El regreso de Gargantúa

En Para leer a Rabelais (Eudeba), la autora de esta nota y otros estudiosos analizan la obra del creador de Pantagruel
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12 de diciembre de 2009  

Una extensa historia de desencuentros ha signado la relación de los hispanohablantes y Maître François Rabelais (¿1483 o 1494? - 1553), el médico, clérigo franciscano y luego benedictino, que logró la hazaña de transmutar en deslumbrante ficción las preocupaciones centrales del Humanismo y el legado de la cultura cómica tradicional, en el ciclo de sus cuatro (o cinco) libros de gigantes, una de las altas cumbres de la literatura europea del Renacimiento.

En efecto, Gargantúa y su hijo, que tantas veces se burlaron de la lentitud de los trámites legales, demoraron casi cuatro siglos en obtener la visa para cruzar los Pirineos. Así, la obra de Rabelais, que había sido traducida al alemán por Johann Fischart en 1575, al inglés por sir Thomas Urquhart en 1653 y al holandés por alguien que firma como Claudo Gall´Italo en 1682, tuvo que esperar hasta principios del siglo XX para ser traducida al castellano. La primera versión de Gargantúa en nuestro idioma fue publicada en 1905 y la de los cinco libros, en 1923. Los motivos de ese largo desencuentro son muchos y complejos.

Durante los siglos XVI y XVII, traducir Rabelais al castellano no sólo era una empresa de alto riesgo por la complejidad y la riqueza de su lengua (factor sin duda considerable pero insuficiente para explicar por sí mismo el fenómeno), sino sobre todo por la censura de la Inquisición y las olas de francofobia que desató, en las clases dominantes y la elite intelectual españolas, la tensa relación entre Francia y España, que tan a menudo llevó a ambas naciones al enfrentamiento armado. En los hechos, fuera de las áridas páginas de los Index Librorum Prohibitorum madrileños de 1620, 1640 y 1667, que prohíben a Maître François y lo clasifican entre los autores más perniciosos (es decir, aquellos cuyas obras son prohibidas sin expurgación posible), sólo hay tres menciones de Rabelais en la España del Siglo de Oro. (Y curiosamente las tres se relacionan, de diversos modos, con el dueño de la pluma más afilada de la época, es decir, don Francisco de Quevedo.)

Dificultad lingüística, intransigencia religiosa y enfrentamiento político son los elementos que confluyeron en ese primer desencuentro. Y tal vez no sea casual que cuando por fin Maître François llegó a España, estos elementos se replantearan. Su denodado primer traductor a nuestra lengua, el abogado riojano Eduardo Barriobero y Herrán, afirmaba en 1923:

Nuestra nación ha sentido siempre, o al menos ha exteriorizado, un gran desdén, sino una gran aversión, hacia la persona y la obra de Rabelais [...]. Muchos son los autores españoles que citan a Rabelais, todos, claro está, de segunda mano y con la referencia equivocada las más de las veces.

Barriobero atribuye las dificultades con las que se topó para publicar su versión de los cinco libros al "dinero frailuno invertido en empresas editoriales". El triunfo del franquismo, por supuesto, no favoreció la difusión de la obra de Rabelais en España, no sólo por su contenido y los prejuicios contra el autor, sino también por la firma de su traductor, activo militante del republicanismo de izquierda fusilado por los falangistas en 1939, que había leído en Maître François a una especie de librepensador avant la lettre, alguien que, señalaba en el prólogo de su traducción, había arremetido contra "los pedagogos, los frailes y los conquistadores militares, es decir, las tres grandes falanges de la sociedad de aquel tiempo". En los hechos, no sólo la traducción de Barriobero no sería reeditada con su nombre en España hasta 1967 sino que hasta la década del 70 tampoco aparecería allí ninguna otra traducción de Rabelais.

Durante ese intervalo, los caminos de Pantagruel y su padre en castellano pasarían por Latinoamérica y muy especialmente por la Argentina, adonde el interés por sus libros había llegado, en 1909, de la mano de otro escritor que también entraría en las páginas del Index. Me refiero a Anatole France, quien dictó en el teatro Odeón de Buenos Aires cinco conferencias sobre Rabelais, que fueron además reproducidas por el diario La Nacion y cuyo manuscrito fue donado por su autor a nuestra Biblioteca Nacional, en cuya hemeroteca también ingresaron ejemplares de la Revue des Etudes Rabelaisiennes. Lamentablemente, ese inicio promisorio no bastó para cimentar un estudio sistemático; aún en la actualidad, y pese a la curiosidad que reavivó la aparición de la tesis de Mijail Bajtin, nuestro acceso a la obra de Rabelais se ve seriamente limitado por gravísimas carencias bibliográficas.

Esta facilidad con que Pantagruel y Gargantúa se han visto enredados en avatares políticos hace pensar que algo muy poderoso encierran estos libros "de haulte gresse", capaces de seguir encendiendo las hogueras de la polémica más de cuatro siglos después de publicados. Y poco importa en este punto discutir la exactitud o el anacronismo de las lecturas que hicieron de Rabelais un clérigo libertino y bebedor, un ateo, un librepensador cuasi anarquista o, ya más cerca de nuestros días, el fiel intérprete de la cultura carnavalesca o, por el contrario, un erudito humanista empeñado en marcar el distanciamiento de las clases altas con respecto a la cultura popular.

Creo que lo que semejante pluralidad de lecturas demuestra es la vigencia de una obra que no sólo cuestionó la relación del hombre con las principales instituciones sociales (la educación, la justicia, el gobierno) sino, sobre todo, los límites del sentido, los riesgos de la interpretación. Una obra que nos sigue convocando a reírnos de los estudiantes presuntuosos que creyendo "pindarizar" despellejan el latín, pero sobre todo, de los Janotus de Bragmardo de todos los tiempos, es decir, los falsos eruditos cuyos discursos pomposos sólo tratan de enmascarar la ignorancia, la vacuidad y el autoritarismo. Si lo aprendemos, quizá ganemos el derecho de embarcarnos con Pantagruel y sus amigos y llegar al confín del mar glacial, ese punto donde el gigante arrojará sobre cubierta manojos de palabras congeladas, para que el calor de nuestras manos las ayude a fundirse como nieve y, con un estallido de castañas asadas las más gruesas, deshelarse y volver a vivir.

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