
El filósofo Michaël Foessel advierte sobre los riesgos de la IA: “Vigilancia generalizada y pérdida de experiencias sensibles”
El francés considera que hay Estados que en vez de regular se unen a las grandes compañías tecnológicas; habla sobre la influencia de Musk y OpenAI sobre Trump; “en Europa, el consenso en torno a la democracia está ampliamente debilitado”, dice
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Michaël Foessel (51) es un reconocido filósofo francés que se especializa en las crisis políticas, en el sentido y los riesgos de la experiencia democrática. Es profesor en la École Polytechnique. Además, dirige junto a Jean-Claude Monod la colección L’Ordre philosophique en la editorial Seuil. Y es columnista en el diario Libération.
Foessel será uno de los tres oradores de la charla inaugural de la “Noche de las Ideas”, que tendrá lugar este 22 de mayo en el Teatro Colón, en Buenos Aires.
En una entrevista con LA NACION, considera que la IA “sin duda” reemplazará una cantidad considerable de empleos, no industriales ni de obreros. Dice que el peligro de los grandes “patrones tecnológicos” (se refiere a Elon Musk, Mark Zuckerberg, Peter Thiel, entre otros) es que asocian su poder “a utopías tecnófilas de tipo transhumanista y a veces francamente reaccionarias”.
“El crecimiento estadounidense está impulsado en gran medida por la IA, lo que también lo hace frágil”, analiza. Considera que aunque la historia no se repite “hay dinámicas que sí” como la pérdida de la fe en la democracia, el odio a los extranjeros y el crecimiento de la desigualdad social.
Y sostiene que líderes como Donald Trump, Georgia Meloni y Javier Milei comparten algo: “Fueron elegidos democráticamente y practican políticas orientadas a debilitar el estado de derecho”.
La Noche de las Ideas es impulsada por el Institut français d’Argentine (IFA) y el Ministerio para Europa y de Asuntos Exteriores de Francia y va por su décima edición.
-¿Puede la Inteligencia Artificial en un período corto de tiempo? ¿Imagina un futuro cercano donde todos los trabajos serán reemplazados?
-No estoy seguro de que exista algo como una “naturaleza humana”, y por ende no creo que la IA pueda modificarla. No sabemos con precisión qué es la inteligencia humana, que tiene una dimensión de creatividad e imprevisibilidad como lo demuestra todo gran descubrimiento científico, por lo que estamos aún lejos de poder hacerla artificial. Creo, en cambio, que las técnicas de la IA podrán reemplazar todo aquello que hemos vuelto reemplazable. Por ejemplo, la traducción de textos técnicos e informativos, pero no la de textos literarios, que requiere imaginación y un conocimiento íntimo de la lengua. Sin duda se destruirá un número considerable de empleos, y esta vez no ocurrirá en el ámbito de los empleos industriales y obreros, sino en el de los cuadros y las profesiones que practican lo que la máquina practica infinitamente mejor que el hombre: los cálculos. Cabe imaginar, por supuesto, un ingreso mínimo para compensar esos empleos perdidos. Pero sobre todo podría intentarse rehumanizar el trabajo, hacerlo menos automático en amplios sectores de la sociedad, y así suscitar en los consumidores y ciudadanos el deseo de dirigirse a humanos en lugar de máquinas en sus interacciones.
-¿Son Elon Musk, Sam Altman, Mark Zuckerberg, Peter Thiel, entre otros, los que están detrás de las grandes decisiones en el poder global?
-El poder de los grandes industriales y de los grandes financieros en un sistema capitalista no es algo nuevo. Lo que sí es nuevo con los grandes patrones de la tecnología es que suelen asociar su poder a utopías tecnófilas de tipo transhumanista y a veces francamente reaccionarias. Es el caso sobre todo de Musk. Hay que cuestionar su proximidad con el gobierno norteamericano de Trump y su influencia en sus decisiones. Ya sabemos que el crecimiento estadounidense está en gran medida impulsado por la IA, lo que por lo demás lo hace frágil. Una empresa como OpenAI está capitalizada en más de 800 mil millones de dólares, pese a no haber generado aún el menor beneficio. Más allá del riesgo vinculado a las burbujas especulativas, cabe interrogarse sobre los efectos de este poder de la tecnología en la automatización y la virtualización del mundo, con todo lo que ello implica en términos de vigilancia generalizada y de pérdida de experiencias sensibles.

-¿Qué piensa sobre empresas como Palantir, que manejan con IA grandes bases de datos?
