
El esperado regreso de Milan Kundera
La fiesta de la insignificancia. Su nueva novela, que publica Tusquets, llegará a la Argentina la semana próxima. El autor checo, considerado por Roberto Calasso "uno de los pocos grandes escritores vivos", vuelve n este libro, a través de una parábola fellinesca, al arte que domina con maestría: las narraciones en las que la literatura se funde con la filosofía Por Alessandro Piperno / Corriere della Sera
1 minuto de lectura'
En pocas palabras, ocurre lo siguiente: me siento en el sofá a darle una ojeada al ejemplar de prueba de la nueva novela de Milan Kundera. Prendo la tele y le bajo el volumen con la celeridad de un videodepen- diente. Mientras recorro maquinalmente los canales con un pulgar sobre el control remoto, con el otro pulgar voy pasando muy por arriba las páginas del libro. Levanto la cabeza y ahí, en la pantalla del Canal Sky, me encuentro con Roberto Calasso, el editor italiano de Kunde- ra, que habla de los cincuenta años de su casa editorial. Abandono por un momento el libro de Kundera y subo el volumen, para ocuparme de su editor. Sé que Kundera no se lo va a tomar a mal. Al fin y al cabo, es una de esas casuali- dades que a él tanto le gustan: "El azar sólo se presenta como un mensaje", escribió en La insoportable levedad del ser. El azar, entonces, me presenta una gustosa epifanía: cuando le preguntan por su amistad con Kundera, Calas- so responde con sorna lapidaria que "es uno de los pocos grandes escritores vivos, y cuando digo pocos, quiero decir que para contarlos alcanza con los dedos de una mano".
Una verdad incontrastable que me hace de tenerme a pensar por qué Milan Kundera se- ría uno de los poquísimos grandes escritores vivos, y a encontrar de inmediato la respuesta: porque para él, no hay diferencia entre la li- teratura y la filosofía. Como para Rabelais y Montaigne, para Kierkegaard y Nietzsche, pa- ra Musil y Broch... ¿Narrativa? ¿Ensayística? ¿Literatura? ¿Filosofía? ¿Para qué perder el tiempo en esas distinciones, si en el fondo, to- das se ocupan apasionadamente de lo mismo? "Ensayo irónico, narrativa novelesca, fragmen- to autobiográfico, hecho histórico, vuelo de la imaginación: la fuerza sintética de la novela es capaz de combinar esos elementos en un todo orgánico, como las voces de una música polifónica." Eso decía años atrás Kundera en diálogo con Philip Roth, ¡otro de los dedos de la mano! Y no lo decía por decir. Desafío a cual- quier lector, incluso al más ladino, a abrir un libro de Kundera que no conoce y a descubrir en pocos segundos si se trata de una novela o de un ensayo. Y no porque escribe novelas con precisión de ensayista o porque escribe ensa- yos con la habilidad de un novelista, sino simplemente porque para él, ciertas distinciones no cuentan, y porque cuando se sienta frente a su escritorio –suponiendo que lo tenga– no piensa: "Es hora de escribir un ensayo" o: "Es hora de escribir una novela". Lo que piensa, probablemente, es que "es hora de escribir".
Su fidelidad consigo mismo a lo largo de los años ha sido encomiable, y hasta ha superado el trauma que implica el paso de un idioma a otro: hace tiempo que Kundera abandonó su lengua materna por el francés. Kundera siguió siendo Kundera: el medio tono de un estilo so- briamente paratáctico, rapsódico y entreteni- do. Casi todos los libros de Kundera, en especial los últimos, están conformados por breves capítulos, parábolas que sólo en apariencia es- tán desvinculadas entre sí. Pero detrás de esa fachada chisporroteante, el rasgo más característico y sobresaliente es la voz.
En Kundera, la voz del que narra y la voz del que reflexiona son una misma voz, una voz que tiene terror de caer en lugares comu- nes, y que por lo tanto avanza en círculos, o al menos en diagonal. Es la voz alusiva, pícara e irreverente de un libertino del siglo XVIII. Los pensamientos de Kundera son sensuales y desconcertantes como las heroínas de sus novelas, y la sensualidad radica en que Kundera difícilmente se enamora de una opinión, sino que trata las opiniones con desenvoltura eróti- ca. No sorprende la veneración que le profesa a Diderot, a quien años atrás hasta le dedicó una obra de teatro. De Diderot, Kundera aprendió que pensar es una actividad prostibularia y que narrar es un delicioso pretexto.
Todo esto hace de Kundera un escritor de sorprendente inactualidad. Hoy en día, todos tienen opiniones sobre todo: sobre la cultura, la política, la economía y la gastronomía; sobre los hombres y las mujeres; sobre la honestidad, la deshonestidad, el bien y el mal. Y usan cualquier medio, hasta los más epigramáticos, pa- ra comunicarlas. Kundera trata las opiniones fuertes con mucha cautela. Supongo que esto responde a una deformación biográfica: su vieja lucha contra el totalitarismo, una verdadera obsesión que condiciona todo lo que escribe.
