor de La reina Isabel cantaba rancheras, que vino a Buenos Aires para presentar su novela (Planeta), trabajó como minero en los salitrales chilenos. En este reportaje cuenta los orígenes de su relato en el que la ficción y la realidad se mezclan de un modo extraño y poético
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LOS escritores chilenos tienen quienes los lea. En los últimos años, y a partir de José Donoso, fueron apareciendo autores que llegaron a las portadas del TSL (suplemento literario del diario Times, de Londres), clasificados bajo la etiqueta de "nueva narrativa" chilena. Carlos Cerda, Arturo Fontaine Talavera, Carlos Frana y Gonzalo Contreras son algunos de ellos. Hay también autores más juveniles, como es el caso de Alberto Fuguet y el de sus seguidores, y otros más aislados y no menos exitosos como Marcela Serrano o Hernán Rivera Letelier. Este es una especie de Roberto Arlt, pero rural (más precisamente del salitre), ya tiene dos novelas publicadas y miles de lectores. La Reina Isabel cantaba rancheras llega ahora a la Argentina de la mano salada de su autor.
-¿Vida y literatura siempre fueron inseparables para usted?
-No podría vivir sin escribir y, además, pienso que de no haber vivido lo que he vivido, no habría podido escribir lo que he escrito, lo que escribo.
-Cada vez que se lo presenta como autor, se hace referencia a su experiencia de trabajo en las salitreras. Háblenos de la relación entre ese período y su obra.
-Me alegra que me incite a hacerlo. El origen del autor (cuna de oro o cuna de mimbre) no tiene nada que ver con la calidad artística. Yo siempre me negué rotundamente a anteponer el autor a la obra, y lo más importante para mí es sentir que estoy entregando un producto bueno.
-Volviendo a su vida en las salitreras, ¿solía usted observar atentamente la naturaleza, olvidando, por momentos, el trabajo? Le digo esto porque en La reina Isabel..., por ejemplo, aparecen con más frecuencia el goce y la comprensión de las prostitutas que la explotación y el cansancio.
-Cuando yo trabajaba en las salitreras tendía a contemplar el entorno. Yo llamaba "contemplación" a esa actividad, mis jefes lo llamaban "correr el zorro", o sea, hacerle el quite al trabajo. Yo trabajaba por turnos. En los turnos diurnos era tan hermoso ver el amanecer en el desierto , como estar allí al mediodía, en la inmensidad de esas llanuras blancas. Allí se sentía verdaderamente el vértigo de la redondez de la tierra. Pero lo que a mí me resultaba impagable era lo que ocurría en las noches, sobre todo en las noches sin luna. Sucedía que a veces se cortaba la energía eléctrica, que automáticamente todas las maquinarias se paraban y que todo quedaba envuelto en la oscuridad más absoluta. Mis compañeros de trabajo aprovechaban ese incidente para meterse bajo las cobijas de sacos y echarse una pestañadita. Yo, ahí, en medio de la oscuridad, me tiraba de espaldas en la arena y me ponía a contemplar, fascinado, las constelaciones de esos cielos, que son los más diáfanos del planeta.
-¿La Reina Isabel es una prostituta que conoció en la vida real?
-Sí, como casi todos los personajes del libro. A casi todas esas legendarias prostitutas que aparecen en la novela las conocí personalmente porque conviví con ellas en los buques, donde vivía todo el solteraje de la pampa, repartido en una suerte de ciudadelas amuralladas dentro del campamento, con piezas o camarotes de cuatro por cuatro. Allí vivían los hombres solos y allí llegaban las "niñas de los buques", como llamaban a las prostitutas, para ejercer su profesión. En cuanto a los personajes masculinos, la mayoría de esos hombrones épicos fueron mis compañeros de trabajo en la mina, viejos mineros buenos para la pega, para el trago y para la talla.
-La poesía está presente en La Reina Isabel cantaba rancheras no solamente a través de la mirada, sino también a través del estilo.
-Lo que yo pretendo es hacer de cada novela un poema, robarle el fuego de la magia a la poesía y prestárselo a la prosa. Pero no para hacer esa cosa ambigua que detesto y que llaman prosa poética. Lo que pretendo es inventar una poesía para lo prosaico, volver mágico un hecho cotidiano nada más que por el modo de contarlo.
-¿Cuándo decidió contar la historia de la Reina Isabel?
-Fue la historia la que decidió usarme para que la contara. Corría 1974, un año después del golpe de Pinochet, y yo vivía en los buques de la oficina salitrera Pedro de Valdivia. Allí conocí a esa mujer a la que llamaban Reina Isabel; la conocí pocos días antes de que la encontraran muerta en su camarote. Dieciséis años más tarde, me senté a escribir un cuento y en ese cuento apareció de pronto la muerte de la Reina isabel. Su féretro inmenso, "ese mito yacente de su cuerpo glorioso", como dice el Poeta Mesana, no me cupo entonces en el pequeño nicho de un cuento, y de esa manera nació la novela.
-Con la muerte de la Reina Isabel muere también una época, un sistema.
-En la novela, la muerte de la Reina Isabel es simbólica. Con ella comienza a morirse la pampa y el desierto vuelve a quedarse desierto. Pero la verdad es que la pampa, y específicamente la industria salitrera, comienzan a morir mucho antes. El desierto se ha convertido en un osario de pueblos muertos. Pienso que los hombres del salitre escribieron una parte importante de la historia en Chile. Una historia que muchos quieren olvidar. No en vano la pampa fue la cuna del sindicalismo en el país. En la pampa se produjeron las más grandes matanzas de obreros que recuerda la historia hispanoamericana. Como a mis personajes, a mí también Isabel me cambió la vida. Después de la publicación de la novela pasé de ser proletario a ser propietario.
Por Silvia Hopenhayn
Para
La Nacion
- Buenos Aires, 1998