-Palantir es una empresa especializada en el tratamiento y análisis mediante inteligencia artificial de datos sensibles. Hasta donde sé, trabaja con servicios de inteligencia y empresas privadas interesadas en la recolección de información. También ofrece «asesoramiento» a los Estados en materia de prospectiva militar. Todas estas actividades se basan en el beneficio financiero que, en las sociedades de la información, puede obtenerse a partir del conocimiento y la previsión de los actos, los gestos e incluso los pensamientos de cada individuo. Que Peter Thiel sea uno de los fundadores de esta empresa no tiene nada de sorprendente si se conoce la mezcla de confianza en la técnica y de desconfianza hacia los derechos democráticos que compone su ideología. Thiel declaró en 2009 que ya no creía «que la democracia y la libertad sean compatibles». La libertad que defiende es únicamente la individual, la de emprender, y la democracia que critica se funda en el respeto de los derechos y la creencia en el progreso colectivo. Empresas como Palantir no son ideológicamente neutras: apuntan a imponerse sobre los Estados o a influir en los gobiernos, en Europa y en todas partes.
-¿Son los gobiernos capaces de regular a las empresas tecnológicas o es demasiado tarde?
-La Unión Europea ha dado algunos pasos hacia la regulación de las multinacionales tecnológicas. La cuestión que se plantea no es solo fiscal, no reside únicamente en la tributación de estas empresas frecuentemente deslocalizadas. Se trata, más aún, de fijar límites jurídicos a la instauración de lo que el filósofo Gilles Deleuze llamaba las «sociedades de control». El control designa el modo en que los propios individuos participan en su vigilancia, por ejemplo proporcionando información sobre sus desplazamientos, sus consumos, sus deseos, etc. Lo digital y la biometría permiten esta colaboración forzada entre individuos y sociedades de control. No estoy seguro de que la resistencia provenga únicamente de los Estados: muchos de ellos tienen más bien tendencia a participar en esa vigilancia generalizada por razones de seguridad. Creo más bien en una toma de conciencia colectiva y en las reacciones de la sociedad civil.
-¿Está la sociedad preparada para los cambios acelerados? ¿Enfrentamos como sociedad un futuro oscuro?
-Se habla con frecuencia de las sociedades occidentales como «posdemocráticas». En Europa, es evidente que el paréntesis abierto por el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los fascismos está cerrándose: el consenso en torno a la democracia está ampliamente debilitado. El aumento de las desigualdades sociales internas a las sociedades occidentales hace dudar de las promesas democráticas de justicia social, y el vínculo entre democracia y paz se ve debilitado por la multiplicación de los conflictos (incluida la guerra en Ucrania, en suelo europeo). Como ocurre cada vez que grandes mutaciones técnicas tienen lugar en un contexto de crisis, la tentación es recurrir a soluciones autoritarias. Pero no creo que el futuro esté escrito de antemano. También en Europa, la derrota electoral de Orbán en Hungría o el rechazo por parte de los electores italianos del proyecto de Meloni de tomar el control de la institución judicial por parte del gobierno demuestran que existe un apego real de los pueblos al Estado de derecho.
-¿Qué piensa de líderes como Trump, Meloni, Milei, Putin? ¿Están influenciados por intereses específicos?
-Los líderes que usted menciona son bastante distintos entre sí, pero es cierto que tienen el punto en común (excepto Putin) de haber sido elegidos mediante elecciones regulares y de practicar, en grados diversos, políticas orientadas a debilitar el Estado de derecho. La indiferencia de Trump hacia las condenas judiciales que han recaído sobre su política de anti-inmigración y el ICE es muy reveladora. La concentración del poder en manos del Ejecutivo (en detrimento del Congreso y del poder judicial) es un fenómeno que afecta a casi todas las democracias y tiende a desnaturalizarlas. El argumento es siempre el mismo, y se remonta a Platón: la democracia sería impotente para gestionar los períodos de crisis. Sería preferible un poder centralizado, autoritario y que se niegue a estar limitado por las reglas del derecho. Pero este argumento ha demostrado su falsedad en mil ocasiones: no se ve por qué un hombre o un equipo solos serían más inteligentes que una deliberación colectiva. Las decisiones de Putin y de Trump en materia militar fueron tomadas de manera arbitraria, pero también han evidenciado su falta de preparación, sumiendo al mundo en una crisis sin fin.
-¿Con qué período de tiempo histórico podría comparar -si es factible- el tiempo en el que vivimos?
-Las comparaciones históricas son siempre arriesgadas, pero tampoco creo en las tesis «presentistas» que consideran que todo es nuevo en nuestro mundo. Ni la crisis económica, ni las respuestas autoritarias que se le dan, ni el lugar de las nuevas tecnologías (hoy la IA, ayer la radio) son inéditos en estas reconfiguraciones del poder. En un libro (Récidive, 1938) intenté señalar los ecos entre la situación francesa actual y la de finales de los años 1930. No porque la historia se repita, sino porque existen lógicas en la historia moderna de las que no hemos salido. El abandono de la fe en la democracia, el rechazo a los extranjeros, la explosión de las desigualdades sociales y el aumento de los peligros militares se expresan de manera diferente según las épocas, pero producen escaladas hacia los extremos que pueden compararse. El recurso a las analogías históricas no sirve, por lo demás, solo para despertar la democracia: también señala caminos para hacer frente a los peligros.




