Experimentación y trabajo

La investigación de Juan Pablo Hudson acerca de las fábricas recuperadas aprovecha ciertas virtudes narrativas para abordar las conjuras e interrogantes de una experiencia colectiva
Ariel Pennisi
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19 de abril de 2013  

El investigador y el trabajador se encuentran; la extrañeza en el aire se explica por los prejuicios que suelen organizar la división entre pensamiento y acción. Sin embargo, el encuentro y la voluntad narrativa revelan los lugares comunes, en la fábrica y fuera de ella: humores, angustias, capacidades diversas, afectos. Se trata de la cooperación como categoría ontológica y de la pregunta por la autogestión del trabajo y los lazos sociales. Es que la "fábrica recuperada" no aparece como sobreentendido, sino como marca histórica y nuevos interrogantes al mismo tiempo. Los obreros no se reconocen comunistas ni agentes indiferentes a la propia explotación. En alguna medida, se conocen como asalariados y como luchadores de una recuperación hecha de preguntas –una vez que la humareda épica termina por disiparse en el aire filoso. La pulpa del libro se concentra en el punto en que ni el investigador ni los trabajadores se conocen demasiado a sí mismos. Incluso se mezclan: el investigador aparece como un trabajador de ese desconocimiento y los trabajadores relucen como investigadores de su propia situación.

No se nos propone un modelo universal de organización del trabajo, pero sí se plantean preguntas desde una fragilidad común a todos. Acá no, acá no me manda nadie, asumido como parte de un proceso abierto, tiene la virtud de darse un espacio narrativo para habitar esa zona indecidible entre un pasado y su crítica, por un lado, y nuevos problemas, por otro. El proceso dice de un cuerpo pensante que incluye y excede al libro como corpus; un compuesto hecho de experiencias colectivas e individuales, capacidades, acciones de lucha, fantasmas y conjuras, victorias y fuertes interrogantes. Si la urgencia y la pregunta por las formas de vida no son dos momentos ordenados cronológicamente (y con ello jerárquicamente), sí aparecen como velocidades diferentes, aunque contemporáneas. La realidad no es la única verdad, sino un presente bobo, y los actores involucrados en este proceso que incorpora su propia narración –es decir, un presente ancho– se rebelan y piensan desde la irrupción. El año 2001 y las fábricas recuperadas (y otras experiencias referenciadas en 2001) son formas de recuperación de preguntas vitales en el corazón mismo de la urgencia. Ni la representación política es una buena excusa para deponer la capacidad de decidir autónomamente ni el estómago un déspota que nos impediría pensar. Entre el agotamiento del sistema representativo y la recomposición de la gobernabilidad pura y dura (con logros sociales incorporados) J. P. Hudson se plantea: "El interrogante pasa, en todo caso, por cómo poder avanzar en la construcción de un entramado político autónomo entre las cooperativas que haga un uso efectivo de las políticas estatales hacia el sector pero sin relegar ni detener la creación de nuevos lenguajes posibles, y proyectos en común que vayan más allá de esa batería de conceptos, jergas y modelos de gestión diseñados por la gestión gubernamental".

"¿Qué somos?" y "¿qué podemos hacer?" Preguntas que retumban desde la precariedad y suenan a potencia. Estos trabajadores son capaces de preguntarse por el ser con una tonada mucho más cotidiana que la de un filósofo. Si este último suele inflar la cuestión hasta volverla una abstracción estéril, los personajes reales de la novela militante de Husdson –una vez despojados de su propia novelita instituida– no dejan de retomar la pregunta por el Ser para resolver sus dilemas prácticos y vitales. ¿Hasta qué punto dividir el trabajo y organizar la tarea para no transformar las diferencias funcionales en diferencias jerárquicas? ¿Cómo vérselas con la contratación de trabajadores y la posibilidad de sumarlos o no a la cooperativa (aquí se agrega la problemática relación con una generación de chicos que muestran un corte subjetivo marcadamente diferente)? ¿Hasta dónde tiene sentido crecer en escala y trabajar más cantidad de horas? ¿Qué estrategias darse frente a las reglas del mercado, interiorizadas ya en la propias prácticas? ¿Qué vínculo con el Estado, sus talleres, cursos y subsidios, conviene forjarse? ¿En qué medida el rol de "presidente" puede volverse una posición escindida del resto de los obreros en una cooperativa?

No es la lógica del capital, con sus modos de acumulación o la ilusión de la ganancia ilimitada, lo que produce sentido en las experiencias aquí en juego. Lisandro, una de las voces obreras del libro, parece evocar sin proponérselo al Marx de los Manuscritos de 1844, cuando se refiere a la belleza y la dignidad propias del acto de creación implícito en el trabajo. Se trata del "trabajo del espíritu" ya que la belleza es un modo de sentir y la dignidad una ética de la relación con los otros y con las cosas, entre producción y cooperación.

  •   Acá no, acá no me manda nadie

    Juan Pablo Hudson

    Tinta Limón

    223 páginas

    $ 69
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