No soy un historiador de las ideas, y por lo tanto, me excuso por mi ingenuidad, ¿pero qué es una sociedad totalitaria si no un lugar en el que las opiniones fuertes han adquirido tanta relevancia institucional que se convierten en obtusas y amenazantes? Y en algunos casos, hasta homicidas. Kundera reacciona ante la
fuerza beligerante de las opiniones fuertes con su desprejuicio intelectual. Su devoción por la novela parece desprenderse justamente de la idea de que la novela es un lugar de cancelación del juicio. En Los testamentos traicionados:
La suspensión del juicio moral –escribe– no constituye la inmoralidad de la novela, sino por el contrario, constituye su moral. Una mo- ral que se contrapone a la inveterada práctica humana que consiste en juzgar a todos y a todo, de inmediato y en continuado, juzgar de ante- mano y sin haber entendido. Desde el punto de vista de la sabiduría de la novela, esta ferviente predisposición a juzgar es la más execrable es- tupidez, el peor de todos los males.
Para no correr el riesgo de convertirse, a su vez, en un arrogante ideólogo, Kundera se pa- rapeta en la ironía, el chiste y la sátira: "Entre novelistas y lectores, el pacto debe ser claro desde el inicio: todo lo que aquí se narre, por terrible que pueda ser, no es en serio".
Si tuviese que dar una definición de lo que es un gran escritor, diría que es aquel cuyos libros, escritos a lo largo de toda su carrera, compo- nen un libro único, a veces incluso aburrido, y largo como una vida humana.
Desde el arranque, es evidente que la más reciente novela de Kundera, La fiesta de la in- significancia, es una nota al pie de página del "gran libro kunderiano". Empieza con cierto personaje llamado Alain, que camina por Pa- rís mirando a las chicas y reflexionando sobre el ombligo de ellas, sobre cómo esa parte del cuerpo femenino ha influido en el imagina- rio erótico contemporáneo. Una idea estram- bótica e inútil que mucho le habría gustado a Fielding.
¿Qué es La fiesta de la insignificancia? Un d- vertimento surrealista, una parábola fellinesca en la que se alternan personajes que se debaten en elucubraciones extravagantes. Charlatanes, peripatéticos, medio borrachos, un poco vanos, a veces demasiado abstractos, pero a quién le importa. Cada tanto, aluden a un inventor, que según supongo, es el propio Kundera. Y en efec- to, Kundera los trata como marionetas. Los azu- za y los comprende. A ellos les confía sus clásicos temas: desde la involuntaria comicidad de los dictadores comunistas hasta la futilidad de toda experiencia humana.
En determinado momento de su derrotero urbano, Alain se choca con una chica. Descolo-
cado, se disculpa, mientras que ella lo increpa. Segundos después, Alain reflexiona sobre la lo- cura que acaba de ocurrirle. ¿Por qué lo insultó esa chica? ¿Y por qué él le pidió disculpas? En el fondo, ambos eran culpables e inocentes de ese nimio accidente. Así es como Alain comprende quelossereshumanossedividenendosgrandes categorías: los que siempre piden perdón y los que no hacen otra cosa que acusar a los demás.
Sentirse culpable o no sentirse culpable. En mi opinión, ésa es la cuestión. La vida es una lucha de todos contra todos. Eso ya es sabido. Pero en una sociedad más o menos civilizada, ¿cómo se libra esa lucha? No podemos tirarnos unos encima de otros no bien nos vemos. Para com- pensar, tratamos de endosarles a los demás la ignominia de la culpa. El ganador será quien logre hacer del otro un culpable.
Por cierto que ése es un tema dostoievskia- no (Memorias del subsuelo), pero en este ca- so declinado con la gracia de Kundera, o por decirlo de otra manera, sin rencor. Como no hay rencor tampoco en ninguna parte del li- bro, ni siquiera cuando pone en escena a su verdadera protagonista, la insignificancia, sin apelar a un tono oracular o apocalíptico. Un personaje dice:
La insignificancia es la esencia de la vida. Y nos acompaña siempre y a todas partes: en el ho- rror, en las más cruentas batallas, en las peores tragedias. Muchas veces tenemos el coraje de reconocerla en las situaciones más dramáti cas, y hasta de llamarla por su nombre. Pero no basta con reconocerla: hay que amarla. A la insignificancia hay que aprender a amarla.
De hecho, tendemos a conferirles una im portancia crucial a nuestras tragedias, por más que no tengamos ninguna. Nos gusta transfigurar nuestras alegrías, a pesar de ese cuentito que nos contamos a nosotros mismos. Nada tiene un sentido, nada tiene un porqué. Ni el luto más desgarrador tiene sentido: no encontrará alivio, no conocerá rescates celestes. Ni la belleza, toda esta belleza –la encantadora luz de octubre sobre Roma– alude a algún significado superior, ni promete otra cosa que su pronta desaparición. ¿Pero quién dijo que no radique en eso mismo la belleza de la vida?
Traducción: Jaime Arrambide



